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Adios, Tito

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Noche de Liza Minnelli en el Luna. Como me toca hacer nota, llego dos horas antes.
Me recibe Tito. Dos copas de champagne en su sobria oficina recubierta de madera,
y un envite:
–Venga. Como estamos solos, quiero mostrarle algo.
Me
lleva hasta el ángulo de Corrientes y Bouchard.
–Suba por la escalera.
Subo.
Escalera perfecta y alfombrada. Escalera sin riesgos que lleva a las plateas.

–¿Qué le parece?
–Muy bien, Tito. De primera.
–¿Sabe
por qué? Porque los escalones tienen, entre uno y otro, la misma altura
que la escalinata del Colón. Fui al teatro con un metro, medí, en
persona, los escalones, y los mandé hacer.

En persona también,
en sus solitarios domingos en los que “me levanto a las ocho de la noche
–placer de solitario–, y a las nueve ya estoy en el estadio. El mejor
día y la mejor hora para ver si hay una butaca rota, una baranda despintada,
un foco quemado”.
–Tito, ¿cuántas horas pasa en el
Luna?
–Entre doce y diecisiete. Es la única manera en que un negocio
funcione. Era –y no es una frase de ocasión, un lugar común
de los que suelen deslizarse cuando llega la muerte– un hombre (y un porteño)
de códigos. No un porteño de abrazos, palmadas, besuqueos, no. Un
hombre de palabra. Muchas veces oí, en Buenos Aires y en Montecarlo (las
dos latitudes donde más lo traté), esta sentencia:
–Cuando
Lectoure dice “se hace”, se hace. La firma del contrato es secundaria.
Apenas un trámite.
Y la oí en boca de los grandes promotores
internacionales. Esos que la imaginería popular llama “los del submundo
del boxeo”. Submundo: palabra que odiaba. “Puede ser que exista, pero
no para mí. Yo le aporté decencia, humanidad, honestidad. Y eso
es más importante que sacar campeones mundiales”.

Quiso ser
boxeador, y acaso estaba predestinado: nació con seis kilos trescientos,
preludio elemental de un buen peso máximo. Su padre, Juan Bautista, lo
alentó, y a los 14 años ya andaba a los mamporros en el club Gimnasia
y Esgrima de Buenos Aires. Pero su madre (María Celia Naredo) le tiró
la toalla cuando le descubrió el primer moretón en un ojo. Fue su
último round.

Veamos, ahora, su módico arsenal. Por años
y años, sesenta cigarrillos rubios extra largos, y una última pitada
el 14 de junio de 1982, a la misma hora en que caía Puerto Argentino: su
modo de duelo y sacrificio. En su oficina, un cuadro: un boxeador en acción.
“Lo vi en Londres, pregunté el precio, y me pidieron 17 mil libras
(unos 30 mil dólares). Una locura. Entonces lo aprendí de memoria
y le pedí al dibujante Mezzadra, que trabajó en Crítica y
en Crónica, que me lo hiciera igual. Y mire qué maravilla logró…”.
Servicio militar en la Policía, “y me tocó una parada cerca
del Luna” (otra simetría del destino). Nacimiento, el 10 de junio
de 1936, en Cangallo al 2500. Primaria en el colegio San José. Secundaria,
(arañando, hasta tercero, “porque nunca me gustó leer”)
en el Bartolomé Mitre. Vendedor de inmuebles (brevemente). Y a los 20,
entrada a la trinchera de la que jamás saldría: el Luna Park, por
decisión de su tía Ernestina Devecchi, viuda de José Pepe
Lectoure, que junto con Ismael Pace levantó el estadio en Corrientes y
Bouchard tras muchas andanzas y mudanzas. “Parecían gitanos –recordó
Tito-. Con decirle que el primer Luna estuvo en Corrientes 1066, y lo desalojaron
para levantar el Obelisco…”. Como Perón (“aunque nunca me
cayó bien”), creía que los hombres eran buenos, pero más
buenos aun si se los vigilaba. Por eso, en París, en Nueva York, en Montecarlo,
en todos los escenarios de combate, vigilaba la ceremonia del pesaje con ojo de
gavilán, y hasta llevaba sus propias pesas para detectar un posible tongo.


Sigo dibujándolo. Era de River, pero cuenta la leyenda que sólo
una vez fue a la cancha: pefería el cine (“Si pudiera, iría
todos los días”). También cuenta la leyenda que en sus cuarenta
y cinco años al frente del Luna sólo se tomó… ¡ocho
días de vacaciones! Nunca tuvo auto (“¿Para qué, si
ni siquiera sé manejar? A veces, cuando me ven bajar de un taxi, me preguntan:
‘¿Y el auto, Tito?’. Suponen, claro, que debería tener,
por lo menos, un Mercedes. Entonces, para evitar explicaciones, les digo: ‘Lo
tengo en el mecánico’.

