“Antes renegaba de ser galán. Ahora, serlo a mi edad y con panza, me divierte” – GENTE Online
 

“Antes renegaba de ser galán. Ahora, serlo a mi edad y con panza, me divierte”

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En el planeta Luis Luque (50) no existen el lobby ni las poses, y mucho menos el teléfono celular. Es un consagrado que, sin embargo, prefiere vivir según su propia filosofía… ¿Hippie? ¿Rockera?... Hasta se definió, alguna vez, como “un orgasmo precoz caminando” porque no podía sentar raíces en ninguna geografía. Un tipo que en lo suyo (la actuación, o mejor, el arte) permanece en búsqueda permanente, y para quien no vale la pena suicidarse ante cada nuevo trabajo. Para él, la metáfora de la picadora de carne y las mediciones de rating no corre más. “Antes, conseguir un resultado era de vida o muerte. Hasta que en un momento dado hubo un click en mi vida: decidí cuidarme más y empezar a disfrutar de la actuación”, explica el hombre versátil para los perfiles de rudo, de loco, de mafioso y, ahora, de neogalán –sí, otra vez galán–, ese que está lejos de la perfección estética que dicta la moda, pero que consigue un impacto no menos efectivo. ¿Un ejemplar de macho que repele los estereotipos? Sin dudas.

A diferencia de la mayoría de los actores que aglutina la temporada, él se hospeda en el remanso de Sierra de los Padres. ¿Dónde? En una casa de dos plantas, al pie del casco del pueblo y dentro de un bosquecito. Una pileta de dos por dos, el aire puro y el traqueteo de un tractor que cosecha los frutos del suelo desparejo enmarcan la charla. “Mirá lo que es esta vista. ¡Qué vida! Desayuno en el balcón, me traje la cruz para hacer asados y puedo recibir a cuanta gente quiera. ¡Me pedían 35 lucas por una casa en Mardel! Se equivocaron de persona. Acá recargo las pilas. No necesito más”, dice, con voz ronca, antes de partir al teatro Corrientes de Mar del Plata, donde interpreta al director de una revista científica en la obra Tres versiones de la vida. Pero no es sólo eso su vida. También está protonizando El amor en los tiempos del triángulo: Uno de dos (junto a Florencia Peña y Fabián Vena), la sitcom con la que Telefe pretende hacerse fuerte en el prime time de 2008.

–Pensar que durante un tiempo vivió en un auto…
–(Ríe) Sí, es cierto. Fue en la época en que estaba conociendo a mi mujer (la actriz Silvia Kutica). Andaba de acá para allá y me parecía más práctico. Tenía la ropa en el baúl. ¡En ese momento ya era una estrellita, eh!

–¿Y qué pasó cuando la invitó a conocer su casa?
–¡Un desastre! No lo podía creer. Fue hace quince años, en una época muy rara de mi vida. No quería ni pagar la luz, me molestaba hacer cualquier fila. Y me fui a vivir al auto, qué sé yo…

–¿Eligió la actuación por la fama, para conseguir chicas o por amor al arte?
–Las dos primeras razones que me nombrás están muy lejos de mí. Siempre tuvo que ver con un hecho artístico y, por suerte, sigue siendo así. No concibo el trabajo sin esfuerzo y sin plantearme objetivos que se acerquen, en lo posible, a la excelencia. Uno hace cosas porque tiene que morfar, pero siempre hay algo que te mueve hacia lo profundo. Yo me meto mucho en los personajes, influyen en mi estado de ánimo.

–¿Hasta qué punto?
–Tanto que puedo estar muy bajoneado, o muy arriba. “¡Ahí viene el esquizofrénico!”, me dicen en mi casa (risas). Hablando en serio, cuando terminé La velocidad funda el olvido (segundo largometraje del director Marcelo Schapces), se movieron muchas cosas. Entendí que tengo 50 años y que uno se muere. También pensé en mi viejo, que murió cuando yo tenía cuatro. Hasta ese momento y, en cierto sentido, siempre fui muy adolescente.

–¿Eso lo alejó del típico galán que fue en los 80’?
–Era un langa, y mi imagen funcionaba muy bien en el mercado. Me ofrecieron buena guita en Puerto Rico y decidí curtirlo. Tenía guardaespaldas y limousines, pero no lo pasaba bien. Un día tuve que interpretar una escena dramática y me dijeron: “Los galanes no lloran”. Creo que ahí empezó el cambio fuerte. Era más pendejo y tenía ganas de llegar a otro lugar como actor.

