Casapueblo argentina

 
En la calle Estrada, en Tigre, construyó una réplica de su célebre casa-taller de Punta Ballena, Punta del Este. “Es que soy de las dos orillas, un hombre en el medio de río”, define.
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Su Casapueblo fue visitada y admirada por decenas de grandes personajes. Aquí, Páez Vilaró con el Che Guevara.
 

Arte in progress

 
Seis muestras de distintas épocas que señalan sus obsesiones y al mismo tiempo la evolución de su arte. Los negros del candombe uruguayo (fuerte influencia de su gran compatriota Pedro Figari), las máscaras y los rituales africanos, el surrealismo, una cuchara de albañil que alude a la primera herramienta que usó para hacer Casapueblo, una alegoría del tiempo, y un homenaje a Carlos Gardel.
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Chapita
 
Carlos Páez Vilaró

“Dibujar y pintar es mucho más que mi pasión: es mi locura”

Hace apenas unos días cumplió sus primeros sesenta años con el arte. Por eso, y por primera vez, aceptó mostrar -en el Museo de Arte del Tigre- ciento catorce obras de todos los géneros y estilos que abordó. Falta su primer cuadro: “Lo cambié por una pelota de fútbol para un club de negros uruguayos”, recuerda. Sin estudiar ninguna disciplina, fue y es pintor, escultor, arquitecto, escritor y hasta compositor de candombes. Uruguayo-argentino y argentino-uruguayo, aquí está: único e irrepetible.
 

En el Tigre, no lejos de donde rumorea el río, dejando atrás un portón rústico y un casi bosque, espera el hombre Carlos Páez Vilaró (84), hombre de dos países, Uruguay y la Argentina, “hombre del medio del río”, como le gusta definirse acerca del desaforado Plata, el Mar Dulce que confundió a Solís antes de que se lo comieran los indios. Razón puntual de mi visita: el hombre cumple sesenta años con el arte, y por vez primera en su lunga vida aceptó develar una retrospectiva: ciento catorce cuadros. Desde los primeros, pintados en un viejo molino y en un conventillo, hasta los últimos, la serie de Los Puertos, de colores restallantes. Pero dudo, porque con él nunca hay último: no estará mi auto en marcha, y ya habrá urdido un último más allá del último, “porque dibujar y pintar es mi locura; veo un almohadón blanco y ya quiero pintarlo”.

ANTICURRICULUM. Pintor que no estudió pintura. Escultor que no tomó lecciones de martillo ni cincel. Arquitecto sin universidad que construyó Casapueblo, esa alucinante ballena sobre Punta Ballena, esa “escultura para vivir” que C. P. V. urdió con reminiscencias (no copias, eso jamás) de La Pedrera de Gaudí, y del Neruda de Isla Negra en el Aleph borgiano, de objetos asombrosos traídos desde lo más remoto del globo terráqueo. Además, carpintero y albañil si cuadra, burlándose de la línea recta. Poeta y músico sin lecciones de métrica ni de piano, teoría y solfeo, que compuso decenas de candombes. El blanco que más sabe de los negros. Chatarrero de hierros, vidrios y maderas que otros dieron por muertos y él devolvió a la vida. Todo eso es, más padre de seis hijos y marido de tres mujeres (una por una, eso sí).

BLUES DEL ANCHO RIO.Nací en Montevideo, en una casa con balcones apoyados sobre el mar de los Pocitos, cuando las radios eran a galena y mi madre, Rosa Vilaró, oía música con rollos que giraban en una pianola. Mi padre, Miguel Páez Formoso, profesor de Filosofía y Economía Política, intentó ganarles a los partidos Colorado y Blanco fundando el partido Verde, el del campo. Pero enfermó, murió joven en Venezuela, apenas pasados los cincuenta años. Fue un gran bolivariano, y la bandera de ese país cubrió su cuerpo. El ganaba poco, y sus hijos, tres hermanos, ayudamos a mi madre para que la casa no se viniera abajo. Pero apenas me puse los pantalones largos cumplí el sueño de todo muchacho uruguayo: ¡llegar a Buenos Aires! Crucé el río en un barco de la empresa Mihanovich, que después fue de los Dodero, en tercera clase y durmiendo en un colchón comunitario con otros doscientos orientales que buscaban su destino, mientras recordaba las lágrimas de mi madre, y su trilogía: ‘Cuidado al cruzar la calle, abrigáte, cuidado con la mala yunta’. Era 1940, y me recibió una dársena fría y misteriosa con grúas que parecían enormes jirafas…”.

