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NESTOR & CRISTINA

Treinta y cinco años de amor

Se conocieron en septiembre de 1974, mientras militaban en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata. Se casaron menos de seis meses después. Desde Santa Cruz construyeron sus carreras políticas y allí nacieron sus dos hijos, Máximo y Florencia. La Presidenta estuvo al lado de su marido hasta el último segundo y lloró desconsolada su muerte. Es que Néstor fue el hombre de su vida.
El hospital de El Calafate enmudecía ante lo irremediable. Despojada de toda investidura, una mujer se aferraba desesperada al cuerpo de su compañero, que esta vez no había podido soportar los embates del corazón. Lloraba la Presidenta, rogaba y pedía a gritos, desconsolada, desprotegida ante la pérdida. Cristina Fernández, la mujer fuerte, la del tono vehemente, la de los adversarios duros y los discursos pasionales, estaba desolada. “¡No te vayas, por favor, no me dejes!”, suplicaba, débil por la pena. Néstor Kirchner, el hombre de su vida, el padre de sus hijos, su socio en la política, su marido desde hace 35 años, el flaco del que se enamoró a los 19 años en los agitados 70’ de La Plata, finalmente la dejaba.

UN AMOR SETENTISTA. La vida se jugaba en las aulas, los pasillos y las asambleas de la Universidad platense a comienzos de los años setenta. Néstor Kirchner vivía en una pensión de la calle 1 y 60, cuando empezó a militar en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN). Se dejó crecer el pelo y se embarcó en los sueños de los jóvenes de su generación, asombrado por el accionar de Montoneros, repitiendo a viva voz el pensamiento de Perón. Tenía 24 años la primera vez que se cruzó, casi por casualidad, con Cristina Fernández, quien había dejado sus estudios de Psicología para pasarse a Derecho. Ella tenía 19 y empezaba a disfrutar de las acaloradas discusiones políticas. En los debates eternos de las aulas, que se trasladaban a las pensiones estudiantiles, las casas y los bares, se mezclaban las vidas de Cristina y Néstor Kichner.

Los encuentros casuales en la facultad se hicieron más frecuentes cuando él empezó a compartir departamento con el novio de Ofelia Pipa Cédola, amiga de Cristina y actual funcionaria. Hacía cinco años que la Presidenta estaba de novia con Raúl Caferatta, un rugbier platense al que dejó para irse detrás de aquel joven alto, flaco, desgarbado y de lentes gruesos con el que discutía apasionadamente de política.

La joven y bonita, coqueta e inteligente que se “pintaba como una puerta”, como suele definirse ella misma, había quedado deslumbrada por la inteligencia de Lupín (como le decían los amigos a Kirchner, por su parecido con el personaje de historieta creado por Guillermo Guerrero en la revista Rico Tipo). Cristina había encontrado en Néstor a su “compañero”.

AMOR DE PRIMAVERA. El 21 de septiembre de 1974, según relata el libro Setentistas, de Amato y Boyanovsky Bazán, Néstor fastidiaba a Cristina mientras ella intentaba concentrarse en el estudio. “Mañana tengo examen; deberías repasar un poco vos también”“Cristina no sólo no pudo convencerlo, sino que tampoco le fue posible seguir estudiando. Néstor siguió con su acto y ella fue modificando su cara de odio por una sonrisa (...) Entre bromas, le robó un beso, dicen los autores. Los compañeros intentaban explicar aquel amor, incrédulos. “Uno nunca entendió cómo una chica tan bonita le dio bolilla a semejante pelandrún”, bromeaba un ex dirigente de la FURN. “Ahí viene Lupín con esa mina... ¿Cómo hizo?”, decían en los pasillos de la facultad.

Digno de aquellos años furiosos, el amor creció con vértigo y así, sin más, con sólo seis meses de noviazgo, Cristina y Néstor llegaban al Registro Civil de La Plata en colectivo, en la mañana tormentosa del 9 de mayo de 1975. Sin ceremonia religiosa, la celebración tendría lugar un par de horas después en casa de los padres de la novia. Allí los acompañaron unos pocos amigos, que entonaron la infaltable marcha peronista, la otra pasión que los unía. Un mal trago para el padre de la novia, Eduardo Fernández, radical de toda la vida, y una satisfacción para mamá, Ofelia Wilhelm, militante peronista de pura cepa (además de hincha incondicional de Gimnasia y Esgrima).

