“¡Chau, mamita, chau...!” El lunes a la mañana, Diego, su familia y amigos despidieron a Doña Tota en el cementerio Jardín de Bella Vista. Fue el día más triste del más grande.
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Diego, todo llanto, es contenido por el abrazo de Dalma y Gianinna.
 

 
A pesar de los celos que la Tota siempre sintió por Claudia, vivió con alegría el casamiento de su hijo.
 

 
“Vieja, gracias por todo” Así, con estas cuatro palabras, Diego despidió a su mamá. Cada vez que tuvo oportunidad, le agradeció por todo lo que hizo por él: “Sin mi vieja no hubiera llegado a ningún lado”, repitió siempre Diego.
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EL DOLOR DE DIEGO

“Mi vieja fue el gran amor de mi vida”

El sábado 19, el imbatible corazón de Dalma Salvadora Franco se detuvo para siempre. Era, para el Diez y para todos, simplemente Doña Tota; para muchos, “la madre de Dios”. Su hijo más pródigo estaba en Dubai cuando el doctor Alfredo Cahe le avisó que la situación era grave, y se enteró del desenlace en pleno vuelo. Jamás se lo vio tan desgarrado, tan triste ni tan solo –a pesar de estar rodeado por toda su familia– como en el último adiós a la más incondicional de sus mujeres.
 
Chau, mamita, chau...”. De golpe, como en una película donde todo comienza a suceder en cámara lenta, un pesado silencio invade el barrio que rodea el cementerio privado Jardín de Bella Vista. Desde los árboles y los balcones de las casas vecinas, fotógrafos y camarógrafos intentan tomar una imagen del entierro de la mujer que durante muchos años fue, de algún modo, la madre de millones de argentinos. La abnegada Dalma Salvadora Franco (recién en su muerte se escribió su nombre completo, porque eternamente fue Doña Tota), aquella que crió a sus hijos en la pobreza, con sacrificio y valentía de leona.

Cuando el cortejo comienza la lenta caminata hacia el sepulcro, el barrio se pone de pie y hace silencio: profunda señal de respeto. La imagen es tan triste como conmovedora. Diego, vestido con un traje negro y anteojos oscuros, lleva el cajón con el cuerpo de su madre acompañado por su padre, Don Diego, sus seis hermanos, sus hijas, Dalma y Gianinna, su pareja hoy, Verónica, y Claudia Villafañe, su ex mujer, la que siempre estuvo y estará. A pesar de que en su excepcional vida no le faltaron lágrimas, Diego llora como nunca. No es, hoy, el mejor jugador de todos los tiempos, el ídolo, el dios, la mano de Dios, el hombre célebre hasta en el último rincón del planeta. Es apenas un hombre. Un hijo con el corazón partido.

Su mamá se fue el sábado 19, a los 81 años, cuando su imbatible corazón se rindió. Diego lo sabía. Partió a Dubai con esa daga sobre su alma. Sabía que la vida de la que llamó su “novia eterna” pendía de un hilo. Rezó por ella en sus interminables noches árabes, pidiendo apenas un tiempo más, unos abrazos más, una voz en el teléfono: el invisible lazo capaz de hacerle llegar el ruego de toda una vida: “Pelusa, cuidate mucho que te quiero ver bien”. Ocho palabras que de ahora en adelante le llegarán desde el Cielo, el Infinito, o el recuerdo. Por eso, cuando el féretro empieza a bajar hacia la tierra última, se desgarra en ese “chau, mamita, chau...”, y en un llanto que se repite en todos los ojos. Dalma y Gianinna lo abrazan: es el único instante luminoso en la noche que lo invade.

¿Qué queda? ¿Qué nos queda a nosotros, periodistas, para evocar esa historia de amor nacida en la pobre casa y en el potrero de Villa Fiorito donde se forjó el más grande? Algo que nada, nadie, ni el tiempo ni el olvido, podrán borrar, porque están grabados en el papel de imprenta, que tiene mucho de eternidad. Las más de doscientas notas que Diego le concedió, en días de gloria y en días nublados, a GENTE. Notas que parecían dormidas, pero que siguen vivas.