A los 22 años –un pichón
todavía en ese bravo negocio- organizó la primera pelea: Lausse-Salazar.
Y recién a los 34 subió por primera vez a un rincón para
apoyar a Nicolino Locche, el artista al que más quiso y admiró a
pesar de su indolencia, del eterno cigarrillo, del insoslayable vino. Subió
con una campera azul que, mucho tiempo y trece campeones mundiales después,
sería su cábala, su escudo de armas, su amuleto, su as de triunfo.


Alguna vez, en Montecarlo, a eso de la medianoche, lo vi y oí tocar
el piano, a solas: no lo hacía mal. Alguna vez le pregunté por qué,
ni en los peores momentos, alzaba la voz.
–No crea. La voz, no. ¿Para
qué gritar? Pero es bastante común que rompa teléfonos y
les pegue trompadas a las paredes. En el 84, después de una derrota de
Martillo Roldán, ese hábito me costó la fractura de una mano…

Se
irritaba –fríamente, eso sí– cuando leía que el
boxeo era “un asesinato legalizado”. Y argumentaba: “En los demás
deportes se juega. En el boxeo no: se pelea. Cuando un piloto de Fórmula
Uno se mata, los diarios dicen ‘Murió en su ley’. En cambio,
cuando muere un boxeador –cosa muy rara–, hablan de asesinato. No se
les ocurre condenar a los promotores de la Fórmula Uno, que no suspenden
una carrera por lluvia aunque se maten quince pilotos…”.

Detestaba
al empresario de boxeo cliché: habano, primera fila del ring side, números,
y a casa. “Yo me entreno con ellos, corro con ellos al amanecer (algo que
odian), los mato a gritos cuando se compran un cochazo antes que una casa, pero
jamás los humillo en público. Si no saben hablar, les enseño.
Si no saben tomar los cubiertos, les digo que me miren a mí, y me imiten”.

Su
rectitud no sabía de rencores. Y hasta qué punto. “¿Sabe
por qué dejé a Monzón, el mejor mediano de los últimos
quince años? Porque en Montecarlo, después de su primera pelea con
Rodrigo Valdés, perdí unos minutos hablando por radio, y cuando
llegué al camarín… ¡no había nadie! Se fueron
a comer, y tuve que volver a pie al hotel. Ese día le dije: ‘Carlos,
conmigo, nunca más’. Sin embargo, en la segunda pelea con el mismo
Valdés (la de su retiro), lo vi en dificultades y no pude con mi genio:
fui al rincón y empecé a dictarle ‘derecha, gancho, jab, derecha
otra vez’. Ganó, y cuando le levantaban la mano me dijo: ‘¡Tito,
suba al ring’. Ya ves…”.

El 10 de noviembre de 1990, en
el Luna, mientras combatía Pedro Décima por el título argentino,
“sentí una gran opresión en el pecho. Tal vez debí correr
al médico, pero Décima estaba ganando (así fue, y por nocaut),
de modo que no era cuestión de abandonar. Recién siete meses después
me hice un chequeo, y el doctor Favaloro me dijo: ‘Usted tenía que
haberse operado ayer. Mañana es nueve de julio. Si no tiene nada que hacer,
lo opero mañana mismo’. No me resistí. Fueron cuatro by-pass.
Y muy poco después murió mi madre…”.

En uno de
sus últimos reportajes (en GENTE, precisamente), el redactor le habló
de la muerte y de después de la muerte. Respuesta: “Soy un buen tipo,
y por eso voy a ir al Cielo”.

Así fue el hombre que se fue
(se nos fue) en la madrugada del 1ro de marzo. Irrepetible.

por Alfredo Serra
fotos:
Archivo AtlántidaTito y su Luna Park. Aquí llegó apenas a los 20 años y convirtió a ese estadio en una leyenda viva: campeones mundiales, estrellas internacionales, actos políticos de todo signo, megaespectáculos. Todo nació de su trabajo y de su genio.

Tito y su Luna Park. Aquí llegó apenas a los 20 años y convirtió a ese estadio en una leyenda viva: campeones mundiales, estrellas internacionales, actos políticos de todo signo, megaespectáculos. Todo nació de su trabajo y de su genio.

Siempre junto a los protagonistas. Con Nicolino Locche, el boxeador que más admiró.

Siempre junto a los protagonistas. Con Nicolino Locche, el boxeador que más admiró.

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