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Padre e hijo

 
Ernesto Rodríguez tiene 74 años y está muy enfermo del corazón. Lo secuestraron un día antes de Nochebuena, y su hijo Jorge Rodríguez volvió en un avión privado ese mismo día desde Punta del Este para ponerse al frente de la negociación.
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Un tipo de barrio

 
Las fotos del álbum: Ernesto y Jorge -en círculo- con su familia en el casamiento de una pareja vecina. Sentados están su mujer, Nélida (madre de JR), sus hijas Adriana (izquierda) y Viviana (derecha), y su suegra, Mafalda.
 
Jorge Rodríguez

La historia secreta del secuestro

Ernesto Rodríguez (74) fue raptado el 23 de diciembre a metros de su casa en General Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires. Su hijo Jorge recibió una sola llamada de los secuestradores y aún no habló de dinero con ellos. Cómo es la angustiosa espera del novio de Susana en la quinta de su amigo Hugo Franco. La preocupación por el gravísimo estado de salud de su padre, enfermo cardíaco, a quien debían operar en estos días. Y la trama jamás contada de la investigación en la que intervienen hasta equipos de la CIA y el FBI.
 
En algún lugar, dos hombres esperan que el destino les haga un guiño. Y desesperan por la segura oscuridad de uno, la ansiedad que provoca el teléfono mudo del otro, la incertidumbre de ambos. Uno, Ernesto Rodríguez, 74 años, cautivo desde el martes 23 del más abyecto de los delitos: el secuestro. Un hombre mayor, enfermo, cuyo principal capital de toda su vida fue el trabajo. Una víctima de la inseguridad. Una más en la crónica que cada vez es más roja. La única víctima que existe en el mundo, hoy, para el otro hombre, para su hijo, para Jorge Rodríguez. Y entre ambos mundos de silencio, la conexión invisible, indestructible, de un padre y un hijo con "una relación de códigos, a la antigua, casi borgeana, de igual a igual, muy buena al fin", como señaló uno de los dos amigos del empresario que lo acompañan en estas horas, de esos que conocen sus confesiones al filo de la madrugada, las que valen. Y en el medio, la historia de un secuestro.

ENTRE DOS ORILLAS.
El martes 23 era un día de vacaciones más para Jorge Rodríguez. Se levantó en su chacra Yellow Rose -ni muy temprano ni muy tarde- y despuntó una de sus pasiones: las motos. Se calzó su casco -comprado en los Estados Unidos durante su último viaje a Daytona Beach- y salió a probar su Harley Davidson. A las 10.20, exactamente, recibió el llamado que lo paralizó. Su padre había sido secuestrado. Esa palabra tan temida aun para él, que alguna vez había dicho que "como están las cosas en el país, eso le puede pasar a cualquiera".

Esa misma mañana, para su padre, comenzó mucho antes. Salió bien temprano de la quinta El Despertar, en la calle Puerto Pirámide 961 de General Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires. A bordo de su Volkswagen Polo blanco, junto a Irma, su segunda esposa, alcanzó a recorrer apenas 120 metros cuando fue interceptado por un Renault Clío. Eran las 7.15 de la mañana, a la altura del kilómetro 49,5 de la Autopista Del Oeste. Minutos después, los secuestradores liberaron a su mujer y emprendieron la fuga.

Cuando se repuso de la noticia, Jorge Rodríguez marcó dos números en su celular. El primero, a un amigo relacionado con gente de seguridad. El segundo, a Susana Giménez. Palabras más o menos, según íntimos de Rodríguez le contaron a GENTE, le dijo: "Secuestraron a papá. Vos tenés que estar al margen de todo esto. Si puedo, en algún momento te voy a ver. Pero la verdad, creo que hasta que todo esto no pase sólo vamos a poder hablar por teléfono…"

Esa noche, Rodríguez tenía un asado de negocios con empresarios extranjeros. Antes de volar a Buenos Aires, dio expresas instrucciones para que se hiciera igual, y dejó a personas de su confianza para seguir con las conversaciones. A las 14.30, en un avión privado, arribó al Aeroparque para hacerse cargo de las tratativas.

Con Susana, ni siquiera en Nochebuena se volvieron a ver. Ese miércoles, la diva lo pasó en su mansión de Barrio Parque, angustiada, con la compañía de Mercedes, su hija, y sus nietos. "Ella no tiene nada que ver con este problema. Se quería quedar, pero le aconsejé que se fuera…", dicen los amigos que Jorge les confió. El sábado, en un operativo que quisieron mantener en estricto secreto, Susana viajó a los Estados Unidos, a su casa de Fisher Island, en Miami. Así se lo había pedido su novio.

LA ESPERA. Mientras tanto, en la quinta de un amigo, Rodríguez, a cargo de las negociaciones, aguarda novedades. Hablar de negociaciones, en realidad, es una forma de decir. Porque hasta el momento, a pesar de las versiones que hablaban de dos llamadas de los captores, recibió sólo una breve comunicación. En la misma no se llegó siquiera a hablar del monto del rescate. Por esa razón, Jorge Rodríguez aún no reunió ningún dinero. Su preocupación pasa por otro lado.

