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A 30 años de la liberación de Nelson Mandela, su vida en fotos

A 30 años de la liberación de Nelson Mandela, su vida en fotos

Leo Ibáñez

El 11 de febrero del ’90, luego de 27 años alojado en tres cárceles, acusado de conspirar contra el gobierno del Partido Nacional Sudafricano –ejecutor del sistema de Apartheid–, dejó atrás el encierro para convertirse en un referente internacional de la lucha por la igualdad entre los hombres.

En su celda donde transcurrió más de la mitad del cautiverio. “Mientras salía por la puerta que conducía a mi libertad, pensé: ‘Si no dejas atrás la amargura y el odio, aún estarás en prisión’”.
Veintidós meses y una semana después del 5 de agosto de 1962 –fecha en que fue detenido– y al día siguiente del Proceso de Rivonia, que derivó en su condena a cadena perpetua aquel 12 de junio del ‘64, ingresó a la prisión de la isla Robben –hoy clausurada y declarada Patrimonio de la Humanidad–, ubicada frente a Ciudad del Cabo
Allí –con el número 466/64 de la Clase D (el peor grado interno)– permanecería dieciocho años, confinado en una celda de 2,10 metros por 2,40.
Durante su estada debió cumplir trabajos forzados en la cantera de cal y continuó sus estudios de Derecho. Podía recibir una visita y una carta cada seis meses. Eventualmente a su madre, a su mujer y a sus hijos.

“El aspecto más inquietante de la vida en prisión es el aislamiento. No hay principio ni final; sólo tu propia mente, que a veces resulta engañosa”

Con el tiempo y las presiones externas que abogaban por su libertad las condiciones mejoraron, convirtiéndolo en un preso Clase A: se le permitió usar pantalones largos –modalidad común entre los prisioneros blancos–, recibir una mejor alimentación y practicar actividades recreativas como el fútbol –“que, pese al encierro, nos permite sentirnos llenos de vida”, según sus propias palabras–; a la vez que aumentaba el número de personas y de cartas que podía recibir.
El dibujo de la celda de Robben en la que permaneció cautivo. Lo garabateó y pintó cuando ya estaba fuera de la prisión.
En 1982, considerado el preso más famoso del planeta, lo trasladarían a la cárcel de Pollsmoor, en el suburbio de Tokai.
Tras sufrir un episodio de tuberculosis, sería mudado al centro correccional Víctor Verster –hoy llamado Drakenstein–, calificado “de baja seguridad”. Ya con un cocinero a su servicio y tiempo para completar la carrera de Abogacía, recuperó la libertad el 11 de febrero del ‘90, en la antesala del fin del Apartheid, el sistema de segregación racial abolido en 1992.

“Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, venga de un hombre negro o de un hombre blanco”

La última imagen del gran líder como miembro de la tribu xhosa, de la que fue príncipe.
Abogado graduado cautivo, el 29 de abril del ’94 se convirtió en el primer mandatario negro de su país –y el primero elegido por sufragio universal–, encabezando el Poder Ejecutivo hasta 1999. Seis años antes, Nelson Rolihlahla Mandela compartiría con el presidente sudafricano Frederik Willem de Klerk –quien le concedió la libertad– el premio Nobel de la Paz.
Murió el 5 de diciembre del ’13 a las 20:50, con 95 años de edad, tras tres matrimonios, seis hijos y once nietos. Su delicado aparato respiratorio se detuvo en aquel último hogar, el de Houghton, Johannesburgo. Recibiría funerales de Estado a los diez días, en Qunu, la aldea que lo viera nacer el 18 de julio de 1918.
La estatua que lo homenajea en la entrada del centro correccional Drakenstein. Una de sus lúcidas frases repercute aún en cada rincón de Sudáfrica: “Jamás he considerado a ningún hombre como mi superior, ni en mi vida afuera ni adentro de la cárcel”.

Fotos: Archivo Editorial Atlántida (búsqueda de imágenes: Mónica Banyik).

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