“Cambié como mujer y artista; soy otra” – GENTE Online
 

“Cambié como mujer y artista; soy otra”

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Minuto 12 de la entrevista: “Me equivoqué mostrando tanto mi cuerpo, me equivoqué. Siento que…”. Minuto 27 de la entrevista: “Quizá maduré. Que ahora me vista de luto no resulta casual. Siento que…”.
Minuto 39 de la entrevista:Si hoy me llamaran de Bailando por un sueño no aceptaría. Siento que…”.
Minuto 54 de la entrevista: “Los cuarenta y tantos son la mejor edad para las mujeres. Siento que…”.
Minuto final de la entrevista:
–¿Qué siente, Cathy?
–Siento que desde Educando a Rita cambié como mujer y artista. Sufrí una crisis, y soy otra.

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Disculpa, ¿eres tú?”, consulta a las 17:37, pocos minutos luego de la hora convenida (“Sorry, me atrasé en unas vidrieritas”, admitirá ensayando un puchero), acercando un beso y un abrazo en Corrientes 1524, frente al teatro Picadilly. “¿Entramos?”, invita. Escalera, saludo a los boleteros, nueva escalera, izquierda, corto pasillo, segundo camarín, una estrella con su nombre en la puerta y Catherine Amanda Fulop (42, caraqueña) que, apoyando su botella de agua, las llaves del auto y su bolsito en la mesa de maquillaje, pregunta: “¿Qué deseas tomar?”. “Un cortado”. Lo pide (insistirá en pagarlo; le dejará dos pesos de propina al mozo) y se acomoda. “Me has reporteado ya, ¿verdad?”. “Un tiempo atrás –aceptamos–. Por ejemplo, en la época de su crisis matrimonial”. “Uf, aquella comezón del séptimo año con Osvaldo (Sabatini, 42). El mismo Osvaldo que, mira lo que me escribió a mano antes del estreno de mi obra”, retira la chinche transparente y lee un pequeño papel: “Qué bueno que pudimos llevar este proyecto a la realidad. Confía en tu talento, como lo hago yo. Te amo, Ova”.

–Casi una declaración… Existen dos opciones para explicar que un varón produzca a su esposa en teatro. Una, de corte negativo. “Te pago el espectáculo, y dejá de hinchar”. Dos, la comprometida. “Confío cien por ciento en vos”.
–Juro que la número dos. El confiaba en mí más que yo. Incluso pensé en abandonar. Sufrí el reto. Cuesta cambiar el rumbo.

–Siempre. En su caso, ¿a qué se refiere?
–Me equivoqué mostrando tanto mi cuerpo, me equivoqué. Siento que… Creí que en la Argentina, Venezuela, los países latinos, una podía mostrarlo en escena, en un programa o en fotos, y que por exhibirlo o por algún desnudo sexy, sugestivo, como en las producciones de stars tipo Jennifer Lopez, Sharon Stone o Mena Suvari, la diosa de Belleza americana, nadie olvidaría sus condiciones de actriz. El cuerpo es un instrumento de expresión, ¿o no? Aparte, yo nunca me atreví a un desnudo grotesco. Pienso en las mujeres. Soy aliada de la mujer. Vengo de una familia de mujeres (seis hermanas y un varón). Me produce rechazo ver a mis pares mostrando sus partes íntimas en las revistas. Yo no veo a los señores en las tapas con el piribicho afuera o que se les escape un h… ya sabes. Odio las imágenes vulgares e hirientes de la mujer. De allí que sólo acepto lo que apunta a lo sensual en lugar de lo sexual. Claro que jamás supuse que mis curvas iban a eclipsar a la actriz. Y duele.

–Eterna discusión. ¿Por qué lastima tanto que el cuerpo sepulte al talento?
–Mira, en mi tierra me consideraban, salvando las distancias, una especie de Andrea Del Boca, la chica de las telenovelas. Se paraba el país para sintonizar mis culebrones. Acá sólo me mostré con Abigail y otro par. Pronto resolví ser mamá, formar mi familia y alejarme seis temporadas del ruido. Después llegó Ilusiones, Rebelde way y Catherine 100%, a partir de lo cual grabé 20 mil comerciales de pan, medicamentos, productos, etcétera, y salí en decenas de portadas. Entrabas a un comercio de electrodomésticos y diez pantallas te mostraban mi panza marcada como una tableta de chocolate, mi cola y mis clases de sentadillas. Bueno, lo nuevo sepultó a lo anterior. Y la actriz se diluyó en la cabeza de los productores. Hasta que tomé noción del tema de la exposición.

–¿Cuándo, dónde y por qué se presentó ante usted el punto de inflexión?
–Durante el último verano marplatense, en Un país de revista, la deliciosa propuesta de Jorge Guinzburg en la que, desde mi rol de vedette, cantaba, danzaba, lanzaba chistes, un monólogo. Recordé que hace décadas, cuando yo residía en Madrid, el director –no recuerdo su nombre– del diario ABC, ante mi sorpresa por colocarme reiteradamente en la apertura de la sección Espectáculos, me explicó: “Ocurre que tú eres una actriz que tanto hace reír como llorar”. Si hago reír y llorar, ¿por qué no demostrarlo de nuevo?, me desafié. Se lo comenté a Ova. Quedó callado. Al tiempo entró a casa con el libro de Educando a Rita, de Willy Russell, que llevaran al cine en 1983 Michael Caine y Julie Walters, y que Daniel Mañas había adaptado de manera genial. Lo leí y dudé. “¿Me veo convertida en una peluquera de barrio con poca cultura que, aburrida y agobiada por su marido, decide inscribirse en clases de literatura y descubre en el profesor Fleming la llave para valorarse? No”.

