“Cada vez que vuelvo a Tucumán dirijo el coro de niños de mi parroquia” – GENTE Online
 

“Cada vez que vuelvo a Tucumán dirijo el coro de niños de mi parroquia”

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De casta le viene al perro, dice –mejor, jura– el refrán. Y de casta le viene la música a Franco Fagioli (24), cuarto varón de un juliano matrimonio: Julio él, Julia ella. Ella, que según su ya encumbrado hijo, “tocaba la guitarra y cantaba con una voz muy bella, y también mi padre guitarreaba y canturreaba. Y por si fuera poco, Blanca, mi abuela paterna, era profesora de música, de aquellas de piano, teoría y solfeo, y fue la primera que se dio cuenta de que mi vida tenía que encaminarse por esa senda”.

La primera estación del largo, arduo carril, fue el coro de niños de la Universidad de Tucumán, donde, a sus 11 años, Franco desplegó su primer protagónico: un geniecillo en La flauta mágica, la inmortal ópera de Wolfgang Amadeus Mozart. Hoy, el ya remoto geniecillo evoca: “No me hice ilusiones, porque casi todo el mundo canta, de chico, en un coro. Sin embargo, creo que mi futuro de cantante lírico empezó en ese momento…”.

Los años pasaron, su voz cambió (el difícil paso a la adolescencia de las aniñadas cuerdas vocales), se templó su garganta, creció su técnica, y en octubre de hace dos años, tocado por la varita del estrellato, ganó el décimo concurso del Bertelsmann New Voices Competition en Gütersloh, Alemania: el mismo festival canoro que consagró a Vesselina Kasarova, a René Pape, a Violeta Urmana. Y lo ganó entre mil doscientas voces de alta gama, duro entrenamiento y ganas al rojo vivo…

–Pero aún faltaba lo más difícil…
–Eso creí, como creen todos. Sin embargo, las puertas de Europa se me abrieron sin necesidad de golpearlas. Casi enseguida grabé mi primer disco en la compañía Arte Nova Classic, de BMG Classic, y me llovieron invitaciones para cantar. Tantas, que tengo mi agenda completa hasta el 2007...

–¿Hubiera sucedido lo mismo en la Argentina?
–Es muy difícil. Europa es un hervidero de música clásica. Pululan los cantantes, los agentes artísticos, los representantes, los managers, los productores dispuestos a invertir fortunas en los espectáculos. Si uno tiene talento, todo llega, y llega pronto. En la Argentina cuesta mucho más, y por eso los grandes terminan afuera. Me duele decirlo, pero es así.

–Sin embargo estás aquí, en Tucumán. Volviste…
–Y volveré siempre. Porque más allá del éxito, estar lejos de la tierra de uno es muy duro, y uno deja atrás demasiadas cosas queridas. Por eso siempre digo que trabajo en el extranjero, pero vivo en Tucumán. Porque allá está la fama (que no es todo), pero acá están el alma y el espíritu, que sí lo son todo.

–¿El canto fue tu primera y exclusiva vocación?
–No. Al principio soñaba con ser un gran concertista de piano. Pero el piano quedó atrás, aunque a la hora de cantar me ayuda mucho: es una gran herramienta.

–¿En qué momento hiciste clic y cambiaste el piano por el canto?
–Hace seis años, cuando gané un concurso organizado por el Consejo Federal de Inversiones. En ese punto tomé la decisión final, estudié canto con el maestro Annelise Skovmand, viajé a Buenos Aires y rendí el examen de contratenor en el Instituto de Arte del Teatro Colón.

–¿Es un examen muy difícil?
–Sí, muy exigente. Sobre todo porque el Colón nunca había antes tomado a un contratenor: su tradición no tiene mucho que ver con la música barroca. (Nota: el contratenor es una voz masculina que por una especial posición de la laringe emite con naturalidad sonidos agudos).

–¿El registro de contratenor es común?
–No. Todo lo contrario, es muy poco común. Es un don natural de poquísimos privilegiados.

–¿Cómo lo descubriste?
–De chico era soprano, y descubrí que era contratenor cuando empecé a dirigir el coro de San Martín de Porres y tenía que enseñar diferentes tipos de voz. Me salía con tanta facilidad que me incliné por serlo.

–¿Los contratenores son muy buscados?
–Hoy sí, porque junto con el resurgimiento de la música barroca resurge ese registro.

–¿Un gran momento de tu vida?
–Desde siempre admiré profundamente a la mezzosoprano Cecilia Bartoli, y este año, cuando la Opera de Zurich me contrató para interpretar a Julio César, no sólo concreté el sueño de conocerla en persona… ¡canté con ella, que hizo el papel de Cleopatra! Y nada menos que en Zurich, que es como el Hollywood de la ópera.

–¿Volcás en Tucumán algo de tu arte?
–Mucho. Cada vez que vuelvo dirijo el coro de mi parroquia y le doy clases de canto a cualquiera que tenga pasión por aprender. Y más te digo: Tucumán tiene público digno de una temporada de ópera, de modo que en cada viaje hago fuerza para que alguna vez levantemos el telón aquí, en la gran patria chica donde nació todo lo que soy, y todo lo que seré en el futuro.

Franco en su inolvidable Tucumán, donde nació, donde viven sus padres y donde están todos sus recuerdos y sus afectos. “<i>Trabajo en el extranjero, pero vivo aquí</i>”, dice el contratenor de 23 años, que tiene su agenda completa hasta el 2007.

Franco en su inolvidable Tucumán, donde nació, donde viven sus padres y donde están todos sus recuerdos y sus afectos. “Trabajo en el extranjero, pero vivo aquí”, dice el contratenor de 23 años, que tiene su agenda completa hasta el 2007.

El hoy ya cotizado contratenor tucumano en su papel de duende en La flauta mágica, la inmortal ópera de Mozart, y en el hogar tucumano junto a sus padres, Julio y Julia, también músicos: “<i>Guitarreros, cantores y folkloristas</i>”, dice Franco.

El hoy ya cotizado contratenor tucumano en su papel de duende en La flauta mágica, la inmortal ópera de Mozart, y en el hogar tucumano junto a sus padres, Julio y Julia, también músicos: “Guitarreros, cantores y folkloristas”, dice Franco.

“<i>Me hubiera gustado triunfar en mi patria, pero es muy difícil. Europa, en cambio, es un hervidero de músicos, de cantantes, de empresarios que gastan fortunas en sus espectáculos</i>”

Me hubiera gustado triunfar en mi patria, pero es muy difícil. Europa, en cambio, es un hervidero de músicos, de cantantes, de empresarios que gastan fortunas en sus espectáculos

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