La sonrisa de un hombre honesto

 
Alfonsín, en su casa, con su enorme biblioteca detrás. “Por suerte, ahora está ordenada –nos decía–. Porque llegó un momento en que no encontraba nada…”.
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Sólo ochenta

 
El ex presidente sopla las velitas en la fiesta por su cumpleaños. Fue en el Círculo Italiano, en una fiesta que organizó su amigo y correligionario Luis Brandoni.
 

En su búnker

 
Ese día se lo veía realmente feliz.
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Chapita
 
Palabra de Alfonsin

“Llegué a mis ochenta años con lo más importante: sin odios y sin rencores”

El 12 de marzo de 1927, en Chascomús, provincia de Buenos Aires, hijo de Ana María Foulkes y Serafin Raúl Alfonsín Ochoa, llegó al mundo Raúl Ricardo, quien a los 56 años sería ungido trigésimo tercer presidente constitucional de la Argentina. El día que cumplió sus ochenta años recibió en su casa a GENTE, para recordar tanto sus días más felices como sus episodios más dramáticos. Habló del país y del mundo, demostrando que aún en el 2007 seguía viviendo y respirando política.
 
Lunes 12 de marzo, cuatro de la tarde. Avanza por el pasillo y entra en el luminoso living de ese quinto piso, letra A, de Santa Fe al 1600, donde vivió, como en Olivos y en la Casa Rosada entre el 10 de diciembre de 1983 y el 8 de julio de 1989, las pugnas, las batallas, los peligros, las alegrías, los tragos amargos y el eclipse de su presidencia.

–Perdonen… perdonen… Me quedé dormido…

–Nada que perdonar, doctor. Y feliz cumpleaños…
–Gracias, gracias. Es que ha sido un día muy agitado, ¿sabe? El teléfono no para de sonar… Pregunte, nomás...

–Muchos argentinos reconocen que le deben mucho. ¿Siente que le pagaron, o la deuda sigue abierta?
–No creo que me deban, no… Tampoco sé si todos me quieren, desde luego. Pero noto, eso sí, respeto. En los lugares públicos recibo saludos casi afectuosos, o por lo menos, respetuosos. Lo importante es haber llegado a los ochenta sin odios, sin rencores, con balances que siempre parecen deficitarios porque nunca se lograron los objetivos, pero llenos de episodios alegres, aunque también de tristezas, de logros… ¡y de fracasos!

–¿Cuál es el cielo (o el infierno) de esos balances?
–Que la gente piense la verdad. Una sencilla verdad…

–Confiésela. Tal vez estoy frente a una primicia…
–Que soy una buena persona que hizo lo posible.

–Con un atenuante: le tocó bailar con la más fea.
–Muchos presidentes dicen lo mismo, pero en mi caso es terriblemente cierto. Llegué al gobierno con default. Tuve que luchar contra el Fondo Monetario, que nos tenía muy apretados, pero yo me negaba a aceptar su receta, que era absolutamente recesiva. Los precios internacionales de nuestras materias primas estaban por el suelo. Si hubieran sido los precios de hoy…

–¿Otro gallo cantaría?
–¡Todavía habría un radical en la Casa de Gobierno!

–Lo llevo al pasado. A los 18 años, en Chascomús, subió por primera vez a una tribuna política. ¿Qué recuerda?
–Que… ¡me temblaban las piernas! Hablaba Ricardo Balbín, nada menos. Yo sabía mi discurso más o menos de memoria, y salió bastante bien. Pero mire qué curioso: desde ese día nunca leí un discurso. No los escribo: los pienso, anoto algunas ideas, agrego bastante en el momento, y más o menos, después de tantos años de oficio, me manejo…

–¿Cuándo supo que lo esperaba un gran destino?
–Mientras fui diputado provincial, y sin ser más inteligente que otros políticos, me destacaba por mi capacidad de estudio, que se prolongaba incluso a los sábados y domingos. Sentía que algún destino importante me esperaba, sí. Pero la seguridad de que sería Presidente de la Nación la tuve en un acto en Oberá, Misiones. Para entonces llevaba dos años trabajando, y había recorrido dos veces el país, de punta a punta… Aquel acto, lo mismo que otro en Santiago del Estero, fueron enormes, impresionantes. Y, por supuesto, lo confirmé con ese millón de personas en el Obelisco, cuando el cierre de campaña. Mi mujer todavía tiene guardada la revista GENTE dedicada a mi asunción…

–Récord absoluto de venta en la historia de la revista.
–Caramba, no lo sabía… Bueno, en todo caso, fue un homenaje a la democracia, que fue –y es, porque no estoy retirado– el sentido de mi vida.