–Pero volver no fue tan fácil…
–Este laburo es así. Hay que entender que no es que estás arriba o abajo. Me rompo el c… para mantener el nivel. Más allá del exitismo, el rol de una contrafigura puede ser mucho más grosso y profundo que el del protagonista. Hay que agudizar el olfato para saber elegir. Me apasiono mucho, a veces hasta con cosas que no le importan a nadie.

–¿Cómo hace para cortar con la vorágine?
–En ese sentido, Silvia es genial: me da la posibilidad de parar la pelota. Es una brújula tremenda. Por ejemplo, este año no laburo: me voy a dedicar a tocar con mi banda, La Dama. Gano 100 pesos por show, pero está todo bien, porque lo elijo y soy feliz. Somos una sociedad, porque Silvia compensa con su trabajo.

–Nada de excesos ni lujos…
–Yo diría que elegimos una vida simple, como la pueden tener dos cerebros tan particulares como los nuestros. No careteo. Disfruto mucho de que me vaya bien, del reconocimiento y de ganarme un premio. Pero lo festejo con mi gente.

–¿Siempre le fue muy bien con las mujeres?
–Sí, pero me parece que no aproveché mi momento, porque nunca fui muy mujeriego, sino más bien parejero. Con Silvia somos muy equilibrados. Sabemos que si alguno de los dos se pone mustio, se puede caer la estantería. ¡Y eso es genial!

–¿Son parecidos?
–No, somos bastante distintos. Las diferencias son el fusible que nos saca adelante. Con ella consulto todas las decisiones, personales y profesionales. Encontré a la compañera ideal.

–¿Por qué no tuvo hijos?
–¡Porque vivía en un auto! ¿Te parece que hubiera podido criarlos ahí? Creo que la ausencia de mi viejo me marcó mucho y tuve épocas muy turbulentas, en las que pensaba que no podría hacerme cargo. Por suerte ya no es una materia pendiente: a Santiago, que es hijo de Silvia, lo siento como propio.

–En la ficción lo vimos reincidir con el galán. ¿Qué pasó?
–Fue fantástico. Antes renegaba de ese papel y ahora, con 50 años y panza, me divierte. Cuando me llamó el Chueco Suar para Mujeres de nadie, donde interpretaría a un médico seductor, pensé que me estaba cargando. Pero después me pareció que era un papel bárbaro, como jugar al galán desde otro lugar. Con menos pinta, pero con otros recursos…

–¿Temblaron los pedestales de Facundo Arana y Pablo Echarri?
–¡Se ca… de risa! Facundo me llama y me gasta. Tenemos una relación bárbara: Tanto él como Pablo me respetan como actor, y yo a ellos.

Nunca usó celular y le huye a los escándalos. Trabaja en la temporada de Mardel –brilla en Tres versiones de la vida– pero descansa en Sierra de los Padres. “<i>No necesito más</i>”, dice.

Nunca usó celular y le huye a los escándalos. Trabaja en la temporada de Mardel –brilla en Tres versiones de la vida– pero descansa en Sierra de los Padres. “No necesito más”, dice.

Y pese de los kilos de más. En 2007 se sedujo a cuanta enfermera o médica se le cruzó en Mujeres de nadie. Hoy, en el teatro de Mardel junto a Carola Reyna, haciendo <i>Tres versiones de la vida</i>. Y en <i>Uno de dos</i>, la nueva sitcom de Telefe, donde comparte con Fabián Vena el amor de Florencia Peña.

Y pese de los kilos de más. En 2007 se sedujo a cuanta enfermera o médica se le cruzó en Mujeres de nadie. Hoy, en el teatro de Mardel junto a Carola Reyna, haciendo Tres versiones de la vida. Y en Uno de dos, la nueva sitcom de Telefe, donde comparte con Fabián Vena el amor de Florencia Peña.

“Con Silvia (Kutica) elegimos una vida simple. No careteo. Disfruto mucho de que me vaya bien, del reconocimiento y de ganarme un premio. Pero lo festejo con mi gente”.

“Con Silvia (Kutica) elegimos una vida simple. No careteo. Disfruto mucho de que me vaya bien, del reconocimiento y de ganarme un premio. Pero lo festejo con mi gente”.

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