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Argentina mundial

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Es creer o reventar. Así, por lo menos, reza el dicho popular. Pero cuando está Diego en el medio, en este lado del mundo –que vio el triunfo de la Selección en vivo y en directo– o en aquel –que lo palpitó por televisión–, si el sentimiento se pinta de celeste y blanco, nos quedamos con la primera parte de la frase. Creemos y se acabó. Y ahora, sí, la pequeña y milagrosa historia del vestuario argentino antes del debut. Sucedió a minutos de las nueve de la noche –hora de Alemania–, cuando Maradona ingresó a ese recinto sagrado donde los jugadores se visten con la sutil armadura a rayas verticales y calzan sus armas de suela y tapones. Arengó, gritó, entusiasmó, y algo más. Por ahí andaba Javier Saviola, el Conejito, el más discutido de los puntas criollos antes del partido. Y el Diez –otra vez–se pone el traje de Dios y lo ayuda a vendarse. Lo bendice. Y sale de escena. Se sienta en la platea junto a Claudia y a Gianinna a esperar la obra del pequeño guerrero. El resto lo vimos todos: el toque exacto de Juan Román Riquelme, el pique al vacío, la puntada al balón de Saviola, y la pelota que entra mansa, suave, por el medio del arco. El gol. El segundo gol. El goooooool…

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El sábado a las seis de la mañana, cuando el sol –¡por fin!– se hacía sentir y pegaba fuerte, todo aquello era parte de una ilusión colectiva. La ciudad de Hamburgo había amanecido diferente. Convertida, casi, en una maravillosa sucursal de Buenos Aires. Había miles de personas envueltas con la camiseta argentina, o una bandera celeste y blanca, o con la camiseta de Boca, River, Racing, Independiente, San Lorenzo, Nueva Chicago y Belgrano de Córdoba, pero también de Excursionistas, Defensores de Belgrano, Brown de Adrogué o San Martín de Burzaco, que desayunaban en los bares o, simplemente, hacían tiempo caminando sus calles. Y se mezclaban con los famosos de toda laya, como Marcelo Tinelli, Susana Giménez, Guillermo Francella, Roberto Giordano –que sigue sin poder entonar ni siquiera el “vamos, vamos, Argentina”–, Eduardo Duhalde y el Tula con su bombo, que van por su octavo mundial. Hasta por los brazos que se desprenden del lago Alster, que rodea la ciudad y la acuchilla formando unos fantásticos canales, en algunas embarcaciones flameaban velas celestes y blancas. En total fueron más de 20 mil argentinos que se hicieron sentir, y cómo. Los que saben de los fabulosos movimientos migratorios que provoca la Copa del Mundo aseguran que, de ellos, seis mil partieron desde Ezeiza. Y el resto, habitantes de la diáspora argentina de las últimas tres décadas del siglo XX. “Alguna vez me dijeron que los argentinos eran apasionados, pero jamás imaginé que era para tanto”, cuenta Ole Von, en un perfecto inglés, lengua que domina casi el 90 por ciento de los alemanes, mientras despacha cervezas y salchichas a seis euros en la puerta del Rauthaus, el edificio municipal.

LO QUE VIENE. Doce horas después, ya en los alrededores del estadio AOL Arena de Hamburgo, el camino era intransitable. Pero antes de ir a la cancha, la última parada para muchos fue el bar móvil de Quilmes, suerte de meca criolla para refrescar el cuerpo y acercar el alma a una tradición bien argentina.

Una vez adentro, cuando la Selección ingresó al campo de juego para hacer el precalentamiento previo, el 60 por ciento de las 49.480 butacas estaba pintado de celeste y blanco, y el “vamos, vamos Argentina/ vamos, vamos a ganar/ que esta barra quilombera/ no te deja, no te deja, de alentar”, era el himno de guerra, ése tan propio, inconfundible, que no se puede traducir. Tan cálido fue el recibimiento que hasta sorprendió a los propios jugadores. “¡Entramos y no lo podíamos creer! ¡Parecía que estábamos jugando de locales! En un momento todos los jugadores dijimos: ‘Son los extras que contrató Julio Grondona’”, comentó entre risas Roberto Abbondanzieri, uno de los que tuvieron revancha contra los escépticos, en la zona mixta después del partido. Y cuando el equipo salió a la cancha, la liturgia futbolera se tradujo en miles de papelitos. Si antes del partido Hamburgo parecía Buenos Aires, cuando la pelota comenzó a rodar el estadio AOL Arena transmutó en el Monumental.

