“Con la historia de cualquier persona se puede hacer una buena película” – GENTE Online
 

“Con la historia de cualquier persona se puede hacer una buena película”

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De verdad tu abuelo le dio su documento al hermano para que pudiera entrar a la Argentina? –se sorprende el entrevistado.
–Seguro.

–Habíamos investigado casos similares, y hasta incluimos uno en Vientos de agua, ¡aunque no conocía ninguno real de aquella época!… ¿Cómo se llamaban tu abuelo y su hermano?
–Mi abuelo, Froilán; el hermano, José. También tuve un tío, Alfonso, que sudaba en la mortal mina de carbón, de la misma manera que el Andrés Olaya interpretado por Ernesto y Héctor Alterio. Y mejor no le hablo sobre los once hermanos García de mi familia que dejaron Asturias en los años cuarenta apostando a un mejor mañana en la Argentina.

–¿Once? Me mentís. Dame los nombres o apodos de corrido –demanda, aún asombrado.
–Froilán hijo, Manolo, Milagros, Pepe, Lito, Lucas, Isaac, Ramón, Tili, Jesús y Mary o María, mi madre. Un duodécimo, el mayor, Enrique, prefirió quedarse y armar su familia en Oviedo. Ni le puntualizo la cantidad de amigos que también se quedaron allá.

¿Varios? –duda.
–Montones.

–Ahora entiendo por qué en España el DVD completo de Vientos… anda tercero en ventas –ríe Campanella.
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Ofrece algo de tomar, Juan José (46, metro setenta y ocho, 71,5 kilos, cinco filmes), y se pide para él, por el interno de la sala de reuniones, “ese tazón que vos sabés”. Pronto arremete, sin aguardar el REC del grabador: “Hacer esta miniserie fue como hacer diez películas. Dos años de investigación y escritura, 35 semanas de filmación, 140 locaciones, 280 actores argentinos y 100 extranjeros que recreaban 60 historias, 10 mil extras. Por extensión y costo (medio millón de euros cada uno de los 13 capítulos), superó todo lo que hice hasta la fecha”, advierte el porteño nacido un 19 de julio, el hijo de Delfor (murió hace dos meses, a los 89), y de Luisa (83), el hermano de Graciela, Elena y Juan Carlos antes de recibir “ese tazón que vos sabés” –un cuenco de medio litro repleto de café con leche– y revelar que su bisabuelo, Giovanni, era calabrés y que su abuelo, Julio, era asturiano.

–¿Por qué entre las heredadas culturas italiana y española eligió esta última?
–Porque las historias reales y de fantasmas de los asturianos son tan presentes y tan cotidianas, tan de realismo mágico, que resulta imposible obviarlas. A mí me apasionan las historias comunes. La chispa creativa es nada al lado de una historia real. Me encantaría que al terminar Vientos de agua en lugar del ruso, el español, el colombiano o el argentino que mostramos, quede en la memoria la persona que habitaba en el ruso, el español, el colombiano y el argentino. Me atrae el poder de la ficción.

–¿Qué diferencia a la pantalla chica y a la grande, además del formato?
–La tele es como jugar al ajedrez con reloj. Hay poco tiempo para pensar y programar, y te frustra no ver a la audiencia. A mí el sonido que más me llena es la carcajada de un cine lleno. Por otro lado, la inmediata reacción en la calle me parece increíble. Capaz que un domingo a las diez de la noche acompañó a tu producto el mismo número de espectadores que acompañó a tu película en sus meses de proyección.

–¿En qué medida su propia vida es una película?
–Relato algunas cosas que me sucedieron a mí o le ocurrieron a amigos, pero pienso que la vida real está mal montada, tiene mucha grasa en el medio. Sin embargo, con la historia de cualquier persona se puede hacer una buena película. Una hora y media interesante se la saco a todo el mundo.

–¿Y de qué género sería la suya?
–Comedia dramática, o drama con humor, como quieras llamarlo.

–¿Su existencia tuvo mejores que peores momentos?
–No. Siempre los peores momentos superan a los mejores. La mayoría no son momentos memorables. Lo que sí, después de un tiempo desarrollé la capacidad de recordar los momentos buenos y no los malos. En alguna época me alegraban menos veinte críticas piolas que lo que me dolía una crítica mala.

