Fin de fiesta

 
Una imagen inédita. Agotado, después de un show cargado de emociones y una ducha bien caliente, Fito confiesa: “Estoy temblando todavía... Fue genial..”. Para seguir en ritmo, próxima estación: Rosario.
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Camino al Luna

 
Con un mini equipo de audio y cds de Schumann y Bach para escuchar en el camarín, sale a la calle.
 

Dos días en la vida

 
El Luna vibró con dos shows súper eléctricos y a todo volumen. Hubo invitados de lujo: Juanse tocó Ciudad de pobres corazones y su hit, Girando. Baglietto cantó por Sabina. Fabi Cantilo, recuperada, puso su voz en A rodar mi vida.
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Chapita
 
Fito Páez

“Los conciertos te cachetean, son como inyecciones de vida”

Recién llegado de un tour por media España y Londres –casi inédito para un rocker argentino–, acompañamos a Fito en sus shows a Luna Park lleno. De su casa al estadio, toda la intimidad de su camarín y una charla sobre sus hijos, los romances que le atribuyen, su supuesto pico de estrés y cómo es andar de gira a los 46 años. “Pensar que a los veinte salía todas las noches de juerga...”, confiesa el rosarino.
 
Yo ya estoy listo, eh. Está la ropa, los discos, todo, bah... ¿Viste que justo el que buscás nunca está? Bueno, no importa… Son las cinco ya. ¿Vamos?”. De saco de paño mostaza chillón, remera bordó, jeans y unas zapatillas blanquísimas, el pelo siempre alborotado, los anteojos inconfundibles e infaltables, un mini equipo de música en mano, el protagonista de la noche camina, ansioso y sonriente, por el living de su piso de Recoleta. En el fondo de su bolso van cayendo algunos genios, los clásicos Schumann, Bach, Haydn –“buena música para escuchar tranquilo antes de tocar”–, la ilustración jazzera de Duke Ellington, el rock elegante de Steely Dan.

La combi espera en la puerta. Fito Páez (46) apura su recorrida final antes de salir. Pasa entre pianos, teclados y guitarras, que comparten el protagonismo de la casa con los cuadros pintados por su (ya muy talentoso) hijo Martín (9), fotos y rastros de la inquieta Margarita (4). “¡Mucha suerte! Con fuerza. Voy a estar ahí gritando por vos”, desea (otra) Margarita, la fiel empleada de su casa. “Te espero. Portate bien, eh”, agradece con un beso y una broma Páez, que sale disparado hacia el ascensor. “¡Vamos, Fito! ¡Buen show! Hoy va mi hijo a verte”, lo alienta el encargado de seguridad de su edificio. “¡Ojalá lo disfrute tanto como yo!”, replica enérgico el vecino más famoso del consorcio.

El tránsito del jueves 28 entorpece el camino hacia el estadio. Las noticias del diario del día irrumpen en la conversación. “¿Viste lo de Chávez con Vargas Llosa? Qué bárbaro, che…”, dice el rosarino. Después de una gira europea tan intensa como extensa, el mítico templo de los deportes lo espera para renovar el romance porteño en dos noches repletas, con seis mil entradas vendidas por concierto. “Es alucinante el Luna. Cada vez se fue afilando más. Aparte, la historia que tiene el lugar es inmensa: los shows de Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll, el gran adiós de Sui Generis… Quieras o no, los fantasmas deben andar por ahí”, se entusiasma.

El camarín está listo. Camisas, sacos, zapatillas, jeans y decenas de remeras prolijamente acomodadas esperan la elección. En las paredes resplandece el toque que lo hace sentirse como en casa: más cuadros y dibujos de Martín y Margarita. Los Killer Burritos, la banda de rosarinos liderada por Coki Debernardi que lo acompaña en los shows desde hace tiempo, lo espera para la prueba de sonido. Fito toca, afila el oído, da indicaciones, y enseguida se baja del escenario para no dejar detalles librados al azar: luces, fondo, volumen, tiempos. Los técnicos responden rápido a sus requerimientos.

–Parece que es cierto que sos muy obsesivo...
–En un grupo de música los detalles hay que cuidarlos como porcelana. Todo es ensayo, pasada, estar atento...

–¿Después de tantos años las cosas no salen de memoria?
–Puede haber alguna pasada mecánica, pero siempre vas atrás del detalle. Para cada grupo de música es diferente. Como director, tenés que estar atento a resaltar las virtudes del grupo e impulsarlas.

UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA. No sé si es Baires o Madrid es el álbum que llevó a Fito a ocho ciudades españolas (Molina de Segura, Bilbao, Barcelona, Salamanca, Valladolid, Tenerife, Lanzarote y Madrid) y lo hizo desembarcar, por primera vez en su carrera, en territorio inglés. Londres lo recibió, curiosamente, en The Union Chapel, una iglesia en la que alguna vez tocó U2.

–¿Cómo fue esa presentación?
–La ciudad tiene una riqueza musical muy grande, se siente. ¡Han salido tantas buenas ideas de allí! Te mete un poco de presión.

–¡¿Te pusiste nervioso?!
–Sí, hacía mucho tiempo que no me pasaba. Fue un delirio, como tocar en Rosario o en la Bombonera.

–Con el tiempo se pierde eso de los nervios, ¿no?
–No creas que tanto. Siempre te agarra una cosita... A veces, cuando tocás en salas de gran tradición musical, mucha historia, te pasa algo. Es como entrar a un barrio que está abriendo la puerta. Hay que andar con cuidado, no hacerse mucho el listo.

–¿Es cierto que tuviste un pico de estrés?
–¡No, nada de eso! Lo que pasó fue que querían que tocara en Bolivia y yo estaba por Europa. Los productores se fueron de boca, pero nunca se firmó nada. Mis empresarios aquí nunca arreglaron nada con los bolivianos. Y lo primero que hacen es enfermarte, decir que tenés sida, cáncer, que estás deprimido porque te dejó una novia, cualquier cosa...

–¿Cómo vivís las giras?
–Los conciertos te cachetean, son una inyección de vida, de endorfinas, de vitalidad. Te exigen lo mejor de vos, incluso cuando transmitís las ideas más violentas o delirantes. Estás concentrado en mandar una idea directa, correcta, estás en tu plenitud. Muchas veces quedás agotado, otras cargado con mucha energía. Depende de qué haya pasado con cada uno de nosotros. Te diría que es algo brujeril... Por supuesto, también está el entramado empresarial, de entretenimiento. Está todo ahí mezclado, de una manera un poco obscena. Pero hay que entender que lo que sucede es un rito, una ceremonia.

–¿Con el paso del tiempo van cambiando los planes de las giras?
–Se vive diferente... ¡Tengo 46! A los 20 me iba de juerga todas las noches, ahora ya no. Lo que sabés a los 46 no lo sabés a los 20, obviamente. Estás como más relajado, tenés menos miedos.

–¿Llevás a tus hijos con vos?
–¡Siií, les encanta, la pasan bárbaro! Cuando están en la escuela, lógicamente no, porque no pueden perder días de clase. Pero ahora, por ejemplo, que voy a Rosario, vienen conmigo. Cuando me toca quedarme con ellos vienen a todos lados.

–Este año ya te adjudicaron como cinco o seis romances… Que volviste con tu ex Cecilia Roth (mamá de Martín) o con Romina Ricci (mamá de Margarita), que con Celeste Cid, que ahora salís con Emme...
–Puff... ¡Mirá qué preocupado estoy! Ni bola. Aparte, no hay nada de cierto. ¿Y con Emme? Si es la hija de un amigo (Lito Vitale) y la conozco desde que era así de chiquita…

CRONICA DE UN REGRESO ELECTRICO. Cómo sale un concierto tan rockero después de escuchar a Bach y Schumann será algo que tal vez sólo pueda explicarse Páez en su cabeza. Lo cierto es que el aire de Rosario, con Fito y la potencia de los Killer Burritos, inundó el Luna a un volumen altísimo. Los inoxidables 11 y 6, El amor después del amor, Tercer Mundo, Dale alegría a mi corazón y A rodar mi vida hicieron cantar al estadio. “Maravillosa, Buenos Aires”, celebró Páez. La energía todavía se siente en el camarín, mientras Fito se acomoda para saludar a sus invitados. “Estoy temblando todavía... Fue genial”, sonríe. Y quedan más inyecciones de endorfinas. En una semana, lo espera con los brazos abiertos Rosario. Su casa.

Por Gabriela Pepe. Fotos: Maximiliano Vernazza.
 
   
Comentario
De: Mora
Publicación: 14/06/09
Fito
Un grande de todos los tiempos!
Chapita
 Chapita
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Chapita