A simple vista, Michel Dubat -parisino, muy alto, 52 años- es uno de los
tantos turistas que por estos meses se pasean por Buenos Aires. Pero no... Al
hombre lo trajo un interés especial. Como fanático del fútbol que es, Michel se
armó un apretado itinerario por diferentes estadios y bares temáticos en tan
sólo cuatro días. La fecha del viaje giraba en torno de un hecho clave: poder
ver en vivo y en directo el último superclásico Boca-River en la Bombonera.
El ranking anual elaborado por la Unión de Bancos Suizos (UBS) habla por sí solo: Buenos Aires -hace tres años la ciudad más cara de Sudamérica- es hoy una
de las más baratas del mundo después de Bombay (India) y Karachi (Pakistán). Y
así como la pasión futbolera funciona como anzuelo para ciertos turistas, la
actual relación de 1 a 3 que ofrece el cambio dólar/peso atrae a muchísimos
extranjeros en busca de lo más diverso. Desde el consumo típico de la "industria
del tango", pasando por rondas de shopping con asesoramiento personalizado y
hasta una amplia gama de cirugías exprés.
Football Stadium Tour. Para concretar su plan, Michel contrató los servicios de
Tangol que -como lo indica su nombre-, es una de las muchas agencias de turismo
receptivo surgidas al calor del 3 a 1 que ofrece los clásicos atractivos de la
ciudad "con una mirada poco convencional", según define el operador de ventas Maxi Scelzo. Así, con 50 dólares en mano se puede acceder a un
Bike Tour -paseo
en bici por la ciudad-, a una Gaucho Party -o cómo ser gaucho por un día- o al
Football Stadium Tour (que incluye visitas al Monumental y la Bombonera), el
mismo que eligió Michel en el sitio web de la empresa.
"El turista quiere fútbol", concluyen José y Marcela, guías de visitas a la
Bombonera. "En temporada alta llevamos tres grupos de sesenta personas por
hora". Scelzo también lo sabe. Sólo por Internet recibe unas 300 consultas
diarias: "Lo que más sale son las entradas para el superclásico… Cuando les
decís que no hay más ofrecen pagarte el doble".
Anti-age baratito. "En los labios vamos a poner relleno permanente y en la
frente una aplicación de Botox", anuncia el doctor Raúl Banegas a su paciente.
Ana Paola Reynada -una mexicana que apenas aparenta sus 39 años- asiente con una
sonrisa. Llegó a Buenos Aires en plan turístico, pero se tentó con un combo anti-age
por la módica (para ella) suma de 250 dólares. "En mi país cuesta más del
doble", explicaba en la abarrotada sala de espera de la clínica de la calle
Arenales al 1400.
Y así como el consumo de cirugía estética puede resultar una excentricidad, el
negocio que rodea a la cultura tanguera ya es todo un clásico. Se sabe, los
protagonistas del dos por cuatro salen a escena de noche. Bettina Schmelz y
Pascale Woodward -alemana una, canadiense la otra- se calzan las medias de red y
los zapatos de media suela y encaran hacia La Ideal, la clásica confitería de
Suipacha y Corrientes. Mientras la música del maestro Pugliese anima la milonga,
las dos mujeres -rubias, altas, de rasgos lánguidos- irán eligiendo partenaire.
En menos de un año, Bettina ya vino cuatro veces. Buenos Aires, dice, la enamoró
de entrada, tanto que aún no cruzó la General Paz. "Me lo propongo una y otra
vez", cuenta en perfecto castellano y con algo de culpa, "pero esta ciudad me
atrapa... supongo que es el tango". Pascale, a su vez, empezó con el 2 x 4 en su
Montreal natal y cada vez que puede nos visita para perfeccionar su técnica.
"Allá los cursos son más costosos y encima no tan buenos", cuenta. "Prefiero
venir a Buenos Aires, me alquilo un departamento en Recoleta por apenas 120
dólares la semana y bailo hasta decir basta".
La milonga arrancó y las dos extranjeras ya giran en la pista. "Vuelven siempre
porque a los extranjeros los sugestiona el contacto", afirma Silvia la
Mondonguito Dopacio, presidenta de la Asociación de Milongas de Buenos Aires.
"Tenemos socios en todas partes del mundo: en París, Nueva York y hasta en
Corea. Lo maravilloso del tango es que al momento de bailar somos todos
iguales". Dentro del fenómeno, lo que más le piden son los llamados Tango workshops, cursos intensivos en técnicas específicas como el "abrazo milonguero"
o la "milonga con traspié". Y eso que por la misma clase que a un argentino le
cuesta 40 pesos a los turistas se les cobra 40 dólares. "La diferencia de precio
me parece justa", opina Dopacio. "Para los extranjeros sigue siendo barato y lo
pagan sin problemas".
My private shopping. Otras que entienden de números son las personal shoppers,
mujeres especializadas en asesorar a los turistas en sus compras. Florencia
Bibas (ex modelo de pasarela) se dedica a esto desde hace cuatro años: "Una
personal shopper guía a la mujer en su make up, pelo y vestuario", define.
Florencia -que además tiene un bloque de modas en Buenos días, Argentina, por Telefe- asegura que la mayoría de sus clientas vienen de Noruega, Suecia y
Chile, en ese orden. Pagan unos 50 dólares la hora y buscan mucho diseño,
zapatos y abrigos de cuero. "Una vez", recuerda, "me tocó salir a comprar ropa
interior con una sueca y su marido. Yo elegía los conjuntos, ella se los probaba
y él daba su opinión".
Y a la hora de establecer un ranking de derrochones, los vendedores de la calle
Florida no lo dudan: "Los mexicanos", coinciden. "Es que son muy generosos",
explica Marcelo Keisman, de Pieles Leopardo. "Cuando compran, llevan para ellos,
los hijos y hasta la suegra". Por su parte, las chilenas son las más coquetas,
pero también las más antipáticas: "No quieren demostrar cuánto las favorece el
cambio", cuenta Samanta Mastronardi, de la marca femenina Comma. Beatriz Alhach,
de Vichy, concuerda: "Se anotan todos los consejos y después no te compran
nada". Las más indecisas, lejos, son las orientales. "Supongo que por un
problema de talles… A las brasileñas, en cambio, les encanta verse ajustadas",
comenta Samanta. En cualquier tienda de ropa, una venta normal no baja de los
700 u 800 pesos.
De acuerdo a las estadísticas de la Secretaría de Turismo de la Nación, hoy
entran al país más de 4 millones de turistas al año, casi el doble que en 2001.
Su desembolso total ronda los 2 mil millones de dólares, una cifra que cobra
dimensiones incalculables si se piensa que -según la cotización actual- debe
multiplicarse por tres. Ahora que el "deme dos", dicho con orgulloso acento
criollo, es apenas un recuerdo, al porteño le toca estar del otro lado del
mostrador. Parece que lo que cotiza alto es el ingenio. Y, lo mejor de todo, se
cobra en dólares.