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"A los 50 años aprendí a disfrutar de la vida"

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Los pomelos de Francella son todo un tema. Están plantados en el fondo del
lote 64, en el country San Diego. Ya alcanzaron su punto de maduración
justa y parecen listos para ser exprimidos. Guillermo Francella se acomoda ahora
sobre un sillón de mimbre, en la galería de su casa de fin de semana. Ofrece
mate y, sin más preámbulos, comienza la entrevista. Dice que se siente cómodo en
sus cincuenta años. Y jura que hace meses aprendió a disfrutar del ocio.
Entonces improvisa un ejemplo y habla de sus pomelos: "Todavía no alcancé la
serenidad necesaria para descubrir la felicidad en el olor a pasto recién
cortado, pero disfruto mucho al ver crecer los pomelos en mi jardín
",
dispara.

-Intuyo que semejante observación botánica hace años le hubiese resultado
de lo más tediosa…
-¡Un plomo! Si yo nunca supe disfrutar del ocio… Siempre necesité llenarme
de responsabilidades. Cuando no estaba trabajando, agarraba la agenda y
escribía: "Lavar el auto". ¡Qué boludo! Armé una casa espectacular para
disfrutar en familia, pero apenas encontraba un rato libre me piraba. Vivía
hiperkinético y no me detenía a disfrutar mis logros. Cuando trabajaba, el
rating
me traía cambios de ánimo muy bruscos.

-¿Es cierto que trató en terapia su dependencia del rating?
-Por supuesto. Lo vivía con una crueldad muy intensa. Cuando no alcanzaba la
cifra anhelada, la pasaba pésimo. ¡No es fácil pelear contra Harry Potter! Hasta
que un día el psicólogo me preguntó: "¿Usted tiene algo que ver con el rating?
Si es una circunstancia fortuita, ¿por qué se desalienta de esa manera?
".
Ahí comprendí que no podía vivir pendiente de los números.

-Sin embargo, los números siempre le sonrieron…
-Justamente, lo que más me enojaba es que la euforia no iba de la mano de la
depresión: si metía treinta puntos festejaba cinco minutos, pero si metía trece
me deprimía por semanas.

-¿Dónde encontró el equilibrio, Guillermo?
-En los años. Los cincuenta no vienen solos: me dieron el aplomo necesario
para descubrir qué cosas me generan placer. Esa era mi asignatura pendiente:
aprender a disfrutar de la vida.

-¿Los cincuenta también traen crisis?
-En absoluto, la edad no me paraliza. Tengo chicos preadolescentes que me
ayudan a aprender los nuevos códigos, estoy casado con una mujer diez años menor
que yo, muy compañera... Y desde hace veinticinco años vivo de lo que me gusta.

-A los cincuenta muchos comienzan a pensar en su retiro…
-Son los que piensan que después de los cincuenta "ya está, esto fue todo",
como canta Cacho Castaña. ¡Minga! ¡Yo siento que tengo tanto por vivir,
disfrutar y aprender…! ¡Si recién este año aprendí a cantar sobre un escenario!
Nunca antes había cantado, ni siquiera en la ducha. Me creía sordo musicalmente.
¡Yo desafinaba hasta en la cancha! Pero dos profesores me enseñaron con rigor, y
ahora canto junto a doce músicos.

-¿También tiene mucho por aprender fuera del escenario?
-Por supuesto. Quiero aprender a ser cada día mejor padre, a estar cada día
más cerca de mi mujer… Marynés aguantó mis malos humores, se bancó estos cambios
bruscos de ánimo. Esto nunca derivó en una crisis más profunda porque somos muy
unidos. Pero quiero aprender a hacerlos cada día más felices.

