“Confieso mi soledad, pero jamás lo que pasa en mi cama” – GENTE Online
 

“Confieso mi soledad, pero jamás lo que pasa en mi cama”

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En la soledad es cuando estamos menos solos” (Lord Byron, 1788-1824)

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Hace una semana, vía Facebook, Oscar Mario González Oro (61), el Negro para sus amigos y su legión de oyentes (El oro y el moro, Radio 10), lanzó un S.O.S. O un ¡Mayday, Mayday!”, el pedido de socorro actual ante la inminencia de una catástrofe. “Vivo una profunda soledad” (ver recuadro). Ante tan alarmante llamado, GENTE interrumpió esa soledad el sábado a la tarde en su departamento de las Lomas de San Isidro. Nos esperó abajo, fumando. Subimos al segundo piso. Desde un equipo de última generación, sonaba Mozart. Y empezamos a hablar de la soledad: acaso una de las mayores tragedias humanas.

–¿Solo por qué, y en qué medida?
–El día –cada día– es una película con millones de fotogramas. Y mi carta es el fotograma de un momento de crisis. Pero nunca me imaginé que armaría tanto despelote. ¡Me llamó medio mundo! “¿Qué te pasa, Negrito? ¿Qué necesitás? ¿Cómo puedo ayudarte?”. Etcétera.

–Y en ese mismo momento dejaste de estar solo...
–No es tan simple. Kandinsky, el gran artista ruso, dijo que en la punta de la pirámide hay lugar para uno solo, y hace quince años que yo, en mi profesión, estoy en la punta.

–No es para quejarse.
–No me quejo. Es una profesión maravillosa. Pero tiene el costo de la soledad.

–Sin embargo, viendo todo lo que te rodea, me atrevo a decir que es una soledad muy bien acompañada. (Nota: música, libros, una cava y un bar envidiables, un piano, recuerdos de viajes por todo el mundo...)
–Es cierto: no la paso mal. Hago lo que se me canta y a la hora que se me canta.

–Eso se llama libertad: un gran antídoto contra la soledad. Salvo que esa soledad sea una dura marca de la niñez. ¿Fuiste un niño solo?
–Fui un niño feliz y un adolescente solitario, apenas contenido por mi abuela María Luisa.

–Y tus padres, ¿qué?
–Mi madre era una mujer muy infantil, y Ricardo, mi padre, un laburante, un señor de aquellos tiempos: poco afecto, pocos besos y abrazos. Después, la muerte de mi abuela me marcó. Me hizo individualista e independiente.

–¿Eso fue malo?
–No, porque me hizo llegar adonde llegué, y a tener pilas de amigos y admiradores. Amigos que me cuidan y protegen. Pero que no siempre impiden la soledad, que es algo mucho más profundo.

–¿Esa soledad se vincula con el arrepentimiento? ¿Te arrepentís de muchas cosas?
–No, Para bien o para mal, de nada. Salvo...

–¿Salvo qué?
–Una vez, cuando ya era poderoso, con una enorme oficina y una secretaria, mi viejo vino a verme, seguramente para mangarme, y yo, por una soberbia imbécil... ¡lo hice esperar una hora antes de recibirlo! Todavía me duele y nunca pude decírselo, pobre negro Ricardo...

–¿Por él sos negro?
–Sí: negro por parte de padre.

–¿Por qué hiciste pública tu soledad? Se supone que es un sentimiento privado.
–No para mí. Todas mis crisis las conté al aire, que es mi escenario.

–Llegamos a un punto difícil: los rumores sobre tu condición sexual. Sabés de qué te hablo.
–Por supuesto. Es lo único que me guardo: mi cama. Yo jamás ventilaré mi cama ante la sociedad. Lo que llevo a mi cuarto es absolutamente íntimo y personal. De eso no hablaré jamás. Y si algún día necesito hacerlo, no te quepa duda de que lo haré. Pero será mi pura y estricta decisión, no la que esperan los medios ni el público.

–Mucho se habló y se publicó sobre tu presunta relación con Alejandro Cupito, un “susano” de la troupe de Susana Giménez.
–Fue una canallada. Alejandro es un chico que perdió a su padre a los tres años y me adoptó como padre. El daño se lo hicieron a él, no a mí. Sobre ese episodio hice juicio. Mi abogado fue Martín Leguizamón. Lo gané. Cobré treinta mil dólares, y sirvió para que otros medios se dejaran de publicar pelotudeces.

–También faltaste tres días a la radio, y se dijo que se debía a un conflicto sentimental: el supuesto abandono de una pareja masculina.
–Sí, pero ya ni me acuerdo. Muchas veces falté a la radio, y por contrato: ya no trabajo los fines de semana, y a veces tampoco en los feriados-puente. Eso fue todo.

