“Cuando yo era chico, la NBA quedaba tan lejos… ¡y ahora mirá dónde estoy” – GENTE Online
 

“Cuando yo era chico, la NBA quedaba tan lejos… ¡y ahora mirá dónde estoy”

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A los 30 años es hombre, campeón, ejemplo y símbolo. Y no hay mejores títulos… Pero no son gratis. Los ganó con talento, sí, pero también con esfuerzo, humildad, solidaridad. Fue clave, factótum de tres de los cuatro anillos de la mítica NBA que enlazó San Antonio Spurs, de la Selección Dorada subcampeona del mundo (Indianápolis 2002), y de la medalla de oro olímpica (Atenas 2004).

Pero sus hazañas no cesan cuando la pelota naranja deja de picar: hace algo más de un año, con su mujer, Marianela Oroño (26), inauguró la Fundación Manu Ginóbili para ayudar a los chicos pobres de Bahía Blanca, su patria chica, y el mes pasado lo coronaron embajador de UNICEF en la Argentina.

Y no menos movidas fueron sus vacaciones nativas: entre otras cosas, apadrinó un área de la Fundación Deportes para Personas con Discapacidad, lideró una clínica de básquet para ciento veinte chicos en el CENARD y se reunió con el presidente Kirchner para conseguir dinero y construir un gran estadio en Bahía Blanca. Recién después puso proa a los Estados Unidos para entrenarse, “porque aquí tengo muchas tentaciones: el frío que me invita a dormir más, las reuniones, los asados con amigos…”.

Llegó al edificio de Editorial Atlántida al mediodía, inconfundible en su metro 98 y sus 95 kilos. Con Many, su mujer, y Carlos Prune, su representante. Jean azul, remera gris, buzo con capucha, zapatillas Nike. Cuarenta minutos de fotos, y esta charla.

–Se te ve más tranquilo, más relajado… ¿Cambiaste?
–Sí… Aprendí a apaciguar toda la energía y la locura que tenía antes.

–¿Por qué cortaste tus vacaciones días antes? ¿No te permitís ese pequeño lujo después de ganar todo?
–No, porque relajarme sería defraudar a mis compañeros. Si alguno de ellos se relajara porque ganamos tres anillos, yo me sentiría herido… Eso, en San Antonio, no pasa. Todos queremos seguir ganando, y cada uno respeta el trabajo del otro.

–Como los mosqueteros: “Todos para uno, uno para todos”.
–Exacto. Pienso más en ellos que en la gente. Con Tony Parker, Bruce Bowen y Tim Duncan ya habíamos ganado el anillo. Pero frente a Fabricio Oberto, Michael Finley y Jacque Vaughn, de mucha trayectoria pero que no salieron campeones, sentí una responsabilidad especial. Quise ganar por ellos…

–¿Qué significa el básquet para vos?
–Más allá de que es mi trabajo, una pasión muy grande. Si fuera contador, por ejemplo, jugaría dos veces por semana y no me perdería ni un partido por televisión. Ojo, sé que la vida no empieza ni termina en el básquet: lo tengo claro. Es un medio de vida en el que me fue muy bien. Punto.

–¿Te fue tan bien por vos, por la suerte, por una suma de cosas?
–Es imposible saberlo. Tienen que combinarse muchos factores. Un poco me viene por naturaleza, pero resigné muchísimas cosas para perfeccionarme. Y, por supuesto, la suerte debe estar de tu lado…

–¿Creés en Dios?
–Creo que algo hay, que algo existe. Pero no sé cómo opera… En realidad, no rezo ni me aferro a cábalas.

–¿Qué te queda por cumplir? ¿Hay alguna asignatura pendiente?
–Por cumplir, nada. No debo ninguna asignatura. Quiero disfrutar lo que ya viví. Pero, por supuesto, el año que viene quiero volver a ganar un juego olímpico: ¡eso sería impresionante! Y también quiero otro campeonato de la NBA. Pero sobre todo, volver a pisar una cancha, ver mi ropa colgada en el locker que tiene mi nombre… Esas cosas simples, aunque a esta altura parezca mentira, me siguen dando mucha alegría.

–¿Qué sentiste cuando te encontraste por primera vez con esas cosas simples?
–Una emoción muy grande. No de ponerme a llorar, pero sí de sentir un escalofrío por el cuerpo. Porque la NBA siempre fue la gran meta…, ¡pero estaba tan lejos! No nos permitíamos ni pensar en eso. Y ahora, de pronto, entro a jugar una final, y me digo: “¡Mirá dónde estoy!”. Eso sí me emociona mucho…

–Ahora que Oberto está jugando en San Antonio, ¿se juntan a comer asado?
–¡Sí, seguidísimo! Primero arrancamos en casa, pero ahora casi siempre nos reunimos en lo de Fabri, porque él tiene una hija de dos años, Julia. Allí están todos sus juguetes, y se duerme temprano…

–¿Quién es el parrillero?
–Fabri… Pero allá, la parrilla es a gas. La prendés con un fósforo, ponés las costillitas, ¡y listo! Todo es mucho más simple.

