“Cumplí mi sueño secreto de ser directora de cine” – GENTE Online
 

“Cumplí mi sueño secreto de ser directora de cine”

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El cine le venía rondando, sí. Era –diría un augur– su destino, y acaso por eso su película, su primer largometraje, se llama El Buen Destino. Bautismo de doble lectura, porque es el nombre del bar de ese pueblo “que quedó al costado de la autopista, y de la civilización, y del progreso, pero no de la utopía y la solidaridad”, como se lee en el folleto ad hoc, pero también lo que busca ese manojo de parroquianos, cada cual con su desdicha. Le venía rondando desde la prehistoria (Benedetto, en cine, debutó en El santo de la espada, by Leopoldo Torre Nilsson, 1970) y hasta el 2004: Próxima salida, dirigida por su hijo Nicolás, y número dieciocho como actriz de pantalla grande. Eso sin contar la tele, desde la casi mítica Rosa de lejos (1979) hasta Padre Coraje y Hombres de honor, aún no devorados por el olvido. Y ahora y aquí, miércoles de stormy weather, en su piso 12 de la calle Galileo, empezamos a devanar la madeja.

–¿Cuándo nació El Buen Destino?

–Hace exactamente diez años cuando, en España, decido estudiar cine con Pilar Miró (directora, ya fallecida, de una película memorable: El crimen de Cuenca) y también en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue casi como… un acto ilegal.

–¿Por qué?

–Porque cuando me surge una pasión hago silencio, por cierto pudor y cierta defensa ante la situación. Siempre fue así… Además, no soy una gran habladora. Me gusta mucho, y desde muy chiquita, el silencio. Mis mayores placeres eran secretos.

–¿Segundo paso del rodaje?
–Las ganas de protestar contra las cosas del mundo que no me gustan. Pero en lugar de protestar, me dije: “Escribí algo”, y en ese punto empezó a cobrar forma el guión. Eso, hasta que De la Rúa asumió la presidencia.

–El rompecabezas no me cierra. ¿Qué tuvo que ver el ex presidente?
–Como en el fondo soy una niña provinciana muy crédula, al escuchar sus primeros discursos pensé que mi película quedaba antigua. Que ya no habría más desocupados ni más conflictos laborales, y que entrábamos en una etapa sin hambre ni desesperación.

–Benedetto en el País de las Maravillas…
–Algo así. Pero después…

–Sí: la debacle. El fatídico 2001.
–Y a partir de allí, todos los muñecos que había trazado resucitaron. El pueblo, el bar, los hombres amenazados por la desocupación y sus consecuencias: la impotencia sexual, la impotencia de no hablar claro con sus mujeres, la esperanza de “ya vamos a salir de esto” que se convierte en dolorosa mentira.

–Primer día, primera escena, y –supongo– primer miedo de debutante. Cuente…
–Fue, creo, el 22 de octubre, y no hubo miedo. Hubo, sí, una excesiva precaución, y hasta una curiosidad… ¡malsana! por aprender. Además, me había rodeado de los mejores: Federico Luppi, Gustavo Garzón, Gabriela Toscano… y les dije: “Aquí nadie debuta. El único debut es el mío”. (Nota: El elenco se completó con Pablo Rago, Jorge Suárez, Luis Luque, Oscar Alegre, María Carámbula, Jessica Schultz, Roberto Vallejos, Norma Argentina, Alejandra Radano, Fabiana García Lago, Nicolás Vázquez, Rafael Ferro, Luis Ziembrowski y Elvira Mínguez Pérez).

–Pero usted, en más de tres décadas como actriz, gozó (y padeció) muchos directores. Eso, a la hora de dirigir por primera vez, ¿no le atenuó el rigor, no le costó decir “aquí mando yo” a gente de su mismo palo?
–No es fácil, es cierto. Pero armé el elenco con inteligencia, y eso evitó roces. Hubo, recuerdo, un solo episodio complicado. Uno de los actores me dijo: “No puedo decir este texto con convicción”.

–¿Respuesta?

–“Entonces, decílo sin convicción”. Punto. Porque filmar es una especie de negociación, y hay que ser flexible. Imagino una pared amarilla, pero el técnico me dice: “Creo que es mejor verde. ¿Me dejás probar?”. Y de pronto tiene razón, más allá del guión, y a pesar de que no creo en la improvisación en el lugar del crimen: me parece algo nefasto. Sin embargo, un guión es un cuadernito, unas hojitas escritas, pero no es la película…

–¿También fue flexible con los actores? Porque no son gente fácil…
–Hasta cierto punto también, sí. Porque si le digo “tenés que reírte”, y llora, y le repito la indicación pero sigue llorando, como soy actriz, sé muy bien que va a hacer lo que se le dé la gana…

–¿Por qué?

