Adianchi...

 
El Manosanta, su gran personaje de la década del 80’, que tuvo su propia secuela en el cine. Escoltado por Beatriz Salomón y Adriana Brodsky. Inolvidable.
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Son eternos

 
Personajes que no se oxidarán. Rucucu, el primero en mostrar la tevé detrás del decorado.
 

 
En el medio de sus chicas, un clásico. Siempre lo rodearon las mujeres más hermosas: Adriana Brodsky, Silvia Pérez, Divina Gloria, Beatriz Salomón y Susana Romero.
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“Del viejo heredé su pasión por Central, el parecido físico y su fama de picaflor”
A veinte años de la muerte de su padre, el menor de los seis hijos del Negro así lo recuerda: “Del viejo heredé la pasión por Central, el parecido físico y su fama de picaflor”.
 Separador 
"Quiero ser atorrante y bonachón como mi viejo"
El hijo del inolvidable Rucucu le rinde un emotivo homenaje a su padre a catorce años de su muerte.
Chapita
 
Alberto Olmedo

Veinte años sin el Negro, veinte años de soledad

A las 8 de la mañana del 5 de marzo de 1988, reconciliado con Nancy Herrera y eufórico ante el anuncio de que ella estaba embarazada de quien podría ser Albertito, su sexto hijo, tras una noche de insomnio y alcohol cayó de un piso 11 en Mar del Plata y dejó a los argentinos sin su más grande e irrepetible cómico. Así fue su vida, su gloria, su adiós.
 

Rosario, Barrio Pichincha, 1939. El chico llora junto a una alcantarilla. Pasa un hombre y le pregunta por qué llora. “Porque los cinco centavos que tenía se me cayeron”, dice, apuntando con el dedo al oscuro pozo. El hombre le da diez centavos. Al rato vuelve a pasar y el chico sigue llorando. “¿Y ahora por qué llorás?, le pregunta de nuevo. “Porque si no hubiera perdido los cinco ahora tendría quince”. Muchos años después, Alberto Orlando Olmedo, al evocar el episodio, decía:
–Fue mi primer gag.

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Buenos Aires, 1960, calle Lavalle. Olmedo se mete en un cine casi vacío. Termina la película. Luces. En el asiento contiguo alguien olvidó un sombrero de lluvia de mujer. Está todo arrugado, pero Olmedo se lo lleva. “Ya tenía la camiseta a rayas, la cartuchera, la gomera, y ese sombrero fue la puntada final. Ese día empecé a creer en el Destino”, recordó en cien reportajes. La leyenda había escrito el primer capítulo.

ERAMOS TAN POBRES. Barrio misérrimo, Pichincha. Casa pobre esa de Tucumán al 300, donde Plácida Isidora Olmedo pare el 24 de agosto del ’33 y cría a Alberto Orlando. ¿Padre? Quién sabe. Ausente o desconocido. Alberto jamás lo mencionó. A los 6 años reparte verdura. A los 7, remedios (dependiente de farmacia: 14 pesos por mes). A los 8, ayudante de carnicero (por mes, 18: todo un salto). A los 9, claque (aplaudidor), vendedor de entradas y limpiapisos en el Teatro de la Comedia. A los 10, acróbata de la troupe de Newell’s Old Boys: giras por provincias. Y a ratos, partiquino de radioteatro. Moneda escasa, siempre. “¡Pero cómo me divertía...!”. Escuela primaria a duras penas. A los 22, en 1955, la aventura Buenos Aires. Pensión en la calle Jujuy. Un amigo –otro rosarino–, Francisco Guerrero, que dirige cámaras en Canal 7, el único de una tevé todavía en menos que pañales –había nacido en el ’52–, le ofrece trabajo de swichter, mezclador de imágenes.
Olmedo: Pancho, yo no sé ni qué es un televisor…
Guerrero: Ya vas a aprender, Negro.
Y empieza.

