Barrió con su rival

 
La Tigresa Acuña con el cinturón de campeona, tras noquear en el sexto round a la panameña Damaris Ortega. Josué, su hijo menor de 6 años, subió al ring para festejar con mamá. Al día siguiente, Marcela ya reasumía sus tareas hogareñas.
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Noche de box

 
Acuña fue una tromba y demolió a su rival. Fue, nada menos, que en el Luna Park. "Es el sueño más increíble, ganar el título del mundo y hacerlo allí, en ese palacio histórico, todavía no lo puedo creer", dijo la campeona. Arriba, la Tigresa con sus hijos Maximiliano y Josué, preparando el arbolito de Navidad.
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Tigresa Acuña

"Aunque cueste creerlo, soy muy coqueta y me gustar verme bien, muy mujer"

A los 27 años y después de tres chances frustradas, Marcela Acuña se consagró campeona del mundo de la categoría supergallo. Sin embargo, detrás de la temible boxeadora hay un ama de casa, madre de dos hijos, esposa y hasta una mujer con su costado sexy. Mano a mano con una chica que vive entre los golpes de sus rivales y la tarea de Matemáticas de sus hijos.
 
Arriba y abajo. Arriba: recto de derecha y juego de piernas, el ojo abierto, la mano y la guardia, el rincón, el banquito del rincón, el aire, el hígado, el gancho al hígado, la campana, el jurado, las tarjetas, el árbitro, un récord de 13 victorias -7 de ellas por knock out- y 4 derrotas y un peso de 54,900 kilos: "5, 4, novecientooosss", diría el presentador del Luna Park.

Abajo: la casa, las compras en el mercadito del barrio, los chicos. ¿Hoy era el acto del colegio? Las cuentas, la dieta, la peluquería. ¿O era mañana? El gimnasio, todos los días el gimnasio. Y el Maxi que se llevó Sociales. Va a haber que hablar con el Maxi...

La vida de Marcela Eliana Acuña, la Tigresa, va y viene. Es boxeadora, y desde el sábado 6 de diciembre, campeona mundial de la categoría supergallo de la Women International Boxing Association (WIBA), la primera de nuestro país. Pero también es mamá. Y esposa. Y todo se mezcla. Porque es la misma mujer la que vive esta vida duplicada.

La casa de Acuña, en la calle Lafayette, Isidro Casanova, es una clásica casa cuadrada del conurbano, con una mota de pasto adelante, las rejas que cercan el frente, humilde, prolija. El living, que se lleva casi todo el metraje, está colmado de fotos como cuadros que tapan las paredes: la Tigresa sobre el ring, la Tigresa pegando, la Tigresa recibiendo, la Tigresa con Don King, con el Roña Castro, con Pablito Chacón. Y también la Tigresa en tanga, como "conejita" by Chochó Santoro, en la famosa contratapa de Diario Popular.

-¿Cómo es la vida del ama de casa boxeadora?
-Y, es difícil, porque esto no me lo tomo como un deporte. Es mi trabajo, mi profesión, el sustento de mi familia, así que lo cuido muchísimo. Claro que también tengo dos hijos a los que debo ayudar con su escuela. Los preparo para que, por ejemplo, rindan un examen, y todo eso lleva mucho tiempo.

Desde el dormitorio llega un susurro como de voces en secreto: tres chicos tomados de la mano, de pie junto a la cama matrimonial, rezan el Padre Nuestro frente el pequeño altar que Ramón, esposo de la Tigresa, levantó con la imagen de la Virgen de Luján. Los chicos son Maximiliano, de 10 años, Josué, de 9, y Jonathan, también de 10. Los dos primeros son hijos de Marcela y Ramón. El tercero, un sobrino. "La fe -dice la Tigresa- ocupa un lugar muy importante en esta casa, muy importante". El segundo "muy importante" vino con énfasis.

-¿Qué les pasa a sus hijos cuando sube al ring, cuando pega o cuando le pegan?
-Están acostumbrados porque cuando nacieron yo ya competía en full contact. Siempre los tengo ahí, al costado del ring, gritando: "¡Dale, mami! ¡Pegale, mami! ¡Arrancale la cabeza, mami!"

-Dulces criaturitas…

-Sí, y si llego a casa con un ojo hinchado tampoco se asustan. "El hielo, ma", me dicen y van solos a traerme cubitos.

Ramón y Marcela son formoseños y están casados desde hace doce años. Unir la vida a una noqueadora debe tener sus claves. Ahora el que habla es Ramón: "No me importa el machismo ni nada: yo le cocino, le lavo, hago las compras, me fijo qué va a comer… Y ella que descanse, que entrene y descanse. Si yo no la ayudo, ¿quién la va a ayudar? Ella corre seis kilómetros mientras yo miro el cronómetro. ¿Quién es, entonces, la sacrificada? ¿Le voy a pedir que después se ponga a lavar los platos? No, que se acueste, y yo barro y los chicos hacen la cama".

Los chicos entienden o dicen que entienden. Muy peinaditos, la raya perfecta sobre las cabecitas pequeñas, la remera dentro del pantalón y los cordones atados, dirán que a mamá se la cuida, que se la protege, porque mamá se la juega cada vez, porque mamá hace todo lo que hace por nosotros y por aquello de que mamá nos mima. "Yo la llamo La computadora andante, porque sabe de todo y me ayuda con los deberes", dice Maxi.

Ahora vienen las defensas: llegó, la Tigresa, después de tres derrotas -una de ellas, un verdadero robo- a la corona mundial. Estaba claro que era la mejor aquí, entre nosotros. Ahora empieza a quedar claro que puede serlo allá, donde el bussines es de verdad el bussines y donde le puede cambiar la vida -y el bolsillo- para siempre.

La Tigresa, por gestión de su manager Osvaldo Rivero, tiene diseñadora y estilista personales. Los vestidos y los peinados para subir a buscar premios y plaquetas tienen responsables, más ahora que es campeona. Sin embargo, hay algunos inevitables detalles femeninos que, por femeninos, vuelven a este deporte otro deporte. "Peleé por dos títulos del mundo en pleno período menstrual. No es para nada una excusa, porque tal vez mi rival estaba igual. Lo que quiero decir es que esto no es un deporte de hombres hecho también por mujeres; es un deporte que puede ser tanto de hombres como de mujeres".

-¿En algún momento sintió que el box la estaba masculinizando?
-Para nada. Me preocupo mucho por mi costado femenino… Aunque a alguno le cueste creerlo, yo me arreglo, me pinto, soy muy coqueta y me gustar verme bien, muy mujer.

-¿Cómo es la vida en pareja debajo del ring?
-Tiene sus cosas. Treinta y cinco días antes de cada pelea conviene dosificar el sexo. Y quince días antes, nada. Porque cuando llegás a los últimos tres rounds, cada milímetro de energía se vuelve imprescindible y puede definir la pelea.

-¿Y qué pasa después?
-Noooo… después, sí. Nada de andar dosificando…

Alejandro Seselovsky
Fotos: Leandro Montini, Matías Campaya y
Salvador "Chochó" Santoro (gentileza Diario Popular)

 
   
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