–Sinatra, que se acostó con las mujeres más lindas y tuvo su “rat pack”, su banda de amigos, confesó que sólo era feliz cantando sobre un escenario. ¿Te pasa algo parecido frente a un micrófono?
–Totalmente. Y te aclaro que tengo mi propio “rat pack”. Anotá: Jorge Horacio Brito, su mujer Marcela y su hijo Jorge Pablo, Corcho Rodríguez, Verónica Lozano, Sergio Oliva y Ernesto Clarence.

–Además de ellos y otros amigos, ¿cuáles son los antídotos contra tus crisis de soledad?
–Mozart, Beethoven, Brahms, Sinatra, un buen whisky, Borges, Cortázar, Kafka, Proust, los mil conciertos que tengo en DVD. Te juro que cuando escucho La Resurrección, de Mahler, dirigida por Carl Bernstein... ¡termino llorando! También, mis escapadas al Uruguay. Y la moto: subo, acelero y me olvido de todo.

–Sos motoquero, como el Corcho...
–Sí. Pero él tiene Harley Davidson, y yo algo más moderno: una Yamaha. Eso, y tocar el piano.

–¿Habrá un Negro concertista?
–¡No! El piano tiene ochenta y ocho teclas, siete notas, cinco líneas, cuatro espacios, siete claves, siete silencios. Nada más. Pero cuando escucho lo que hacen algunos monstruos con eso, ¡me quiero tirar por el balcón! Pero no me rindo: sigo estudiando piano, recordando las palabras de mi abuela: “Nunca aflojés, negrito”.

–Una variante de tu famoso “¡dale gas!”.
–¡Sí! Aunque a veces tengo el tanque vacío, ¡me doy gas!

–En las crisis de soledad, ¿qué extrañás más?
–Londres, donde vive mi hijo Agustín, un gran músico. Clásico y brillante.

–¿Qué pasó con tu mujer, Elena, la madre de Agustín?
–Es abogada, está casada, y apenas leyó mi carta me llamó. Fue un vínculo intenso y hoy, una amistad profunda.

–Me acuerdo de un fallido: una etapa en que te enamoraste de Punta del Este y te convertiste en un frívolo cronista de Sociales, hasta que...
–Sí: hasta que Daniel Hadad me bajó a tierra: “Negro, te estás olvidando de la gente”. Y tenía razón. Volví a acordarme de los tacheros, de Margarita Barrientos, de los chicos descalzos con los pies helados y en el barro.

–Por primera vez en más de una década, tu programa perdió el primer puesto. ¿Te duele?
–No me importa. Sé quién soy. Podría cuestionar las mediciones, pero si un día apuntaron que mi share era de cincuenta puntos, también tengo que creerle ahora.

–¿Eso forma parte de tu crisis de soledad?
–Ni por asomo. Y no pienso cambiar mi programa ni mi estilo por una cuestión de números. Algunos, para combatir la soledad, se maman y se drogan. Yo ninguna de las dos, y fumo la misma cantidad de cigarrillos que antes. Y te digo más. Cuando un taxista gordo me espera en la radio, me abraza y me dice “¿negrito, por qué te sentís solo”, todo lo demás deja de importarme.

–¿Cómo te ves dentro de algunos años?
–Sin hacer radio, algo para lo que falta muy poco. Sin ver tele, como ahora: noticieros, y gracias. Me gustaría tener en pantalla un programa muy simple para descubrir jóvenes talentos. Los hay y nadie se entera.

–Aristóteles dijo que un hombre solitario es una bestia o un dios. ¿En qué punto te instalás?
–Bestia solitaria, no sé, pero me gustaría ser un dios.

–¿Sos futbolero?
–No. Pero adoro a Messi y al Barça cuando juega él. Y a Del Potro, que es mi amigo, y muchas veces estuvo sentado en ese sillón donde ahora estás vos.

–¿Tenés animales?
–No, ¿y vos?

–Tengo gatos.
–Yo también. ¡Pero ésos me cobran!

En la terraza de su departamento en las Lomas de San Isidro, Oscar reflexiona a propósito de la frase que desató mil comentarios: “Vivo una profunda soledad”.

En la terraza de su departamento en las Lomas de San Isidro, Oscar reflexiona a propósito de la frase que desató mil comentarios: “Vivo una profunda soledad”.

“Yo jamás ventilaré mi cama ante la sociedad. Lo que llevo a mi cuarto es íntimo y personal. De eso no hablaré jamás. Y si algún día necesito hacerlo, no te quepa duda de que lo haré”.

“Yo jamás ventilaré mi cama ante la sociedad. Lo que llevo a mi cuarto es íntimo y personal. De eso no hablaré jamás. Y si algún día necesito hacerlo, no te quepa duda de que lo haré”.

“Dentro de unos años me veo sin hacer radio, algo para lo que falta muy poco. Sin ver tele, como ahora: noticieros, y gracias. Me gustaría tener un programa muy simple, en el cual descubrir jóvenes talentos”

“Dentro de unos años me veo sin hacer radio, algo para lo que falta muy poco. Sin ver tele, como ahora: noticieros, y gracias. Me gustaría tener un programa muy simple, en el cual descubrir jóvenes talentos”

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