–Le cuento una historia poco conocida. En Madrid, una vez Perón les preguntó a sus amigos cómo andaba la oposición, y les dijo que tuvieran cuidado con un muchacho de Chascomús… usted, claro. Alguien le dijo que los radicales no eran de temer, que eran todos guitarreros. ¿Sabe qué contestó Perón? “Sí… Pero ese de Chascomús… ¡toca la guitarra eléctrica!”
–(Risa a todo vapor) ¡Muy de Perón!

–Sigamos con el balance: ¿de qué está orgulloso?
–En el campo social, y ante el grave problema de los precios, acertamos con el PAN, el Plan Alimentario Nacional, que le dio comida complementaria a más de cinco millones de personas. También acertamos con el Plan de Alfabetización (usted no se imagina la cantidad de analfabetos funcionales que hay en el país…), premiado por las Naciones Unidas. También fuimos el gobierno que más profesores designó, y la Universidad volvió a los días de la Reforma. Pero…

–…a la hora de los aplazos…
–Fracasamos en la puesta en marcha del Seguro de Salud, por la oposición de la CGT. Otra en contra fue la Ley Mucci: perdimos ¡por un voto! Era la representación de las minorías en los sindicatos, que permitía separar los fondos de las obras sociales de los fondos sindicales específicos. Algo que hubiera sido muy importante. Otro fue el proyecto de traslado de la Capital a Viedma… Nunca supuse que el peronismo, que había votado esa ley, la derogaría. De haberlo sabido, ¡me hubiera ido al Sur aunque fuera en carpa!

–De golpe, en vez de hablar de sentimientos y de sus ochenta años, estamos hablando de política pura…
–¿Qué otra cosa podía esperar de mí? Sigo… En materia de precios internacionales, no pude manejar los intereses espantosos que nos cobraban. Hoy, la tasa Libor está en el cinco y medio por ciento, pero yo la tenía al doce, al trece, y los fondos que necesitaba tomar el país, ¡al veinte por ciento! Todo cambió de modo abismal…

–Pero aun si todo fuera olvidado, la Historia no olvidará el juicio a las Juntas militares.
–En eso no me equivoqué. Nadie –pero nadie, nadie– suponía que yo tenía la fuerza para procesar a esos jefes militares y a otros dos mil uniformados. Pero ya ve…

–Enfrentó a enemigos poderosos: los militares, el PJ, el sindicalismo… ¿Tuvo miedo de que lo mataran?
–Miedo de morir, no. Pero la posibilidad de un golpe militar estaba latente, y yo sólo tenía a mi lado la fuerza del pueblo. Sin embargo, hubo planes para matarme, y aunque no lo crea, no vinieron del peronismo ni de los militares. Le reservo la respuesta a la Historia.

–¿La Ley de la Patria Potestad y la Ley de Divorcio le crearon problemas con la Iglesia?
–Sin duda. Pero no hice otra cosa que modernizar la sociedad y atender un problema evidente. Y no hubo tal explosión, como se vaticinaba. No pasó nada….

–¿Por qué se niega a escribir sus memorias?
–¡Porque todavía tengo ganas de seguir adelante! Vea: el miércoles que viene presento otro libro: Fundamentos de la república democrática, basado sobre treinta clases que di en la Facultad de Derecho de la UBA. Ya me imagino los comentarios de los académicos: “¿Qué hace este político metido a profesor?”. Pero bueno…

–Usted hizo el secundario en el Liceo Militar. ¿Cómo eludió el sesgo autoritario de ese tipo de enseñanza?
–Porque tuve profesores como José Luis Romero, muchos del Colegio Nacional de Buenos Aires, y hasta el director de entonces, el coronel Florit, que de ninguna manera impartían un mensaje antidemocrático, a pesar de que eran los días de la Segunda Guerra Mundial, que marcó a todos los de mi generación: los nacionalistas eran germanófilos, y los democráticos, aliadófilos. Tanto, que vi a Perón como un hombre del fascismo, olvidando que hizo una tarea social importante, sobre todo después de diez años de fraude conservador. Quizá por eso permanece en el pensamiento de la gente, y el peronismo tiene un voto cautivo muy importante.