DOÑA TOTA SEGUN DIEGO. Don Diego padre y Dalma Salvadora (nombre nada casual) se conocieron en el modesto pueblo correntino de Esquina. A fines de los años 50’, sin más equipaje que la esperanza, recalaron en Buenos Aires, y el 30 de octubre de 1960 nació Diego Armando. “Ese día empecé con contracciones, caminé tres cuadras hasta la estación Fiorito y me tomé el tranvía hasta Lanús. Iba con mi marido y mi cuñada, Ana María. Nos bajamos a una cuadra y media del hospital Evita. Los dolores eran cada vez más fuertes. Ya estaba llegando casi a la puerta cuando encontré un prendedor con forma de estrella tirado en el piso. Me agaché para recogerlo y me lo puse en el pecho. Quince minutos después nació Diego. En ese momento supe que mi hijo iba a ser especial. Y así fue. El más mimado de todos mis hijos, el que siempre me manda flores, me pone que me ama, y firma como ‘Tu novio’”, recordó Doña Tota en la única entrevista a la que se animó cuando su hijo era más que un genio del fútbol: un monstruo sagrado. Y Diego no la desmintió: “Es cierto: siempre fui el preferido. Mi vieja me mandaba a comprar cinco guitas de carne, aunque fuera para darle sabor a la comida. Pero el día en que había un pedazo de carne en la mesa, el más grande era para mí, y a mis hermanas les llenaba el plato de ensalada, para disimular...”.

LA LEJANA INFANCIA. “Mamá me defendía a muerte. Tenía (y tiene) debilidad por mí. Una vez la desobedecí y me fui a jugar al fútbol, a pesar de que me dijo que no fuera. Volví hecho un desastre, con las zapatillas Flecha, ¡que tanto había costado comprar!, todas sucias y rotas. Mi viejo se agarró una calentura bárbara y empezó a fajarme. Pero mi vieja vino corriendo, levantó el dedo y le dijo: ‘Si tocás a mi hijo, esta noche cuando duermas, te mato’”.

LA REINA PELOTA. “Para mí todo servía como pelota: una naranja, un papel, una media hecha ovillo. Mi vieja se enojaba porque rompía las Flecha o las Pampero, que eran las únicas zapatillas que teníamos para todo. Cuando jugué mi primer partido en Primera ella no pudo ir a la cancha, y mi viejo pidió salir antes de la fábrica para llegar. Al despedirme me dio un beso y me dijo: ‘Andá tranquilo; yo voy a rezar por vos, hijo’”.

UNA GOTA DE AGUA. “En mi casa de Fiorito no había agua corriente. Entonces, cuando mamá tenía que lavar los platos o teníamos que bañarnos, me mandaba a buscar agua a una canilla. Yo llevaba los tachos de aceite de veinte litros y los llenaba. Y esa agua, mamá nos la pasaba por la cara y por el cuerpo, para que estuviéramos bien limpitos. Se complicaba, eso sí, cuando todos teníamos que lavarnos la cabeza...”

LOS DIENTES DEL HAMBRE. “Cuando llegaba la hora de la cena, mi vieja siempre decía que le dolía la panza. ‘No, hoy no voy a comer, porque ando mal del estómago’, repetía. Recién a los trece años, tremendo grandote boludo, me enteré de que nunca le había dolido nada; que decía que tenía dolor de estómago para que nosotros pudiéramos comer”.

CLAUDIA.“Tuvimos que comprometernos allá lejos, en Campo de Mayo, porque mi vieja estaba celosa de Claudia. Nos fuimos los dos solos y llevamos una botella de sidra y unas alianzas de plata. Yo quería comprometerme delante de nuestros padres, con fiesta, y estaba esperando que Claudia dijera algo de mamá, aunque se quejara. Pero ella me dijo: ‘Es el día más lindo de mi vida; no me quiero ir más de acá’. Y la vieja, celosa, era brava. No sé cómo hubiera terminado ese compromiso si lo hacíamos en casa...”.

SU AMOR INCONDICIONAL. “El día que cumplí 46 años miré a mamá y le dije: ‘Sos la primera mujer de mi vida, mi novia eterna. Te debo todo, Tota, y te voy a amar siempre más y más’. Sin ella, sin su apoyo, como el de mi viejo, yo nunca hubiera llegado a nada”.