-¿Alguna vez se sintió preso del personaje "Francella"?
-Muchas veces. Yo siempre estoy en la búsqueda del cambio, pero muchos
productores prefieren seguir a caballito de un éxito. Son los que te dicen: "¿Para
qué querés cambiar? Si estamos bárbaros, tenemos un público cautivo…
". Si
fuese por ellos, yo seguiría haciendo Los exterminators. Cuando hice
Un día en el paraíso
metimos 350 mil espectadores y nos parecía poquito… ¡Si
nunca bajábamos del millón!

-Evidentemente, el público lo prefiere en la comedia…
-Todos esperan que los haga reír. Mi primera aparición en Los productores
es en off. Estoy detrás de una puerta y digo: "¡Señor Bialystock!".
¡Y la gente se mata de la risa! Es curioso, porque en la obra yo interpreto a un
contador frustrado que fantasea con ser productor en Broadway. Es un personaje
con el que se identifican muchos argentinos, porque encierra un mensaje de
lucha, algo así como: "¿Viste que se puede?".

-¿Usted también tuvo que luchar para alcanzar este éxito?
-Yo empecé a ser conocido recién a los 26 años. Estudié periodismo, trabajé
en una inmobiliaria, fui agente de seguros, vendí perfumes en una boutique…
Hacía teatro vocacional y me presentaba en todos los castings. Así hice
mi primer comercial de televisión para Cinzano. También fui extra… ¡No te
imaginás lo que disfrutaba de servir un café en cámara! Pero me costaba horrores
vivir de lo que quería. Mi viejo me decía: "Muy lindo lo del teatro, pero
buscáte otro laburo, así no te morís de hambre
".

-¿Su padre llegó a verlo consagrado en televisión?
-Apenas me vio en Proceso interior, la obra fundacional para mi
carrera. Falleció a los 60 años… Era un tipo laburante, que tenía que pelearla
para llegar a fin de mes. Yo siempre pienso: "¡La vida que le habría dado!".
Mi vieja, Chola, es mi fan número uno.

-¿Cómo consiguió esquivar las tentaciones de la fama?
-Con la fama se te abre un mundo diferente: tenés acceso a las mejores
mujeres, todas las drogas y la mejor ropa… Pero siempre esquivé el reviente
porque no quería defraudar a mis viejos. A veces me pasaba de bol… Imagináte:
estaba en un telo con una chica y llamaba a casa para avisarle a mi mamá que no
iba a dormir… Mi base familiar era sólida, como un scrum de rugby, y eso
es lo que les quiero transmitir a mis hijos.

-¿Jamás buscó promocionarse a través de escándalos?
-Nunca. Es que la fama en base a escándalos tiene los segundos contados: se
derrumba como un castillo de cartas. Yo fui el peor toda la vida, un atorrante
de verdad. Me gustó todo, jodí todo y la pasé bárbaro... ¡Si me casé a los 35
años! Pero hice buena letra, nunca busqué la foto. Eso es entrar a la fama por
la ventana. Yo no tengo la fórmula, aunque debo decir que nunca trabajé con
piloto automático. Soy tan disciplinado que muchas veces envidio el nivel de
bohemia que tienen muchos compañeros. En esta profesión hay tipos que ganaron
mucho y ahora están en la lona. Nunca tenés que creer que esto es para siempre…

-¿Usted cuándo comenzó a sentir que sus logros ya no se podían derrumbar?
-El miedo grande viene después del primer éxito, cuando te preguntás:
"¿Vendrá el segundo?". Por suerte, voy por el noveno.

-Debe ser complicado mantener el equilibrio en el éxito…
-Gracias a Dios, no me pasa. Siempre les pido a mis amigos: "Si alguna
vez me la creo, mátenme a trompadas
". Pero esta profesión me regaló momentos
únicos: el día que Racing salió campeón, perdimos contra Boca y toda "La 12"
gritaba: "¡Poné a Francella la p… que te parió!". Y si bien era una
gastada, me emocionó la identificación de la gente.

