En el nombre del hijo

 
Guillermo y Marta, los padres de Juan Manuel, y su hermano menor, Nicolás, dicen que van a hacer todo lo que sea necesario para que hasta el último delincuente que participó en el crimen pague su culpa. "Recién fue condenado uno, faltan otros tres."
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La vida de Juan Manuel

 
Junto a sus compañeros de secundaria del colegio San Gabriel Arcángel.
 
Caso Canillas

"Sólo cuando condenen a todos sus asesinos, nuestro hijo podrá descansar en paz"

En julio de 2002, Juan Manuel fue muerto de un balazo por sus secuestradores, que lo interceptaron cuando circulaba frente al Hospital de Clínicas. Cobraron un rescate en la puerta de su casa pero igual lo asesinaron por la espalda en Vicente López. El viernes, Raúl Chirola Monti, uno de los delincuentes, fue condenado a reclusión perpetua y pasará, al menos, 25 años preso. Mientras tanto, la familia implora para que la justicia encuentre al resto de la banda.
 
Vieja, el día que yo me muera te vas a dar cuenta de la cantidad de gente que me quiere. Van a estar todos los minones que tuve en mi vida, y también los amigos, que no creen que esas mujeres disfrutaron de este cuerpito." El 31 de enero de 2002, Juan Manuel Canillas festejaba lo que sería su último cumpleaños. Cuando llegó el turno de soplar las 23 velitas, abrazó fuerte a su madre y le hizo el comentario que figura al comienzo de esta nota. Ese día, que todavía muchos recuerdan, "estaban todos los que tenían que estar", dice Nicolás (21), su hermano menor. La fiesta, que reunió a 74 personas, fue en un tenedor libre de Vicente López, a pocas cuadras de la casa de los Canillas. "Mi hermano se prendió en la joda y me decía que en su funeral quería escuchar a Bob Marley", agrega Nico. "Es que así era mi hijo -explica Marta-. Se tomaba en broma hasta su muerte. Era un chico jovial, divertido, inquieto, alegre, y muy querido. Este muchacho, Raúl Monti, que acaba de ser condenado, no sabe a qué clase de persona le robó el futuro." Guillermo, el papá, mira hacia el cielo y comenta emocionado: "Todas las noches, no importa a qué hora llegara, se acercaba a mi cama y me daba un beso en la pelada. Decime cómo hago para olvidarme de esa imagen tan conmovedora".

En el living de la casa familiar se produce un silencio más que elocuente. Los padres de Juan Manuel Canillas se toman fuerte de las manos, y de inmediato asoman sus primeras lágrimas. Dicen que están satisfechos porque el viernes el Tribunal Oral Criminal número 1 de San Isidro sentenció a Raúl Chirola Monti (25) a reclusión perpetua más la accesoria por tiempo indeterminado -por lo tanto estará al menos 25 años tras las rejas- por encontrarlo coautor de los delitos de "robo doblemente calificado por el uso de armas, secuestro extorsivo y homicidio calificado por alevosía". Chirola fue condenado como coautor porque en la causa hay otros dos implicados: Maximiliano Pico -quien, según el padre de la víctima, fue el que recibió el rescate- y Franco Gasperoti -reconocido por testigos cuya identidad se mantiene en reserva-. Monti, pese a ser un delincuente "pesado", cometió un error de principiante. Quiso robarse el estéreo del auto de Canillas mientras escapaba. Tironeó, no pudo, pero dejó sus huellas digitales, la prueba que terminó siendo su condena. En junio pasado, el asesino fue atrapado y tres meses después recibió su sentencia.

"Dimos un primer paso, pero la lucha no termina acá", afirman Marta y Guillermo, mientras respiran hondo para explicar una vez más lo inexplicable, el asesinato de su hijo Juan Manuel en manos de una cobarde banda de secuestradores, aquel trágico 12 de julio de 2002. "Yo acababa de llegar del trabajo a mi casa de Núnez -rememora Guillermo-. Eran las ocho y media de la noche cuando sonó el teléfono y atendió mi esposa." Marta escuchó lo que jamás pensaba escuchar: "Mamá, buscá toda la plata que tengas. Juntala y salí a la calle. Es en serio", le dijo jadeando Juan Manuel mientras sus secuestradores lo encañonaban. A ella se le transformó la cara, y desesperada comenzó a gritar: "¡Lo tienen a Juan, lo tienen a Juan!".

A Juan Manuel Canillas lo secuestraron cuando circulaba con su Honda Civic rojo por la zona del Hospital de Clínicas, sobre la avenida Córdoba. Tardaron poco tiempo en llegar hasta su casa. "Fueron los peores seis o siete minutos de mi vida -explica Guillermo-. Salí a la puerta con el dinero y veo que llegan. Me acerqué, se lo di, y cuando me agaché para ver a mi hijo, uno de los delincuentes me golpeó y me dijo: 'Esto no alcanza'. Entonces Juan me gritó desde el coche que trajera una cajita de té que tenía en su cuarto con setecientos pesos. Corrí, bajé, y uno de los secuestradores me la manoteó a través de la reja y escaparon. Después caí que esas fueron las últimas palabras que crucé con mi hijo."

Los delincuentes anduvieron cinco cuadras hasta llegar a Vicente López, del otro lado de la avenida General Paz. Y ahí llegó el desenlace. Lo empujaron del auto y lo remataron con un tiro en la espalda. Lo que siguió fue pura confusión y dolor. Así lo cuenta hoy su padre: "De inmediato llamé a la policía. A las nueve y media de la noche me pidieron que fuera a la comisaría de Vicente López. Me acompañó Patricio, mi hijo mayor. Recién como a las once mi hijo salió de un despacho y me dijo: 'Papá, Juan ya no está con nosotros'. Le respondí que no, que se había equivocado. No me dejaban verlo, pero descubrí la camioneta de la morgue judicial y corrí hasta ella. Estaba en una bolsa de plástico, la abrí y grité desesperado: 'No es Juan, no es…'. Pero era, desgraciadamente... Yo me preguntaba cómo iba a volver a casa y cómo se lo iba a decir a mi mujer. Cuando regresé, la abracé fuerte e intenté explicarle. Ella hizo un sonido terrible porque no podía llorar, se ahogaba. Y ahí empezó otra historia".

A partir de allí, toda la familia comenzó a luchar para que se hiciera justicia. Encontraron escollos: "Muchas veces la policía corrupta les avisaba a los delincuentes que iban a hacer allanamientos", cuenta Guillermo. "Pero también gente extraordinaria como la fiscal Fabiana Cotelo, que luchó con fiereza contra esos malos funcionarios", explica Marta.

Hoy ellos lo recuerdan tal como era, siempre con una sonrisa pícara dibujada en su rostro. Juan Manuel siempre quiso progresar. Y ponía mucho empeño. Antes de cumplir los 16 años ya era buzo táctico. A los 21 se recibió de Licenciado en Comercialización en la Universidad de Belgrano. Y permanentemente hacía cursos de instrumentista quirúrgico, especializado en columna vertebral -debido a que había inaugurado hace tiempo su propia empresa de Ortopedia-, de inglés comercial, de portugués. Y hasta se hacía tiempo para ver a sus amigos y salir con sus chicas .

Sus padres, Marta y Guillermo, dicen que no van a parar de pelear hasta que paguen todos los culpables: "Porque creemos que recién cuando condenen a todos sus asesinos, nuestro hijo va a poder descansar en paz".

Miguel Braillard
fotos: Leandro Montini y agencia Télam

 
   
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