–¿Compran carne argentina?
–Sí. El se encarga de todo: va al supermercado, busca los mejores cortes (los llaman tipo Mar del Plata), y le metemos para adelante…

–¿Es como acá, las mujeres en la cocina y los hombres en la parrilla?
–Sí, ni que hablar. Nosotros en la parrilla, con vino tinto, picadita con salame que trajo algún argentino, y las mujeres adentro, preparando las ensaladas…

–¿Cómo encontraste el país?
–Un poco más caro… pero mucho mejor. Me doy cuenta por mis amigos, que ahora se pueden dar uno que otro gusto. Hace unos años, no podían…

–¿De qué hablaron con el presidente Kirchner?
–Del futuro estadio de Bahía Blanca. Necesitamos ayuda estatal, claro. Pero es importantísimo que mi ciudad tenga un estadio. Salí muy contento, porque la oportunidad está latente.

–¿Qué pensás de la gestión Kirchner?
–No viviendo en el país, la visión se complica. Hay cosas que están mejor, y otras que no me gustan mucho. Pero no quiero hablar de ese tema, justamente porque no vivo aquí.

–¿Creés que tu imagen –tan positiva– puede ser usada en política?
–Ni que hablar… Por eso no quiero ponerme en contacto con los políticos, porque ellos sacan rédito. Y la política, lamentablemente, en este país está muy mal vista. Sin embargo, una charla con el Presidente para hacer algo por mi ciudad, vale la pena…

–En octubre, ¿vas a votar en los Estados Unidos?
–Puede ser, pero no sé si hay consulado en el lugar donde voy a estar. Si hay, posiblemente vote.

–¿Votarías a una mujer para presidente?
–¡Sí, por qué no! No soy sexista. Creo que una mujer puede hacer un trabajo tan duro, firme y coherente como un hombre. Si la candidata me gusta y me convence, la votaría, desde luego…

–¿Te ves haciendo política algún día?
–Hoy ni lo pienso. Más adelante, no sé… Me veo más en Bahía, descansando, haciendo vida de familia y cuidando mis negocios y mis inversiones. Me lo puedo permitir, porque tuve una carrera muy exitosa, pero también muy exigente.

–¿Te sentís uno de los argentinos más representativos del mundo?
–No sé si tanto, pero me siento muy querido y respetado. Sobre todo, me importa hacer cosas por los chicos, y no fallarles nunca, porque si les das una mala imagen y se desilusionan, no te lo perdonan nunca, y vos tampoco te lo perdonás.

–¿Cómo anda tu fundación?
–Muy bien. Vamos aprendiendo, estudiando proyectos, trabajando ideas. Ayudamos mucho a los chicos pobres de Bahía, pero nos expandimos: hicimos cosas en otros lugares del país, y con mucho orgullo. No es fácil, pero nos vamos abriendo camino.

–Cuando jugás al básquet con los chicos, ¿te sale el amor de padre?
–No… Lo hago porque sé que me admiran y quieren jugar conmigo. Darles ese poquito de tiempo es muy importante: los motiva para hacer deporte y tener una vida más sana.

–¿Con tu mujer ya hablan de tener hijos?
–Es un tema que hasta ahora lo habíamos dejado a un costado, pero empezamos a tocarlo…

–¿Quién puso la cuestión en primer plano?
–¡Los dos! Ves los bebés y te dan ganas… Pero cuando vemos a Fabri corriendo todo el día con la beba y los juguetes… (se ríe) ¡decidimos seguir esperando!

–Pero más tarde o más temprano…
–Lo que pasa es que nos gusta mucho disfrutar lo nuestro, viajar, tener una libertad que cuando sos padre ya no es la misma. Pero creo que en un futuro, y no muy lejano, sucederá… …del básquet mundial, y en la terraza de Editorial Atlántida, más cerca del cielo nativo, y con una pelota en la mano. El póster de un grande.

…del básquet mundial, y en la terraza de Editorial Atlántida, más cerca del cielo nativo, y con una pelota en la mano. El póster de un grande.

“<i>Todavía, ver el locker con mi nombre, y adentro, mi ropa de jugador colgada, me llena de emoción. A veces, esas cosas pequeñas valen más que las grandes</i>”.

Todavía, ver el locker con mi nombre, y adentro, mi ropa de jugador colgada, me llena de emoción. A veces, esas cosas pequeñas valen más que las grandes”.

“<i>Estoy muy feliz por lo que dieron los chicos en el Preolímpico de Las Vegas. Tuvieron un rendimiento altísimo. Ahora todos vamos a poder defender en Beijing la medalla dorada de Atenas 2004</i>”.

Estoy muy feliz por lo que dieron los chicos en el Preolímpico de Las Vegas. Tuvieron un rendimiento altísimo. Ahora todos vamos a poder defender en Beijing la medalla dorada de Atenas 2004”.

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