A JUGAR. Arrancó el partido a las nueve en punto, entonces, y empezaron los nervios afuera… y la precisión adentro. Primero, a los 24 minutos, tiro libre de Riquelme (discontinuo, pero presente en las jugadas más peligrosas del equipo), tumulto en el área chica y Hernán Crespo que arroja un anzuelo y captura un pez gordo y redondo llamado gol. El segundo que hace en un Mundial. “Descargué todo lo que tenía guardado. Porque este triunfo nos sirve para ganar en confianza y para llegar más tranquilos al próximo partido”, dijo más tarde el nueve del equipo, que lleva 30 goles en 56 partidos de Selección. Y después, a los 38, es Saviola quien se mete en la historia y concreta el segundo. Más tarde, rumbo al micro que lo trasladó al Hotel Intercontinental para encontrarse con su familia y con el premio que otorga la FIFA al Mejor Jugador del partido, le confesó a GENTE: “Fue una noche increíble, primero por la llegada de Diego, después por mi primer gol en un Mundial. Cuando vi que la pelota entró, durante unos segundos me quedé helado, no sabía qué hacer. Ahí miré al cielo y se lo dediqué a Cacho, mi viejo. El tiene mucho que ver con todo esto. Después, cuando estaban por sacar del medio, se me llenaron los ojos de lágrimas. Fue todo muy emocionante”.

Y A GOZAR. Pero los partidos vienen con envase de dos tiempos. Y como siempre –y a esta altura debe ser porque somos argentinos, nomás–, el final fue sufrir, cruzar dedos, hacer cuernitos, agitar llaves, tocarse ciertas partes del cuerpo, nombrar a quienes no se puede nombrar y otros gualichos, mucho más cuando a los 37 minutos, ese jugadorazo que es Didier Drogba –compañero de Crespo en el Chelsea, con quien se abrazó no bien terminó el encuentro– marcó el descuento. Por fortuna, jugados 93 minutos, el belga Franck De Bleeckere, hombre de tarjeta amarilla fácil, bajó el telón. Y esos hinchas –los de adentro, que se retiraron media hora después– y los de afuera, prometieron, para el viernes 14 –cuando el rival sea Serbia y Montenegro– “copar Gelsenkirchen, para ser locales otra vez”.

Y así se escribió el primer capítulo de una saga que debe ser de ocho para aspirar a un final feliz. Con dos goles adentro y un vendaval de aliento afuera. Algo que todo el equipo argentino agradeció, aplaudió y confesó necesitar. Y lo dijo ni más ni menos que Riquelme, feliz con el balón pero parco de gesto y palabra: “Sentir a la gente tan cerca es fundamental en este tipo de partidos. Llegamos al vestuario, nos abrazamos por el triunfo y comentamos lo lindo que fue tener a la gente de nuestro lado. Algo también se necesita, sin dudas, para ganar un Mundial”.

A los 28 minutos del primer tiempo, Hernán Jorge Crespo grita el gol que abre el partido: Argentina 1, Costa de Marfil 0. Es el número 30 de su cuenta personal en la Selección. A su lado, Juampi Sorín, el capitán, comparte su emoción.

A los 28 minutos del primer tiempo, Hernán Jorge Crespo grita el gol que abre el partido: Argentina 1, Costa de Marfil 0. Es el número 30 de su cuenta personal en la Selección. A su lado, Juampi Sorín, el capitán, comparte su emoción.

Crespo puntea la pelota y vence al arquero marfileño Jean Jacques Tizié. Es el primer gol de Argentina en la Copa del Mundo. El delantero del Chelsea inglés también había anotado el último de la Selección en Japón-Corea y frente a Suecia. Y a los 38 minutos del primer tiempo, la joya: Riquelme habilita a Javier Saviola, que toca la pelota a la red por debajo del arquero. A la derecha, Saviola, Crespo y Maxi Rodríguez se funden en un abrazo.

Crespo puntea la pelota y vence al arquero marfileño Jean Jacques Tizié. Es el primer gol de Argentina en la Copa del Mundo. El delantero del Chelsea inglés también había anotado el último de la Selección en Japón-Corea y frente a Suecia. Y a los 38 minutos del primer tiempo, la joya: Riquelme habilita a Javier Saviola, que toca la pelota a la red por debajo del arquero. A la derecha, Saviola, Crespo y Maxi Rodríguez se funden en un abrazo.

El estadio AOL Arena fue colmado por 49.480 espectadores. En el momento de los himnos, mutuo respeto entre las hinchadas. Los argentinos fueron mayoría: hubo unos 20 mil compatriotas. El alivio del saludo final.

El estadio AOL Arena fue colmado por 49.480 espectadores. En el momento de los himnos, mutuo respeto entre las hinchadas. Los argentinos fueron mayoría: hubo unos 20 mil compatriotas. El alivio del saludo final.

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