EL REY DEL FOSFORO. Primera duda: ¿rumbeo para la derecha, hacia el centro, o para la izquierda, hacia el Puente Avellaneda, el de los criminales Ruggero y Ruggerito, los matones de Barceló, y también La Boca de Quinquela? Elegí la izquierda, y como tenía que parar la olla, entré a trabajar en una fábrica de fósforos, que empezaba a hacer las primeras cajas-librito. Obrero: 30 centavos la hora, 2,40 por día, 60 nacionales por mes, y tomaba el tranvía 22 (Retiro-Quilmes) a las cinco de la mañana. Boleto, 5 centavos. Vestido con un overol que llevaba el número 513 en la espalda, mi trabajo consistía en ponerles las cabecitas a los fósforos hundiendo el palito en una pasta. Me aburría, pero progresé y me mandaron de vendedor a Córdoba, con una valija llena de velas. Me paraba en las puertas de los boliches y de los almacenes de ramos generales y recitaba un versito que inventé: ‘En el campo, en el camino/ en el rancho, en la tapera/ todo buen gaucho argentino/ consume velas Ranchera’… ¡Y vendía hasta en los velorios! Pero entre todos esos avatares, jamás, jamás dejé de dibujar. Primero, temas sociales: las manifestaciones, las huelgas. Después, la noche porteña, que me atrapó como un cepo: los cabarets, las mujeres de la vida, el largo collar de los tugurios del Bajo, el Maipo, el Marabú, el Tabarís. Vivía en un hotelito de Avenida de Mayo 874, el Gloria, en un altillo de tres por tres, donde cabían la cama y una pileta que convertí en inodoro. Pero me sentía poderoso. Sin embargo, al tiempo me enfermé de aftosa y tuve que volver a Montevideo. Pero ya…”.

ORFEO NEGRO.Pero ya, te decía, los lápices eran la prolongación de mis dedos. En Montevideo me aburría, me faltaba la polenta del tango, el Mercado de Abasto, los carros de basura, toda esa atmósfera envolvente, y decidí volver a Buenos Aires. En eso estaba, cuando una noche oí a un grupo de negros tocando sus tambores. Quedé extasiado y me dije lo mismo que repetí toda mi vida ante cada descubrimiento: ‘¡Aquí está la cosa!’. Me colé detrás de la comparsa, llegué a la puerta del conventillo Medio Mundo, en la calle Cuareim 1080, y me dejé tragar por esa boca: mi camino a la negritud. Me dieron una pieza llamada Yacumenza, porque al lado vivía una brasileña que, cuando los negros se lanzaban al cambombe, gritaba: ‘¡Ya cumenza ese ruido infernal!’. Conocí a Delia, la hija del pintor Pedro Figari, y le pedí que me mostrara toda la obra de su padre. Me enloquecí, y con mi soberbia de joven pensé que le iba a ganar al viejo, porque él pintaba a los negros de memoria, y yo los pintaría entre ellos y en acción. Compré cartones como los que usaba el viejo y los pinté al óleo, material que el cartón absorbía muy rápido y cobraba tonos muy originales. Y de pronto, así como así, apareció Arturo Larrondo, un argentino que vivía en Johannesburgo, y me invitó a exponer en la galería Wildestein. Casi me muero. No tenía mucha obra, y mi primer cuadro lo había cambiado por una pelota de fútbol que regalé a un club de negros… Expuse, y pasé el más difícil de los exámenes: vi que mis cuadros colgaban de los mismos clavos que había dejado libres… ¡Raúl Soldi!”.

