En el rincón del genio

 
En el estudio del Negro todo está intacto: sus libros, fotos y dibujos están como él los dejó. Gabriela lo adoptó como su lugar de trabajo.
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“El proceso de enfermedad fue muy duro, y los homenajes le daban mucha fuerza. Valoraba tanto cuando una institución le daba un premio como cuando salía a la calle, le tocaban bocina y le gritaban: “¡Fuerza, Negro, vamos!”
 

 
“Para mí era el Negri, el que dormía y comía al lado mío, con sus grandezas y debilidades. Por otro lado estaba el personaje reconocido públicamente, al que yo admiraba. Al Negro lo quería con toda mi alma”
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Chapita
 
Un año sin Fontanarrosa

“El mejor homenaje es recordarlo con una sonrisa”

Gabriela Mahy. El 19 de julio de 2007, a los 62 años y tras padecer una dura enfermedad, moría el genial Roberto Fontanarrosa. A un año de su partida, GENTE recorrió su ciudad, Rosario, con su mujer, para recordar la vida, las risas y el amor junto al hombre al que todos los argentinos lloraron.
 

Todo está intacto. La mesa de dibujo en su lugar, la lámpara que usó para ver mejor a sus personajes, decenas de lápices con los que trazó la figura de Inodoro Pereyra. Una foto con un jovencísimo Joan Manuel Serrat, otra con un nieto postizo a quien adoptó con el amor de uno propio, una recostado en la cama con Fito Páez, varias con su mujer. Las colecciones de cuentos, las miniaturas, los premios, la colección de animalitos de madera en el rincón que él les destinó, el archivo con miles de historietas. Un plasma gigante en el que disfrutó y sufrió todos los partidos de fútbol que pudo. El chancho con la camiseta de Central, “la artesanía más linda de Rosario”, según su dueño. El hogar del Negro Roberto Fontanarrosa está tal como él lo dejó el 19 de julio de 2007 –en la víspera del Día del Amigo, justo él, que tenía tantos– cuando, tras haber dedicado su vida a provocar carcajadas, dejó un enorme vacío con su triste partida.

Pasó un año. Hoy, en su departamento de Rosario, Gabriela Mahy, la mujer del Negro, repasa con GENTE tantos momentos que compartieron. Su casa, su ciudad, sus lugares, su gente. Un homenaje en las palabras de la mujer que se enamoró del hombre, la que lo acompañó durante toda su enfermedad, la que lo sostuvo y lo hizo reír hasta sus últimos días, cuando la esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurológica que lo hizo perder paulatinamente su movilidad terminó con su vida a los 62 años.

Esta es la foto que el Negro eligió para que pusiéramos en el portarretratos. Roque en primer plano, y él, en tercero”. La mujer de Fontanarrosa se lanza a contar la anécdota familiar. “Cuando le dije que la mujer de mi hijo estaba embarazada y que yo estaba fascinada, él me dijo: ‘Que te quede muy claro que la abuela sos vos’. No quería saber nada con el abuelazgo. Pero a medida que el embarazo avanzaba, estaba enloquecido con el nieto; preguntaba todo el tiempo por él. Y cuando nació Roque se armó el lío tremendo, porque el Negro le hizo pintar a su asistente una camiseta de Central sobre una foto de Roque. Y mis hijos, ¡son de Newells!”.

–Un drama familiar…
–¡Ni te explico! Mi hijo Claus se enojó muchísimo, estaba furioso. Intercambiaron mails y le recordó que él había dicho claramente que no quería ser el abuelo. El Negro le contestó un mail muy extenso y lo firmó: “Asociación Bebés Librepensadores”. ¡Fue tan gracioso...!

–El Negro fanático de Central, y tus hijos, de Newell’s... ¿Cómo eran los domingos después del clásico?
–La convivencia fue bastante buena. Se portaron como unos duques. Hablaban con objetividad, como si se estuvieran refiriendo a dos equipos españoles. ¡Me causaba una gracia…!

–¿Y vos tomaste partido?
–Noooo. Habíamos llegado a un acuerdo, porque yo siempre fui totalmente distante del fútbol. No me interesa para nada, y él decía que no le gustaba la filosofía (N de R: Gabriela es licenciada en esa disciplina). Un día le presté un texto de Nietzsche. Leyó cuatro páginas y me lo devolvió diciendo que no había entendido nada. Entonces le dije: “Bueno, está bien. Yo me quedo con mi mundo y vos con el tuyo”. Así que él miraba partidos de fútbol todo el día, y yo leía textos de filosofía. Y éramos felices, cada uno en lo suyo, pero en compañía del otro.

