“Cuando no trabajo me vuelvo loca” – GENTE Online
 

“Cuando no trabajo me vuelvo loca”

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No para. Valentina Bassi posa para la foto, chequea mensajes en el celular y vuelve a la concentración de la pose. Pero su cabeza parece estar a miles de kilómetros de distancia. Aquella chica que llegó a los 18 años desde Trelew, provincia de Chubut, para estudiar teatro, hoy es una de las actrices jóvenes más reconocidas del país. Y en este momento protagoniza, junto a Dolores Fonzi, Julieta Ortega y Antonio Birabent, El tiempo no para, la tira de Canal 9.

–¿Es una actriz brava?
–Eso te lo tienen que decir los demás, pero yo siento que soy trabajadora, no una chica difícil. En cualquiera de las áreas –cine, teatro o televisión– encuentro placer. De todo eso la tira es lo que más te agota… Termino de cama. Pero también te da una gimnasia linda. Hay algo que pasa ahí que está bueno; estás sin defensas. Pero no quiero sólo eso para mi vida. Me interesan muchas otras cosas.

–¿Cuáles?
–Teatro, por ejemplo. Cuando hago una tira, no puedo dedicarme al teatro. Una vez lo hice y sufrí. Quiero ser fiel a mi personalidad, y digo “no” porque me gusta disfrutar de lo que hago. O leer, pero creo que es de vaga, porque me encanta quedarme horas tirada en un sillón leyendo.
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Hacer teatro, dice, y no cualquiera. De hecho, allá por el 2000, participa de Teatro por la Identidad junto a Daniel Fanego (su pareja por esos días), Arturo Bonín y Cristina Fridman, con los derechos humanos como temática habitual. Hoy, la chica de la enorme sonrisa sigue comprometida con un estilo de vida. Vive en San Telmo y detesta Palermo Hollywood. “¡Me tienen harta los de Palermo! Pero estoy feliz de que todos se amontonen allá y me dejan tranquila en mi barrio”, confiesa Valentina, intensa. Y cuando elige un lugar para tomarse sus merecidas vacaciones, decide apuntar hacia Bolivia. Y un buen programa puede ser, por ejemplo, ver la asunción de Evo Morales, cosa que hizo este verano.

–En los Estados Unidos, llegado el momento, muchos actores se largan a dirigir. Acá no pasa tanto. ¿Le interesa ese camino?
–Yo no puedo dirigir. Por ahí mucho más adelante, pero en este momento no lo puedo ni pensar. No podría tener la totalidad en la cabeza, es mucho para abarcar, no me siento capaz. Para mí es una limitación. Además no escribo. Y a la hora de dirigir algo, sentirse identificado con el texto es fundamental. Cuando quiero gestar algo propio, necesito de los demás, y eso lo veo como una limitación. Sobre todo lo de escribir, porque cuando no trabajo me vuelvo loca, me quiero matar.

–Y cuando llegan esos momentos, ¿qué hace, cómo lo resuelve?
–Al principio descanso, viajo un toque, pero rápido necesito tener un proyecto en la cabeza, un personaje en quien pensar. Si no, me desorganizo. Cuando trabajo todo se organiza.

–¿Siempre supo que iba a ser actriz?
–No, para nada. De hecho, cuando vine a Buenos Aires para estudiar teatro, a los 18 años, no quería ser actriz: quería estudiar teatro. Por ahí fue un mecanismo de defensa, del miedo que tenía. Después apareció la película del caso María Soledad y me largué. Ahí me di cuenta de que esto me gustaba mucho, y pasó a ser mi forma de vida. No sé hacer otra cosa, y no sólo eso, soy la torpeza viviente. Tengo serias torpezas motrices, ni bailar puedo. Casualmente ayer me llevé puesta la pared y me duele mucho la frente.

–Nadie puede llevarse puesta la pared.
–Sí, yo. Soy muy torpe, qué le vamos a hacer... Y no sé hacer otra cosa. Estudié guitarra nueve años y no puedo tocar ni Zamba de mi esperanza.

–¡Pero por favor! ¡Son tres acordes nada más!
–Te juro. Sé leer, pongo las posiciones, pero no sé. Hay cosas que uno debe asumir que no sabe. También estudié pintura desde los 9 años hasta que empecé teatro, a los 17. Adoro la pintura, pero de espectadora. No te puedo dibujar ni un perro. Tampoco cosas básicas que a mi sobrinita de 6 años le salen fácil. Tengo un amigo dibujante que no lo puede creer: dibujo como en la primaria. Hasta que empecé teatro… Vi que eso era lo que me salía mejor y dejé todo lo demás. Y el teatro es lo que quedó (risas). Estoy muy feliz y contenta, pero llegué a la actuación por descarte. Aunque para empezar tenés que tener suerte, porque no trabajan solamente las personas talentosas. También creo en el rigor del trabajo y la perseverancia.
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Sí, la chica gozó de buena fortuna. En 1991 abandonó su pueblo natal y al año siguiente, casi como un juego, fue a un casting con una amiga. El director era Héctor Olivera; la película, El caso María Soledad, y lo demás, historia reciente. Valentina como uno de los talentos indiscutidos de la nueva generación. Y aunque ella repita una y otra vez que todo es cuestión de suerte, el ambiente insiste: es una de las mejores. Claramente.

–¿Es fácil para una actriz enamorarse del director?
–Se produce una relación muy particular, pero enamorarme me parece mucho. Si me enamorara de todos los directores estaría en problemas. Yo siento muchísimo afecto por ellos, sobre todo en cine y teatro. En principio, ya los quiero porque me eligen. Que hayan pensado en mí para su personaje me genera amor. Se comparten emociones muy fuertes y el director es el único que te puede entender en esos momentos.

–¿Le gustaría que la dirigiera su novio, el director Ulises Rosell?
–No, preferiría que no. Decidí compartir mi vida con él, y me parece que eso es más que suficiente.

–¿Pero no es el mismo trabajo lo que los une?
–Es un punto de unión, pero no es condición sine qua non.

–¿Podría salir con un médico?
–Y, tendría otros puntos de contacto. Diría: “¡Qué bueno encontrar otro mundo!”. No me parece que uno deba estar con la gente del mismo palo. Suele ser más normal porque los tenés más a mano.
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Habla con ojos brillantes del estreno de El boquete, su próxima película, mientras se pone el saco y se cuelga la cartera. Apurada, atolondrada, se despide. Como una tromba, pero con un cuerpo menudito y fibroso, Valentina se va.

Para la tira que produce Sebastián Ortega graba diez horas por día y a la noche piensa en su personaje. Dice que el trabajo le organiza la vida.

Para la tira que produce Sebastián Ortega graba diez horas por día y a la noche piensa en su personaje. Dice que el trabajo le organiza la vida.

“<i>Necesito tener un proyecto en la cabeza, un personaje en quien pensar;  si no, me desorganizo. Cuando trabajo, todo se acomoda</i>”

Necesito tener un proyecto en la cabeza, un personaje en quien pensar; si no, me desorganizo. Cuando trabajo, todo se acomoda

“<i>Para empezar tenés que tener suerte, porque no trabajan solamente las personas talentosas. También creo en el rigor del trabajo y la perseverancia</i>”

Para empezar tenés que tener suerte, porque no trabajan solamente las personas talentosas. También creo en el rigor del trabajo y la perseverancia

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