NI ANCHO NI AJENO… fue el mundo para Carlos. La pasión por la negritud lo llevó a Tahití, a Haití, a catorce países africanos, a Lambarené (Gabón), donde lo invitó Albert Schweitzer a su mítico hospital en la selva, “ese leprosario donde cada noche tocaba a Bach en el piano”, recuerda. Se salvó de morir escapando –en un barco de ruedas como los del perezoso Mississipi que guiara Mark Twain– de los fuegos de la revolución del congoleño Patrice Lumumba. Luego, Mozambique, la Polinesia, “y todo el camino del Sol, porque si me llevás al frío, me matás”. Conoció a Pablo Picasso, “que me recibió, me besó como un gitano (a mí, un pigmeo), me animé a regalarle un cuadro costumbrista, de negros, lo apreció, me mostró toda su obra, y en un momento caminó sobre un lienzo con pintura fresca, dejando sus huellas. Me apenó, se lo dije, y me contestó: ‘No te preocupes; los críticos ya se encargarán de elogiarlo’”.

LA BALLENA BLANCA. Pero aún faltaba el último paso de la leyenda. Un día de noviembre de 1957, bajo la lluvia, con saco y corbata, trepó por la rocosa geografía de Punta Ballena, ya decidido “a construir una casa-taller, una escultura en la que se pudiera vivir”. El lugar, en el mapa, figuraba como Risco Loco: eran tal para cual. Carlos se instaló en ese páramo, levantó una casilla con latas de aceite, ayudado por pescadores y albañiles, la iluminó con un farol, vivió de la caza y de la pesca, y empezó a construir su colosal Casapueblo sin más compañía que “Dalí, una chiva barbuda y agresiva; Matilde, una lechuza vigilante; Magallanes, un pingüino aventurero; Chita y Feo, dos cuzcos; Carlos, un arará del Amazonas, y Penélope, un leopardo que traje de Ceilán”. Usó fierros viejos, maderas desechadas, restos de naufragios, alambre de fiambrera, albañiles deliberadamente desprolijos, guantes hechos con pedazos de neumáticos para alisar la argamasa, “y seguí las directivas de Dios, adaptando las paredes a los pliegues de la montaña: una perfecta integración con la naturaleza”. Así fue y es Casapueblo: ánfora gigantesca, palomar colosal, ballena sobre ballena, loco puzzle, horno de pan, onda de choza africana, lanzas pincha-nubes, laberinto sin centro, “y bañada al amanecer y al atardecer por mi mejor y más antiguo amigo: el Sol”. Eso, afuera, mientras adentro hablan máscaras tribales colectadas en Egipto, Indonesia, Bombay, Uganda, y “mi atelier en la cúpula más alta, centinela de tormentas”.

INVENTARIO. Genio, pero también gentilhombre uruguayo, agradece. A los médicos Navia, Botto y Nasinovich, del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, “que hace muy poco salvaron mi viejo corazón”. Al crítico Rafael Squirru, “que apoyó siempre a los pintores uruguayos”. A sus seis hijos. A sus tres mujeres. “La última, la definitiva, es Annette Deussen, una chica alemana que llegó a Casapueblo de visita, con un grupo de turistas, y se quedó a mi lado. La amo porque no sólo contempla lo que hago: administra mi pasión, y evita que yo diga que sí a todo lo que me proponen: pintar un mural en un hospital, la proa de un avión, un felpudo, una iglesia. Me llaman, y allá voy, pero ella sabe ponerme freno”.

Cae la tarde, hace frío, y le pregunto:

–¿Qué vas a hacer en los próximos veinte años?
–(Sonríe) Tengo casi ochenta y cinco. Creo que esta exposición es única, y la última.

–Yo creo que no. Te sugiero que en la puerta de salida pongas un cartel…
–¿Qué cartel?

–“Esta historia continuará”.
–Qué lindo. Me gusta la idea. Te voy a hacer caso…

Arranca de un block un pedazo de papel y escribe las tres palabras. Con pulso firme, de acero, y la alegría de un estudiante de arte al que le aprobaron su primer dibujo.

Por Alfredo Serra
Fotos: Leandro Montini y álbum personal de Páez Vilaró
 
   
Comentario
De: Carlos
Publicación: 13/08/11
Un saludo
Un fantàstico ser Humano, Felicidad siempre Carlos
Chapita
 Chapita
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