–¿No?
–Seguía imaginándome de vedette. Sin embargo, acepté. Claro que, prejuiciosos o no, ningún actor podía o quería sumárseme. Tantos cayeron que en un momento resolví soltar el personaje. Un día apareció mi marido. “Tengo a Víctor Laplace, y al director, Eugenio Zanetti. ¿Cuándo empezamos?”, me lanzó. Casi me desmayo. Morí de satisfacción. En momentos así uno comprende que no dejó porque sí su tierra en 1993 ni permanece porque sí cerca de su pareja desde 1994; y que a la hora de formar una familia (la de ambos incluye a Oriana, de 11 años, y a Tiziana, de 8), como en la película Nuestro amor, de Michellle Pfeiffer y Bruce Willis, nadie puede conocerte y apoyarte de la manera que te conoce y apoya tu compañero de ruta. ¿Por qué supones que una noche a la semana continuamos escapándonos a un hotel? Osvaldo me acompaña, me observa partiendo agotada a estudiar actuación y dirección, los martes a la noche en lo de Augusto Fernandes; conoce el dolor de mis piernas al bailar, mi compromiso con la carrera que elegí.

–¿Se coló Bailando por un sueño 4 en su monólogo?
–Se coló, sí.

–¿Lo reconoce con pesar?
–Perdona, al contrario: me encantó, y pagaban bien. Participé en ShowMatch seis meses, y no me arrepiento del baile del caño, ni de haber renunciado. Partí hace un mes y todavía estoy agotada. ¡Incluso engordé tres kilos! Experimentaba una etapa brava, y un día estallé. Aparte de que el jurado no me valoraba, transitaba por un par de situaciones que me movilizaban fuerte: ensayaba duro a Rita, había muerto mi padre a causa de un cáncer de huesos, y extrañaba a mi familia, de vacaciones en la nieve. Choqué en dos oportunidades y destruí mi auto. Andaba en carne viva. De duelo total.

–¿El negro que luce en toda su indumentaria se debe al desgraciado suceso?
–Claro. Quizá maduré. Que ahora me vista de luto no resulta casual. Siento que… Hace siete meses murió papá (Jorge Luis, 82, húngaro, vendía repuestos para gomerías), y lo extraño. Lo que me da tristeza es que ya no voy a escucharlo por teléfono: “¡Hola, corazoncita! ¿Estás en Buenos Aires?”. El y mi adorable madre (Cleopatra Gioconda, 71), dos personas superlaboriosas, me apoyaron, me aguantaron y me mantuvieron, aceptaron a esta loca que guardaba una actriz adentro y soñaba volar. Me dieron esas alas... (llora). En 2007 yo deseaba divertirme, no andar pendiente del rating. Como Rita, provengo de una clase trabajadora que ha tratado de superarse. Mi Rita, por fortuna, también viene ayudándome a salir del duelo.

–Atento a lo que relata, en general, Educando a Rita parece que termina educándola a Cathy.
–Tal cual.

–¿Chau desnudos, entonces?
–Eh, no. Pero a partir de la fecha, para aceptarlos, exigiré historias de cine, teatro y tele que me permitan trascender como intérprete. Si hoy me llamaran de Bailando por un sueño no aceptaría. Siento que… Gracias a Dios, varío de opinión constantemente. En algún momento sostuve: “¿Desnudarme? Es horrible”. En otro: “¿Desnudarme? Lo mejor”. Y ahora: “¿Desnudarme? Si me das un lindo guión”. Fantaseo con ser caballero por una hora y 35 minutos para averiguar por qué los del sexo opuesto pagarían una entrada para verme. Igual sé que ellos no piensan de mí: “Esta es una come-hombres”. Aparte, te prevengo que quien vaya a la función de Educando a Rita por mi cuerpo se va a olvidar de las curvas de Catherine Fulop. Sé que sorprendo, incluso al genio de Laplace. Mi profesor Diego Burzomi (del estudio de Fernandes) afirma que “Víctor cose a máquina y no se nota su costura, y que yo coso a mano”.

–¿Y su costura se nota?
–Cuesta. En algunos sectores se me escapa.

–Quizá cuando no se vea ninguna costura nadie se acuerde de su impresionante figura…
–Quizá. Sin embargo, considero que ambos aspectos pueden ir de la mano. ¿Tú piensas que yo ahora no tengo celulitis ni flaccidez? ¿Que mi piel no va perdiendo su vitalidad? ¿Que no continúo tomando clases de gimnasia, comiendo sano, desbandándome en ocasiones, aceptando un choripán, una porción de torta, un helado de crema? Te aseguro que los cuarenta y tantos son la mejor edad para las mujeres: pese a los vaivenes normales de la vida, estamos asentadas, tenemos experiencia y sabemos lo que queremos. Siento que…

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 “Soy aliada de la mujer. Me produce rechazo ver a mis pares mostrando sus partes íntimas en las revistas. Yo no veo a los señores en las tapas con el piribicho afuera o que se les escape un... ya sabes.”

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 “En el verano marplatense de 2006 me desafié: si hago reír y llorar, ¿por qué no demostrarlo de nuevo? Se lo comenté a Ova. Quedó callado. Al tiempo entró a casa con el libro de Educando a Rita.”

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