–Dejó la Argentina en el 83 para estudiar cine en los Estados Unidos. Dirigió varias series americanas, entre ellas La ley y el orden: Unidad de víctimas especiales, en la cual sigue participando; y obtuvo seis nominaciones y dos EMMY. ¿Qué le hizo partir? ¿Qué, volver?
–Adoraba el cine americano de los sesenta y setenta, cuando apareció lo mejor de Sidney Lumet, lo mejor de Francis Ford Coppola, lo mejor de Bob Fosse. Estudié en la Universidad de Nueva York (hizo un Master en Bellas Artes con especialización en Cine y Televisión). El primer año participé en seminarios de Milos Forman, Alan Parker, Martin Scorsese. Genial. Luego, la cosa empezó a decaer, como fueron decayendo las películas de Rocky –un excelente parámetro–, y lo que yo soñaba hacer se dejó de hacer. Ahí comprendí que podía generar en mi país el cine que buscaba, y que necesitaba ganar dinero afuera para generarlo. Ahora vivo en Buenos Aires con mi familia (Cecilia, 35, y Lupe, 11), y viajo a Norteamérica por las series. También analizo ofertas. Incluso estudio la posibilidad de dirigir Lost. Para sintetizar mi actualidad, trabajo en los Estados Unidos por dinero y por ego, y en mi país, para llenar mi corazón.

–Recuérdenos qué le quedó de su paso por la red carpet de los Oscar en 2001.
–Cierta sensación de que pegamos cerca. El resultado se dirimía entre la bosnia No man’s land y El hijo de la novia. Veníamos parejo, hasta que nos venció la europea. Igual, el bajón duró veinte minutos. Nos miramos con Eduardo Blanco y Adrián Suar, y acordamos: “¡Estamos en Hollywood! ¡Disfrutémoslo!”. Me enorgulleció recibir el diploma que nos nominaba, de parte de Dede Allen, una compaginadora que viene impactándome desde All that jazz, Bonnie and Clyde y Tarde de perros. Haber conocido a gente así fue para mí el gran premio.
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Toma el último sorbo de “ese tazón que vos sabés”, dejando la sensación de que sólo le faltaban trozos de pan duro en el interior para cerrar cualquier imagen extrapolada de su miniserie. Pregunta si nos faltan preguntas. Sí. ¿Eduardo Blanco es para Campanella lo que Robert De Niro para Scorsese? “Antes me lo consultaban por Ricardo (Darín)… Digamos que son actores con los que me une una gran comunicación y bastantes coincidencias en personalidad y conceptos”.

¿Gustos? “Jugar al pool en 100 Bares y en casa. Comer bien. Comprar películas legales. Navegar por internet. Escuchar jazz, tango y música clásica”. ¿Colegas nacionales que admira? “Carlos Sorín y Adolfo Aristarain”. Ultima: ¿qué palabra escribe en el formulario de Migraciones? “Director. Dejé de anotar cuentapropista… ¿Listo?… ¿Te puedo dar mi mail para que me comentes qué va sintiendo tu familia asturiana a medida que transcurren los capítulos?”.

–Claro. ¿Y qué le gustaría a usted que sintieran?
–Emoción e identificación. Con eso me sobraría –respira profundo.

El porteño y su mejor amiga, la cámara; y rodeado por parte del elenco de Vientos…, que retrata la inmigración española hacia América y el éxodo argentino luego del “corralito”. Desde la izquierda: Angie Cepeda, Ernesto Alterio (hijo de Héctor), Campanella, Eduardo Blanco, Pilar Punzano, Giulia Michelini y  Pablo Rago.

El porteño y su mejor amiga, la cámara; y rodeado por parte del elenco de Vientos…, que retrata la inmigración española hacia América y el éxodo argentino luego del “corralito”. Desde la izquierda: Angie Cepeda, Ernesto Alterio (hijo de Héctor), Campanella, Eduardo Blanco, Pilar Punzano, Giulia Michelini y Pablo Rago.

Así se define, posando sobre la mesa de pool que “<I>me permite relajarme</i>” en <i>100 Bares</i>, productora propia que, junto a <i>Pol-ka</i>, <i>Telecinco</i> (de España) y el <i>Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales</i> (<i>INCAA</i>) le permitió consumar la miniserie, cuyo guión recayó en Juan José, Aída Bortnik, Juan Pablo Domenech, Alejo Flah y Aurea Martínez y cuya dirección estuvo a cargo de Campanella, Bruno Stagnaro, Paula Hernández y Sebastián Pivotto.

Así se define, posando sobre la mesa de pool que “me permite relajarme” en 100 Bares, productora propia que, junto a Pol-ka, Telecinco (de España) y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) le permitió consumar la miniserie, cuyo guión recayó en Juan José, Aída Bortnik, Juan Pablo Domenech, Alejo Flah y Aurea Martínez y cuya dirección estuvo a cargo de Campanella, Bruno Stagnaro, Paula Hernández y Sebastián Pivotto.

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