–¿Qué pasó con el partido radical? Ciento quince años de historia, y este triste presente…
–Fue un conjunto de problemas. Sobre todo, las enormes diferencias entre los componentes del gobierno de la Alianza. Además, los mercados no hubieran tolerado algunas medidas que se proyectaban. Por ejemplo, salir de la convertibilidad: ese uno a uno que ahogaba la economía del país. Como le digo, algunas medidas lesionaron la credibilidad del radicalismo, y hoy estamos sufriendo las consecuencias. No hay en el partido grandes referentes, y por segunda vez sufrimos una crisis. La primera fue en la revolución del 43: la mayoría del Senado estaba formada por radicales que se fueron al peronismo…

–La historia se repite…
–Pero sufrimos menos que hoy, porque ahora no tenemos las figuras de entonces: Balbín, Frondizi, Illia, Larralde… Podría nombrarle decenas. Nos va a costar tiempo salir de esta crisis y volver a aquellos días.

–¿Insistirán en una alianza?
–Hoy, el centroizquierda necesita alianzas para superar a la derecha. Pero alianzas sobre bases doctrinarias fundamentales. No tiene sentido decir “Todos tenemos que aliarnos contra Kirchner”, porque Kirchner tiene cosas muy malas, pero también cosas buenas. Malas, los decretos de Necesidad y Urgencia, que lesionan al Congreso y a la República, y la nueva formación del Consejo de la Magistratura, que permite bloquear cualquier jury de enjuiciamiento y digitar la designación de jueces. Pero insisto: no es cuestión de juntarse contra, y porque sí. Tiene que haber cierta homogeneidad… Sería bueno que los socialistas se unieran a nosotros, pero… Algunos se han ido con el Gobierno....

–¿Está totalmente retirado de la política, doctor?
–No. Me consultan amigos, y sobre todo la juventud. Pero no quiero aparecer como un factor determinante.

–¿Qué mundo aparece ante sus ojos?
–Uno tremendamente peligroso: guerras, terrorismo… Pero no la que viví de joven. Esta es una guerra sin territorio, sin tiempo, sin códigos humanitarios. El ataque de los Estados Unidos a Irak con argumentos –hoy lo sabemos– falsos. Proliferación de la bomba atómica. Un mundo muy negativo… Pero muy positivo para la Argentina, gracias a la fuerte presencia de China e India en el mercado, que hizo subir muchísimo los precios de nuestras materias primas. En mi tiempo, esos países no pesaban en la economía mundial. Dependíamos de las compras de Europa y de los Estados Unidos, este último con una política de subsidios que tiraba abajo nuestros precios, y tasas de interés altísimas. Sin contar todo lo que, desgraciadamente, empezó con Martínez de Hoz…

–¿Le preocupa Hugo Chávez?
–El país puede estarle agradecido. Salvó a Sancor, compra maquinaria agropecuaria, compra bonos (aunque al 9 por ciento: no es un regalo…). Pero son inaceptables sus superpoderes, su voluntad de reelección indefinida, su sesgo monárquico.

De pronto, hacia las seis de la tarde, descubro algo. Que Raúl Ricardo Alfonsín ni siquiera en el día de su 80º aniversario –un día en que cualquier hombre puede retroceder hasta su infancia, sus afectos, sus recuerdos de pueblo, patio y parra–, abandonó su casi salvaje vocación política. Apenas se permitió un agradecido recuerdo para sus padres, una referencia al asma que lo ató a la cama y a la lectura, a su primera escuela, a su habilidad ante el frontón, paleta en mano, y a sus remotos días de pupilo en el Liceo Militar: “Salía los sábados al mediodía y tenía que volver los domingos a la noche, todo en el ómnibus 66, que hacía Constitución-San Martín”. En cuanto a la pregunta de rigor (“¿El día más feliz de su vida?”), dijo:

–No fue el día de mi asunción como presidente. Fueron horas de mucha responsabilidad, mucho nervio, mucha gente y poca reflexión.

–¿Y el más triste?
–Cuando decidí irme del Gobierno. Pude evitarlo, sí. Pero hubiera puesto en riesgo a la democracia. Había carapintadas en las unidades básicas, operaba el nacionalismo más rancio del país, los Estados Unidos subieron la tasa de interés (nos costó cientos de millones de dólares), y habíamos soportado trece paros generales. Saúl Ubaldini, pobre… Al final fuimos amigos. Lo llamé, ya casi en su agonía, y me dijo que estaba arrepentido.

Por Alfredo Serra. Fotos: Alejandro Carra y Archivo Atlántida
 
   
Comentario
De: marinella
Publicación: 29/01/14
un saludo
Un SEÑOR con mayúsculas. La historia lo reivindica como el gran demócrata argentino. Y día a día, cuando se comience a dejar de lado la ignorancia , su figura se hará más grande y será un digno ejemplo a seguir.
Chapita
 Chapita
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