-¿Cómo fue su encuentro con Fidel Castro?
-Fui al Festival de Cine Latinoamericano en La Habana en pleno éxito de Poné
a Francella. Fue impresionante: me dieron trato de jefe de Estado. Fidel Castro
me citó en el Salón de las Convenciones y estuvimos reunidos una hora. Lo
primero que me dijo fue: "¡Usted no se imagina la alegría que le da al
pueblo!
". Tomamos mojito. Hablamos de Latinoamérica, de Lula, de Chávez, del
FMI… Después quiso saber de mí: cómo era mi familia, cómo vivía, me preguntó si
ganaba más que Maradona. Es muy fuerte que uno de los personajes del siglo te
confiese su admiración.

-Los críticos no lo tratan con tanto cariño, Guillermo.
-Ese es un problema que me enojaba mucho. Son pocos los que reconocen todo
lo que genero. Pero las historias convencionales siempre son bastardeadas en las
críticas. Los críticos prefieren el cine de autor, las películas de cuatro
espectadores.

-¿Cómo es posible que el actor mejor cotizado del país esté atento a lo
que escribe un crítico?
-Es que todos necesitamos la palmadita en el hombro. Yo me ponía loco,
mientras que algunos amigos me decían: "Guillermo, tenés cuatro que te
critican y millones que deliran por vos, ¿cuál es el problema?
". Pero esto
recién lo ves con el paso del tiempo.

-¿Cómo es su relación con sus pares?
- Me gusta ser fuente de consulta de compañeros que se acercan y escuchan.
Creo que los cincuenta años me volvieron más inteligente. Los productores y los
gerentes de programación siempre me dieron su reconocimiento. ¡Si les llevo
mucho rating!

-¿Es difícil ser exitoso en este país?
-Es difícil tener éxito mientras los que te rodean no están bien. Ahora mis
familiares y amigos están mejor, levantando cabeza. Y mi mujer empezó a diseñar
ropa para su marca, Yo Teens. Hoy tiene su local en Maure y Soldado de la
Independencia. La apoyé mucho, porque necesito que ella esté realizada. No me
gusta que, teniendo inquietudes, se limite a ser "la mujer de".

-¿Descuidó a su familia por el trabajo?
-No, soy un defensor a ultranza de la familia y no me perdí nada. A veces
paraba una grabación para ver a mi hija en un acto musical. ¡Y Johanna tenía un
papel mínimo! Yo la miraba a mi mujer y le decía: "¿Ya está? ¿Es sólo esto?".
¡Había parado un canal para ver una actuación de treinta segundos! Pero los
ojitos emocionados de mi hija me llenaban de felicidad.

-Finalmente, ¿cuál es el colmo del placer?
-La felicidad son pequeños momentos. Ya no necesito una mega-producción para
descubrir la felicidad. Saber que mis hijos son chicos queridos me hace feliz.
Hace poco una maestra me dijo: "Se nota que son pibes felices". Y a mí me
reventó el pecho del orgullo. También disfruto al ver crecer los pomelos en mi
jardín, ¿te dije? Pero… ¿de qué te reís?

por Jorge Martínez Carricart
fotos: Christian Beliera
asistente: Fabián Mattiazzi
producción: Gabriela Díaz

Guillermo y Marynés (39) se casaron hace quince años. Son padres de Nicolás (14) y Johanna (11). Mi familia es mi cable a tierra; antes yo no sabía gozar del ocio", asegura Francella.">

Guillermo y Marynés (39) se casaron hace quince años. Son padres de Nicolás (14) y Johanna (11). "Mi familia es mi cable a tierra; antes yo no sabía gozar del ocio", asegura Francella.

Yo fui el peor toda la vida, un atorrante de verdad... ¡Si me case a los 35 años! Pero nunca busque la foto. hacerte famoso a traves de los escándalos es como entrar a la fama por la ventana".
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"Yo fui el peor toda la vida, un atorrante de verdad... ¡Si me case a los 35 años! Pero nunca busque la foto. hacerte famoso a traves de los escándalos es como entrar a la fama por la ventana".

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