El desvelo de JR, por estas horas, se refiere a un tema delicadísimo: la salud de su padre. Aunque Ernesto no lo sabe, su cuadro de salud es grave. Su familia pensaba dejar pasar las fiestas y tener todos los resultados de los estudios en la mano, para contarle que debían, sí o sí, someterlo a una intervención cardíaca. Y Jorge iba a ser el encargado de decírselo. El martes, precisamente, se dirigía a realizarse uno de los estudios. Pero don Ernesto pensaba que eran chequeos de rutina: ni siquiera se lo contaron la última vez que estuvo toda la familia reunida, no bien llegó su hermana Adriana desde Nueva York -donde vive-, el día en que Susana anunció la breve separación de Jorge. En la intimidad familiar, el temor más grande es que el problema cardíaco, por el estrés de estar secuestrado, haga eclosión, y que las consecuencias sean imprevisibles para todos los actores de este terrible suceso.

En el vecindario de General Rodríguez, sus conocidos también están muy preocupados. Allí todos saben que don Ernesto está muy enfermo. "Se hacía tratamientos médicos todo el tiempo. Y lo habían operado varias veces, además de que está medicado en forma permanente", le dijo Oscar Pereira, vecino de Rodríguez, a GENTE. Y completó: "La frenada del auto de don Ernesto fue impresionante. Nosotros estamos acostumbrados a verlo salir temprano todos los días. Pero el 23 arrancó un poco antes. Se ve que lo estaban esperando…". Quien vive enfrente, Jorge Orellana, señaló: "Yo lo veía a diario, es un hombre tranquilo y muy gaucho. La reja del portón de su casa la hizo él mismo. Es muy hábil con las manos, muy buen herrero. Todas las mañanas abría el portón de su garaje, y cada vez que podía se acercaba a charlar conmigo. Nunca me dijo que estuviera preocupado por su seguridad. En el barrio no lo podemos creer…".

Tanto los vecinos de General Rodríguez como los de Villa Martelli, donde los Rodríguez vivieron casi toda su vida, coinciden en que son gente trabajadora. "Laburantes y de buena madera", señala Mario Costa, un cerrajero de Villa Martelli que los conoce desde hace más de 40 años.
Un pantallazo por la historia familiar mostraría estas imágenes: del matrimonio entre Ernesto y Nélida Rodríguez, una familia de clase media de Villa Martelli, nació Jorge, el hermano del medio de un total de tres, con mujeres en ambas puntas del espinel. Cuando sus hijos aun eran pequeños, Ernesto instaló un taller metalúrgico en el fondo de su casa. Como en un juego de espejos, a los diez años Jorge salía a vender los limones que juntaba en los árboles del barrio. A principios de los 90, Nélida, su madre, falleció, y el padre puso una fábrica de refrigeración que quebró en 1997. En 1995, después de crear la banda de rock Donés Donés y fundar su primera agencia de publicidad, Jorge Rodríguez se asoció al ex montonero Rodolfo Galimberti y a Jorge Born en Hard Communication. Allí conoció a Susana, y su imagen se hizo pública. En 1998, al enterarse Ernesto del noviazgo de su hijo con la diva, sentenció: "Como padre me siento orgulloso, pero en lo personal estoy muy asustado ya que de alguna manera me veo involucrado en este torbellino".

LA INVESTIGACION. Mientras espera el ring de un teléfono que le traiga novedades sobre su padre, Rodríguez no permanece de brazos cruzados. Junto con el fallecido Rodolfo Galimberti eran dueños de Control, una agencia de seguridad formada con ex agentes de la CIA y el FBI, nada menos. Pese a que para él tanto la Policía Federal como la Bonaerense -aún con los típicos celos que existen entre ambas- están trabajando atinadamente, con tales contactos, convocó a dos equipos de ambas agencias de seguridad norteamericanas con sede en Washington, que ya están en el país investigando activamente el caso.

Asimismo, recibió numerosísimos llamados de solidaridad y ofrecimientos de ayuda por parte de los más altos niveles de la vida política argentina -por ejemplo, el jefe de gabinete Alberto Fernández, admitió haberse puesto en contacto con él en representación del gobierno- "con sólo alguna llamativa y notable ausencia, teniendo en cuenta el lugar donde se desarrollan los hechos", según afirman sus amigos más íntimos.

El fiscal que lleva adelante la causa es Jorge Sica, al frente de la flamante Unidad Fiscal para las Investigaciones de Secuestros Extorsivos que fue inaugurada este mes en San Isidro. El gobernador bonaerense Felipe Solá manifestó que no descarta una eventual participación de "algún policía o ex policía" en el caso. También se mostró contrariado por la decisión del fiscal Sica de prescindir de los servicios de la Policía Bonaerense. En declaraciones radiales, Solá le reclamó al fiscal que investigue con colaboración de la Policía Federal, y que la SIDE convoque "a la policía de la provincia de Buenos Aires" para que trabaje en ese caso "adicionalmente".

Al cierre de esta edición, el domingo por la noche, no había más novedades en la quinta de Hugo Franco, donde Jorge Rodríguez espera junto al teléfono. Y espera, también, que con el comienzo de la semana -y todo lo que eso implica en materia de disponibilidad monetaria-, los secuestradores se comuniquen una vez más. Espera negociar la libertad de su padre. Y se aferra a la esperanza de que esta pesadilla termine.

por Hugo Martin con Alejandro Sangenis
informes: Cynthia De Simone, Juan Morris y Federico Gallo
fotos: Fabián Uset, Julio Ruiz Gustavo Sancrica, Enrique García Medina y gentileza mensuario El Martelliano
foto en Punta del Este: Diego Soldini

 
   
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EDICION 2349 I 2010
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