–Porque yo también lo haría.

–¿Por rebelde?

–No. Porque es el pequeño, pequeñito resquicio de creatividad que le queda al actor. Está encerrado por la escenografía, la luz, el texto, pero le queda una franjita de libertad, y la usa. Lo hice toda la vida.

–¿Tercer paso del proceso?

–La sala de montaje. La hora de la verdad. Y allí, la difícil decisión de tirar a la basura escenas quizá buenas, sólidas, pero que no le agregan nada a la historia. El arte es también saber sacrificar…

–Se estrena recién el 30 de noviembre. ¿Por qué tan tarde?
–Sí, tardó un año. Pero fue bueno, porque mientras tanto la película y yo dimos la vuelta al mundo. Se vio en los festivales de Montreal (por primera vez), Canarias, Lérida, Cartagena, Lima, Valdivia, Tucumán, Mendoza, Brasilia… y dos días después del estreno partimos –ella y yo– rumbo al festival de Bombay. ¡A la India!

–¿Cómo la recibieron?
–Muy, muy bien. La prueba de fuego fue Montreal. Recién allí la vi terminada, y a sala llena. Ahí sí con terror, porque Canadá es un país súper desarrollado, y pensé: “¿Podrá importarles el drama de la desocupación en un pueblito remoto, de un país remoto?”. Pero creo que les tocó en el alma, porque la aplaudieron de pie…

–¿No la traicionó, en su paso al cine después de tanta pantalla chica, el lenguaje de la televisión?
–No, porque hace años que vengo luchando contra ese lenguaje, su improvisación, su facilismo, su falso naturalismo. En la televisión, cuando alguien masca chicle o fuma (cuando se podía fumar…), no lo hace por recurso actoral o por exigencia del libro: ¡lo hace para ganar tiempo y acordarse de la letra! En Padre Coraje y Hombres de honor he parado escenas porque estaban mal jugadas. Es, justamente, una cuestión de honor…

–¿En qué sentido?
–Uno nunca sabe adónde va la piedra que tira… Por ejemplo, no hay derecho a enseñarle a hablar mal a un chiquito que, de una u otra manera, está aprendiendo cosas frente al televisor.

–¿Cuánto costó la película?
–Un poco más de dos millones de pesos. Para la película fue suficiente, pero no tanto para el lanzamiento. Puedo decir con orgullo que esos dos millones y pico están en la película, y no en otro lado. Cada peso. ¿Me entiende?

–La entiendo perfectamente.

–Y más le digo: en este proyecto he puesto dinero personal.

–Más allá de la crítica y de lo que pase en la taquilla, ¿le gusta su película?
–Me gusta y me convence, como todos mis trabajos que fueron verdaderos, que salieron de lo más profundo. De otros, como usted sabe, abjuré. Tanto, que después de actuar en la película Las lobas, en el 86, dije: “Esto, nunca más”. Pegué un golpe de timón, y desde entonces estoy feliz con mi trabajo.

–¿Habrá nuevas películas?
–Tengo dos proyectos, pero…

–¿Pero?

–Soy una usina, pero sin garantías. No hago planes ni para dentro de dos semanas. Por ahora, lo que hay es El Buen Destino. Algo que produjimos yo y mi hijo Nicolás Tuozzo y Marco Benedetto, mi hijo adoptivo… y con dibujos y arte gráfico de mi hermana Victoria, que es pintora y diseñadora. El clan Benedetto.

–¿La famiglia unita?
–Más que nunca.

Noviembre 30. Cinco salas: Village Recoleta, Cinemark, Shopping Belgrano, Shopping Abasto y Shopping Devoto. Cinco destinos. La hora del veredicto. La más esperada. La más temida. El punto en que nacen o mueren las palabras.

Guionista y directora de su opera prima, Benedetto espera el juicio del público argentino y apuesta a la suerte, conjurada por su gato Lorenzo.

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“<i>Cuando asumió De la Rúa pensé que mi guión ya no servía, porque íbamos hacia una Argentina maravillosa, pero poco después cobró terrible vigencia</i>”

Cuando asumió De la Rúa pensé que mi guión ya no servía, porque íbamos hacia una Argentina maravillosa, pero poco después cobró terrible vigencia

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