LA PREHISTORIA. Poco atorranteo: de la pensión al canal y del canal a la pensión. Pero más de uno le adivina la chispa, y en el ’58 lo hace debutar en Su Night Club de las 20.30. Y allí, Escuela de Locutores, un bloque en el que el Negro imita a los speakers más notorios de esos días. Al año siguiente, Variedades Veraniegas, y el primer puente tendido hacia los chicos: Joe Bazooka. La semilla de los días dorados.

EL GRAN DESTAPE. Diciembre 31, 1959. Toda la troupe de Canal 7, desde gerentes hasta tiracables, despide el año en un restaurante. De pronto Olmedo, mago sin chapa, genio en la sombra, un metro setenta, sesenta kilos (“una laucha”, recuerdan los testigos), vacía su galera de conejos, de pañuelos, de palomas. Trepa a la mesa. Imita a cada comensal. Dispara una ametralladora de chistes. El resto de las estrellas se opaca. Al otro día, Manuel Alba, ejecutivo, lo llama a su despacho:
–¿Se anima a crear un personaje infantil para presentar una serie de dibujos animados?

Y se atreve. Como Charles Chaplin medio siglo antes, se mete en la sala de utilería y manotea su uniforme de leyenda: la camiseta a rayas, unas viejas zapatillas, la gomera, el sombrero de lluvia que encontrará más tarde en el asiento de un cine. Su héroe está listo: se llamará El Capitán Piluso y cautivará a los chicos que vuelven de la escuela con sus hazañas apócrifas hasta que la abuela grite “¡Piluso… la leche!”. Por entonces, los libretos se los escribe Humberto Ortiz, su co-equiper y estrella soporte: el marinero Coquito.

MUJERES, HIJOS. En el ’57 vivía a salto de mata, con menos de lo justo, pero se casó con Judith Jaroslavsky según la antigua fórmula: “Contigo pan y cebolla”. Tres hijos llegaron en tres años: Fernando, Marcelo y Mariano. A mediados del ’60, cuando ya es Piluso, divorcio. Y sobre el eco del adiós entra en escena María del Pilar García, media vedette del Maipo que en la cartelera se llama Tita Russ. Amor de camarín, porque Olmedo debuta allí como capocómico. Otros dos hijos les nacen: Javier y Sabrina. Dicen los amigos que “Tita fue su gran mina, la mejor”. Pero hacia el ’77, cuando Olmedo ya es un grande, el amor tambalea y aparece Nancy Margarita Herrera. Olmedo tiene 44 años. Ella, 17 “y una devoción patológica por el Negro”, recuerdan los testigos. Por ahora, telón…

OPERACION JA-JA. El 23 de marzo de 1963, por Canal 11 y con libros de Gerardo y Hugo Sofovich, arranca el Olmedo Total. El que todo se lo permite. El que rara vez (o nunca) estudia los libretos, porque su alma y su genio son la improvisación. Corre, tapa los lentes de las cámaras con las manos, muestra las tripas del estudio, se burla (en cámara) de las escenografías “de cartón mal pintado”. Juega. Desacraliza a la tele… y al mismo tiempo la torna casi sagrada. Pero aun sufre traspiés: “En el ’64 y el ’65 pasé hambre. Vendí el auto, compré una motoneta destartalada, la vendí también, compré un auto de tres ruedas al que se entraba por el techo (nota: un Heinkel, conocido como “ratón alemán”), y que al final terminó debajo de un camión. No me maté de milagro”.