–¿Qué es lo que más extrañás del Negro, Gabriela?
–Lo mejor, lo que más rescato, es la cotidianeidad. En los últimos tiempos, ya con la enfermedad avanzada, no podíamos salir del departamento. Entonces, cuando empezaba a hacer un poco de calor, en primavera, el Negro trabajaba en su estudio hasta la tardecita y le pedía a Luis, su asistente, que antes de irse lo dejara en el balcón. Y yo tenía mi oficina también acá, así que tipo siete y media nos juntábamos ahí y cenábamos juntos. Realmente eran lindos esos atardeceres y noches en el balcón. Eran nuestro esparcimiento.

–Disfrutaban de ese momento para estar juntos…
–Sí, comíamos, charlábamos y nos quedábamos mucho de sobremesa. Nuestras sobremesas siempre fueron largas. Era lindo el encuentro nocturno. Y para él eso tuvo mucho valor, al punto que dos días antes de morir me dijo: “Gaby, quiero que llegue el verano”. A mí me causó gracia, porque siempre habíamos peleado porque yo era friolenta y a él le gustaba el invierno. Entonces él fundamentó su deseo: “Porque quiero que salgamos nuevamente a comer al balcón”. Esa era nuestra salida, y él disfrutaba mucho de este lugar por la vista que tiene, con el río ahí y la gente caminando tan cerca.

..............................................

Gabriela entra a El Cairo, el segundo hogar del Negro, y Ricardo Centurión se levanta de la mítica Mesa de los Galanes para saludarla. Unos minutos después, un chico interrumpe la charla para decirle lo mucho que admiró a Fontanarrosa y pedirle que le firmara un cuento suyo.

–Esto te pasará muy seguido, me imagino.
–No, desde que murió el Negro vivo un poco recluida, no salgo mucho. Además, siempre traté de mantener un perfil bajo al lado de él. Nunca me gustó el estilo de mujer satélite. El valoraba mucho mi independencia y que yo tuviera mi espacio. Si acepto ir muchas veces a los homenajes que le hacen es porque estoy totalmente agradecida y porque sé lo que significó para él todo eso en vida. El proceso de enfermedad y deterioro fue muy duro, y esas cosas le daban mucha fuerza. Valoraba tanto cuando una institución le daba un premio como cuando salía a la calle, le tocaban bocina y le gritaban: “¡Fuerza, Negro, vamos!”. Por eso me siento en la obligación de agradecer. Estoy solamente representándolo por el gran amor que le tuve.

–Te sentirás orgullosa con tantos homenajes.
–Claro que siento orgullo, pero yo siempre hice la distinción entre el hombre del que yo me enamoré y el personaje, porque si no, uno queda chiquitito al lado del otro. Para mí era el Negri, el que dormía y comía al lado mío, con sus grandezas y debilidades. Por otro lado estaba el personaje reconocido públicamente, al que yo admiraba. Al Negro lo quería con toda mi alma.

–¿Conservó el sentido del humor hasta el final?
–Era como si tuviera adentro un manantial que fluía permanentemente. Yo soy una persona muy positiva, siempre trato de ver lo bueno de la vida, y a él le encantaba divertirse. Por eso nuestra vida era una complicidad permanente, era jugar con palabras, hacernos bromas y reírnos. Nuestra vida en la intimidad era muy linda, divertida, cálida.

–¿Alguna vez te habló de su muerte?
–Nunca. Y yo le decía: “No hablemos de la muerte, hablemos de tu vida”. Hasta último momento estuvimos luchando por la vida. Si hubiera pensado en su muerte, no habría podido contenerlo. Cuando estábamos sumidos en la tristeza y en la angustia, nos escapábamos de esa realidad con bromas. Eso nos ayudó muchísimo.

–Lo extrañás mucho, y sin embargo durante toda la charla hablaste de él con una sonrisa.
–Recordar al Negro es sonreír. El decía que dibujaba y escribía para hacer reír, era su función en la vida. Por algo trabajó hasta un día antes de morirse. Reír recordándolo es el mejor homenaje que se le puede hacer.

Por Gabriela Pepe
Fotos: Leandro Montini y Archivo Atlantida
 
   
Comentario
De: daniel lattuca
Publicación: 31/08/10
fontanarrosa
vamos canayon!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Chapita
 Chapita
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Chapita