De Río Gallegos habían llegado los padres de Lupín, Néstor Kirchner y María Juana Ostoic, y un amigo de la infancia del novio. La pareja pasó sus primeros meses de casados en una pensión, hasta que el padre de Cristina les prestó una casita en City Bell. Por entonces, Néstor trabajaba en el Ministerio de Economía, en un empleo que le había conseguido su suegra. Su flamante esposa, en tanto, estudiaba para rendir las materias que le quedaban y se ocupaba de las tareas de la casa.

Allí estuvieron hasta que las aguas políticas se agitaron, la violencia se apoderó de las calles y la dictadura barrió con el sueño peronista. En diciembre del ’75 viajaron a Santa Cruz para pasar las Fiestas y terminaron pasando 28 días en la seccional policial. El clima se había complicado. “Nos van a destrozar a todos, no va a quedar nada”, repetía Cristina cuando volvieron a su ciudad. En julio de 1976, después de vivir un tiempo en la quinta que les consiguió un amigo, en Gonnet, abandonaron definitivamente la convulsionada La Plata y se mudaron al frío de Río Gallegos, la ciudad natal de Kirchner.

VIENTOS DEL SUR. En Santa Cruz, el matrimonio se dedicó a ejercer la abogacía. En 1977 tuvieron a su primer hijo, Máximo. Florencia, su hija menor, llegaría trece años después.

Los años 80’ trajeron el retorno de la democracia. Con ella renacieron los sueños políticos. Kirchner retomó su pasión de la época universitaria y apostó a su carrera: ganó por primera vez la intendencia de la capital santacruceña en 1987 y fue dos veces gobernador de la provincia. La trayectoria política de Cristina comenzó acompañando a su marido, pero dos años después tomó vuelo propio: fue electa diputada provincial por Santa Cruz, y desde entonces no paró. Envueltas en los vientos patagónicos volvían las discusiones de antaño... Así llegó Kirchner a la presidencia, con Cristina siguiendo de cerca su paso. Como su compañera, su referente de consulta, su sostén emocional y su esposa.

“Cristina es mi compañera de toda la vida. Es una militante de la política. Es una mujer muy inteligente, me aporta mucho. Ella tiene pensamientos propios y a veces no coinciden con los míos. Y es bueno eso. Ella es como un cable a tierra”, definía él. (así llamaba cariñosamente a su marido, por el apellido) tiene carácter, porque las cosas no le son indiferentes, igual que a mí” De las discusiones en Olivos y la Rosada durante el mandato de Néstor y la sucesión de Cristina se llenaron miles de páginas. Que la mayor crisis estalló durante el conflicto con el campo, que se gritaron por la relación con la Iglesia, que ella le reprochó haberle elegido a Julio Cobos como su compañero de fórmula... Pero a la intimidad del matrimonio, esa sociedad política y conyugal sólida como una roca, no hubo rumor capaz de destruirla. Y si alguna vez aquellos quiebres existieron, Kirchner los habrá llevado consigo. Cristina en los brazos de Néstor. Kirchner con la mano sobre su espalda. Ella tomándolo de la mano. Ella emocionada mientras él asumía la presidencia, retándolo por su desaliño y su falta de apego al protocolo. Cristina dedicándole sus primeras palabras como presidenta, evocando aquellos años de militancia. El haciéndola destinataria de sus discursos, acompañándola en su paso por el mundo. Los dos fundidos en un abrazo, los dos en la tormenta, los dos frente a las multitudes, los dos en el balcón histórico. Las cámaras registraron cientos de miles de veces la mirada cómplice de esos dos que se conocen de memoria, porque compartieron sueños, trabajo, militancia y vida.

Al lado de Kirchner, como desde hace 35 años, estaba Cristina la mañana del 27 de octubre, cuando el ex presidente comenzó a dejarla definitivamente en su casa de El Calafate. Lloraba desesperada por la pérdida irremediable. En el adiós definitivo a su compañero de siempre, se quedó estoica al lado del ataúd, quizá pensando cómo seguirían la vida y la militancia de ahora en más. Por primera vez, sin Kirchner para contenerla en un abrazo.

Por Gabriela Pepe. Fotos: Archivo Atlántida.

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