EL BOTON DE ORO. Ya en los finales de los ’60 la inercia de Operación Ja-Ja engendra El Botón, siempre bajo la batuta de los inagotables Sofovich brothers, que firmaban Capuchino. Olmedo navega allí junto a otros grandes: Jorge Porcel, Fidel Pintos, Ernesto Bianco, Pepe Soriano, Adolfo García Grau, Gogó Andreu, Javier Portales, Alberto Irízar, Dorys del Valle, Mabel Manzotti, María Rosa Fugazot, Mariquita Gallegos, Julio de Grazia… Y allí inventa la casi total galería de sus muñecos: Rucucu, Rupeta, el Mago Ucraniano, el Yeneral González, el dictador de Costa Pobre… Y en No toca botón, su eco, siempre en el 11, El Manosanta (y la infalible bebota Adriana Brodsky), Chiquito Reyes, Rogelio Roldán, y su gran alter ego: Portales, ese Alvarez que dialogará a disparate puro con el Borges olmediano: dueto irrepetible de una tevé también irrepetible. Tanto, que el martes 4 de mayo del ’76, instantes antes de que El Chupete saliera al aire por Canal 13, se anunció “la desaparición de Alberto Olmedo”. Caos. Nube de periodistas corriendo hacia el canal. Agencias de noticias lanzando cables urgentes: “Murió Olmedo”. La broma, urdida por él, duró menos de un minuto, pero desató un escándalo. En vano fue que aclarara que dijo “desaparición” y no “muerte”. El capitán de fragata Carmelo Astesiano Agote, interventor a cargo del 13, dejó cesante al director del programa, Edgardo Borda, y Olmedo tuvo que pedir perdón públicamente.

LLUVIA DE MILLONES. En los 80’, Olmedo es millonario. Veinte películas (casi todas con Jorge Porcel, algunas con Susana Giménez). Temporadas de teatro en Mar del Plata que baten el récord hasta entonces inalcanzable de los galanes Bebán-Bredeston-Satur: ellos, 1.118.000 entradas; Olmedo y su troupe (Susana Traverso, Divina Gloria, Susana Romero, Beatriz Salomón, Silvia Pérez…), con El Negro no puede y Eramos tan pobres, 1.300.000 cada verano, y dos patrulleros custodiando su salida y protegiéndolos del tumulto. Olmedo todopoderoso: se habla de 10.000 dólares por día. Olmedo solidario: actúa en hospitales para alegrar a los chicos enfermos. Olmedo generoso: no firma un contrato si antes no le aceptan a todo su elenco, y por el dinero que él exige para ellos. Pero también Olmedo en la tormenta…

POLLERAS EXPLOSIVAS. Sale Tita Russ (divorcio en el ’81), entra Nancy Herrera. Borges dijo que un escritor debe ser juzgado por su más clara página y no por las distracciones de su pluma. Un escritor, y también un grande, un ídolo. Pero las más claras páginas de Olmedo son inseparables de sus días oscuros. De la pelea con Nancy por alguna infidelidad de ella en el ’87, que pese al “no pasó nada” esgrimido por ambos, desplomó la vida de Olmedo. Cayó en una depresión de la que –dicen– nunca salió del todo. Muy poco después, en un reportaje de GENTE, dijo, desesperado: “Estoy loco, hecho polvo, destruido… Esto no es vida… Mirá lo que estoy comiendo: dos pedazos de pizza fría… ¿Querés un poco?... Necesito masajes… Estoy destrozado, roto… Por suerte, ahora me voy a mi casita de Punta del Este… ¿Qué me queda? ¿Tomarme tres botellas de vino por noche?... O champagne… Siempre le digo al gordo Porcel: ‘¡Qué tarde descubrimos el champagne, gordo!’… Salí, corréte, dejáme pasar, no quiero hablar de nada…”.