EL PRIMER SUELDO. “Mi primer trabajo fue a los 13 años, en una empresa de desinfección, en el puente San Martín. Iba a las siete de la mañana por Libertador, en colectivo, y paraba en los edificios para hacer la desinfección. Empezaba en los sótanos y después subía. Me daban unos sobres con el veneno y lo ponía en las rejillas y los rincones. Con el primer sueldo que cobré, llevé a mi vieja a cenar al restaurante La Rumba, porque siempre que pasaba con el bondi sentía un olor riquísimo. Era una pizzería en avenida Sáenz, frente a la Iglesia de Pompeya. El sueño de mi vida era llevar a la Tota a cenar, los dos solos, como novios. ¡Esa noche nos gastamos todo!”.

LA INTERNACION. “Mi familia me internó en el psiquiátrico –en el oeste del Gran Buenos Aires– con todo el amor, y yo los entiendo. Durante esos terribles días me preguntaba dónde había quedado el valor humano, porque habían fusilado toda la gloria que me dio el fútbol la tarde en que mi mamá, llorando, le dijo al director de una clínica: ‘Por favor, acepte a mi hijo, que se muere’. Y el tipo le dijo a mi viejita: ‘No nos gusta el tema de la prensa’. Ese día a nadie le importó nada: me dejaban morir, y mi vieja estaba desesperada”.

LOS TROFEOS. “En mi casa de Habana y Segurola, Devoto, tengo todos los trofeos que gané, menos los tres Olimpia de Plata y los dos Balones de Oro. Los tiene la Tota. Se los pedí una vez, pero me dijo: ‘Si me los sacás, me estás sacando parte de mi vida’. Es obvio que se los dejé”.

LOS FRACASOS. “El último partido que jugué en Boca (1996) lo perdimos contra Estudiantes 2 a 1. Era mi despedida, y lloré mucho. Fui al balcón de mi casa y lloré como un chico. Vino mi vieja, me abrazó, y se largó a llorar conmigo”.

LA ARGENTINA. “A la tumba me voy a llevar el fútbol, mi país, el cariño de la gente y el amor de mi familia. Somos el mejor país del mundo. Por eso cuando me fui de acá siempre me fui llorando, y por un contrato. Y por eso nunca dejé que mi vieja me fuera a despedir a Ezeiza. No quería que me viera yéndome. La Tota sabía que mi corazón se quedaba en la Argentina”.

REGRESO AL HOGAR. “Cuando me separé de Claudia (2006), fui a vivir con mis padres. ¿Dónde podía estar mejor? Ocupé el dormitorio que había sido mío en la adolescencia, y que después usó mi hermana Caly. Acá mi vieja me cuida todo el tiempo. Me trae el desayuno a la cama todas las mañanas: café con leche, tostadas y jugo. Vigila mi dieta, me mima, y eso me encanta. Antes no me daba cuenta de que me perdía todo esto, pero ahora hace dos años que no tomo droga y puedo disfrutar de mi familia. Recuperé mi vida. Mamá cuida de que la milanesita sea chica, que haya comida buena para el colesterol. Me cuida como si fuera un bebé. Ella y mis hermanas. Sin dudas, tengo la mejor familia del mundo”.

La dolorosa ceremonia ha terminado. Dalma Salvadora Franco de Maradona, como reza la antigua fórmula, descansa en paz. Diego volverá a Dubai. Atravesará medio mundo para seguir su único y privilegiado destino: el fútbol, pero desde un trono que, Rey Absoluto, todavía ocupa, aunque ya no asombre con sus gambetas y sus goles sobrehumanos. Nunca, nunca, nunca más será el mismo, porque tiene abierta la más sangrante de las heridas: la pérdida de su madre, de su novia, de su protectora, del más real de sus afectos, del gran amor de su vida.

Por Gabriela Cociffi y Sergio Oviedo. Fotos: Alejandro Carra, Fabián Uset, Javier Moreno, Enrique García Medina, Walter Papasodaro, Fabián Mattiazzi y Francisco Trombetta.
 
   
Comentario
De: vanesa niz
Publicación: 09/05/12
a la redaccion
Hoy quise leer alguna nota de mi pais,algo que me interese pero que no llegara a ser amarillista...me encontre con este titular dentro de GENTE On-line, lo lei sin muchas espectativas de que fuera una gran nota...al llegar al final de la nota debo confesar que tuve que buscar pañuelos descartables, mi cara estaba llena de lagrimas por la forma en que relataron los hechos tan tristes, el respeto con el que trataron el tema, magnifico... Les mando saludos y respetos desde la Republica de Haiti (donde me encuentro cumpliendo mision de paz).
Chapita
 Chapita
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