LA NOCHE FATAL. Juró que jamás volvería a ver a Nancy Herrera ni a hablar con ella: “Está muerta para mí… ¿Quién es Nancy Herrera?”. Pero la amó más allá de la vergüenza, del engaño, del escándalo. En los primeros minutos del 5 de marzo del ’88, después de la función de Eramos tan pobres en el teatro Neptuno, Mar del Plata, Olmedo y Nancy se encontraron en el departamento del piso 11 del edificio Maral 39, Boulevard Peralta Ramos 3675, cara al mar, frente a Playa Varese, que él alquilaba. Cuando llegó, ella ya estaba allí y había escrito “Te amo” en el espejo del baño. Era, a pesar de todo, noche de reconciliación. Y de gran noticia: “Vas a tener tu sexto hijo. Estoy embarazada, y si es varón será otro Albertito”. La cama quedó sin abrir. Tomaron champagne (mucho). Algo antes de las ocho de la mañana, él se montó sobre la baranda del balcón, a cuarenta metros de la calle. La baranda, húmeda por el rocío de la noche, más el alcohol y la cocaína encontrados después en su cuerpo por los peritos, le tendieron la trampa final. Resbaló hacia afuera. Quedó colgado. Los vecinos del piso 12 oyeron esto:
–¡Me caigo, mamita, me caigo! ¡Agarráme la pierna! ¡Agarráme la pierna!
–¡Yo te agarro, papito, te agarro! ¡Pero no puedo, no puedo, no puedo!

Cinco segundos después, Alberto Orlando Olmedo, 54 años, era un muñeco roto sobre el césped, con un ojo patéticamente abierto y luego repetido por la televisión hasta más allá de la saciedad: hasta la crueldad. Respiró apenas un instante, y se fue. Se habló de suicidio, pero luego de las pericias y de las declaraciones, el juez Pedro Federico Hoft determinó “Muerte por accidente”.

Lo enterraron en el Panteón de Actores de la Chacarita. Plácida Isidora, su madre, recién llegada de La Rioja, no resistió el dolor: murió de un infarto esa misma tarde. Tenía 77 años. Albertito nació siete meses después, y el ADN probó que era hijo de Olmedo: 99,9 por ciento. La batalla por la herencia –Olmedo dejó más de 3 millones de dólares– duró seis años. El jueves 18 de abril de 1996, en la casa Roldán de antigüedades y remates, Nancy Herrera puso a subasta el bombín de Rucucu y la camiseta a rayas, el balero y la cartuchera de Piluso, y alguien que mantuvo su nombre en secreto pagó 5.100 pesos por todo el lote.

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Fue, Olmedo, un hombre que hizo reír a millones. No habrá otro igual. Pero fue, Olmedo, un hombre tímido y triste detrás del espejo de los camarines. Hay un antiguo poema de Juan Dios de Peza que dice así: “Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra/ El pueblo al aplaudirlo le decía/ Eres el más gracioso de la Tierra/ y el más feliz/ Una vez ante un médico famoso/ llegóse un hombre de mirar sombrío/ Sufro –le dijo– un mal tan espantoso/ como esta palidez del rostro mío/ Nada me causa encanto ni atractivo/ No me importan mi nombre ni mi suerte/ Viajad, le dijo el médico/ ¡Tanto he viajado!/ Las lecturas buscad/ ¡Tanto he leído/ Un título adquirid/ Noble he nacido/ Tomad hoy por receta este consejo/ Sólo viendo a Garrick podéis curaros/ Todo aquel que lo ve muere de risa/ ¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta”.

Y Olmedo fue Garrick. Que el tiempo, que los mármoles empaña (de Borges es la línea), guarde su nombre.

Por Alfredo Serra.
Fotos: Archivo Atlántida
 
   
Comentario
De: MARTAPAULOS
Publicación: 04/03/14
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FUE EL MAS GRANDE SIN DECIR GROSERIAS HACIA REIR,,HOY SEGUIMOS VIENDO PROGRAMAS , EN CANAL 9.LOS DOMINGOS..NO SALE OTRO OLMEDO.ES IRRECUPERABLE,NEGRO DESCANSA TRANQUILO.BASTANTE TRABAJASTE SIN LIBRETOS ,PARA HACER REIR,ES LO MAS DIFICIL,PORQUE HACER LLORAR CUALQUIERA LO HACE,TE DAN UNA CACHETADA Y LLORAS,
Chapita
 Chapita
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