El día y la noche

 
Bobby a los 14 años (junio de 1957) jugando en el Club de Ajedrez de Nueva York. Ya era campeón nacional juvenil. Marzo de 2005: llega a Reykjavik desde Japón, exiliado y casi irreconocible. Islandia le concedió la ciudadanía, y allí murió menos de tres años después.
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Buenos Aires: su ciudad

 
Julio del ’71, teatro San Martín. Enfrenta al poderoso armenio Tigran Petrosian y lo aplasta: su primer paso al reinado mundial.
 

El ajedrez, su obsesión

 
Llega a Nueva York con la medalla de campeón mundial, luego de batir a Boris Spassky. Con una gran sonrisa, algo poco habitual en él. 2) California, 1972: jugando al tenis.
 
BOBBY FISCHER (1943-2008)

“En la vida, un niño inmaduro. En el tablero, el más grande”

Así definió Antonio Carrizo, que fue su amigo, al genio que murió en Islandia, a los 64 años, el jueves 17. Niño prodigio, campeón mundial, primer norteamericano que rompió el reinado ruso en el ajedrez, su ocaso fue su peor partida: lo despojaron del título, de la ciudadanía, y pasó sus últimos años refugiado en Islandia, enfermo mentalmente. Pero escribió una historia eterna.
 

No sólo murió a los 64 años: el mismo número de casillas (escaques, se llaman) del tablero de ajedrez. No sólo. También su vida, como el tablero, careció de matices. Todo fue blanco o negro. Y arrancó en negro: nació pobre (Chicago, Illinois, 9 de marzo del ’43) y llegó hasta los 6 años creyendo que su padre, que lo abandonó a los 2, era Gerard Fischer, un espía de la KGB. De ahí su amarga definición: “Los chicos que nos criamos sin padre somos como lobos solitarios”. Su madre, Regina, tampoco fue sostén: paranoica, comunista, y vigilada por el FBI. Segundo destino: Brooklyn, Nueva York, con más pobreza aún. Pronto huyó del colegio: “Me aburro”. Carmine Nigro, jefe del Club de Ajedrez de Brooklyn, le adivinó el genio. No erró: a los 12, el lobo solitario le ganó a Samuel Reshevsky, el máximo as Made in USA de entonces. Fue en simultáneas y con Reshevsky jugando con los ojos vendados, pero...

A los 13, campeón juvenil nacional. También a los 13 derrotó al gran maestro inglés Donald Byrne: una hazaña imposible. Arrancó en negro, pero ya estaba en los días blancos. Luminosos. A los 14 –siempre pobre– se ganaba la vida (mal) en partidas de ajedrez rápido (ping pong) en la Plaza Washington. Para entonces ya había confesado sus dos pasiones: “Quiero ser el mejor del mundo, y millonario”. Coeficiente intelectual: 184. Cifra máxima. De genio. Albert Einstein tenía 160… A los 15, el gran despegue: ganó el primero de sus ocho campeonatos nacionales de primera categoría: Gran Maestro. El más joven de la historia. Señas particulares visibles: obsesivo, díscolo, hosco, solitario, con su brújula apuntada sólo al ajedrez. En 1970, a los 27 años, ya había derrotado a gigantes como el ruso Taimanov y el danés Larsen. Según la estadística: efectividad, 90 por ciento. “Nunca fue peón, ni de niño. Tuvo la agresividad del caballo, la sorpresa artera del alfil, la capacidad demoledora de la torre. Y hoy es rey indiscutido”, escribió un analista.

Año ’71, Buenos Aires, teatro San Martín: semifinal del campeonato mundial contra el armenio Tigran Petrosian, mago de la defensa. La ciudad enloquece. Todos hablan de ajedrez, agotan libros de partidas famosas, compran tableros. Bobby gana en nueve partidas: 6,5 a 2,5. Casi irreal… Pasa a la gran final contra Boris Spassky. No sólo el número uno: la gran esperanza de la hoz y el martillo contra la bandera de las barras y las estrellas. La Guerra Fría. El duelo es en Reykjavik, capital de la helada Islandia. Veinte partidas: Fischer 12,5–Spassky 8,5. Es 1972. USA no sólo va primera en la carrera espacial con el Primer Hombre en la Luna (Neil Armstrong, 1969). También en la batalla de los genios. Pero…

Otra vez la vida en negro. Pone duras condiciones (dólares, muchos) para la defensa del título, la FIDE (mayor órgano mundial) no acepta, Fischer no se presenta, y pierde la corona. Anatoli Karpov, nuevo campeón.

CARRIZO, DE MEMORIA. Enero 2008, café de Peña y Pueyrredón. GENTE con Antonio (Tony) Carrizo, el hombre que más cerca estuvo de Fischer en la Argentina. “A mi mujer, Bobby le decía ‘Mami’. Hoy, ella le puso dos florcitas en su retrato… No es casual que en las tapas de las revistas lo hayan llamado ‘Matador’. Tampoco que al match contra Petrosian lo bautizaran ‘La batalla del Río de la Plata’. Porque Bobby era eso: un guerrero. Jugaba a matar o morir. Primer recuerdo. Había jugado simultáneas en el Club Argentino de Ajedrez. Ganó 500 dólares –plata fresca– y vino a jugar a casa contra Miguel Quinteros, gran campeón. Yo tenía una mesa japonesa de vidrio quemado. Quinteritos empezó a ganarle, y Bobby, enfurecido, a golpear la mesa, a pedir ‘¡for money, for money!’, y puso los 500 dólares. Entonces dije: ‘Quinteritos, andá a menos, porque este h… de p… me va a romper la mesa’. Bobby era un muchacho lindo, inocente; un gigante con alma de niño. Jugaba como nunca vi a nadie: un segundo de distracción, ¡y te pintaba la cara! Tenía mucho sentido del humor, de la ironía. Vos hacías una jugada, y él decía: ‘Horible… horible… (sic) una estupidez’.

Un día jugaba con Quinteros, que estaba medio distraído. Entonces, en la mitad de la partida, dijo: ‘Che, ¿qué pasa con Quinteros, que no vino?’. Se volvía loco con la ropa y con el dinero. Un día le preguntó a Najdorf cuántos trajes tenía. Miguel le dijo ‘Veinticinco’. Al tiempo, Bobby se cruzó con él en Varsovia, y le dijo: ‘¡Te gané! ¡Ahora tengo treinta trajes!’. Siempre lo vi como el típico héroe norteamericano, ese joven muchacho del tractor del que hablaba Pablo Neruda… No sé en qué momento empezó a desbarrancarse hacia su final. Pero ya en sus días de Buenos Aires odiaba a los comunistas, a los judíos, al gobierno norteamericano, y abrazó una extraña secta cristiana. Cuando ganó el campeonato del mundo, el presidente Nixon le mandó un telegrama de felicitación. Su único comentario fue: ‘¡Ahora se acuerdan de mí!’, y me preguntó si podía vender ese telegrama. Le dije que esperara a que muriera Nixon, porque entonces valdría más. Respuesta: ‘No vale por Nixon. Vale porque me lo mandó a mí’. Comía mucho. Le gustaban las pizzas de la calle Corrientes, y mientras comía analizaba partidas en su tablerito de bolsillo, de cuero. Como te digo: un niño para todo, inmaduro para la vida, para el sexo, para la ropa… Un día lo llevé a lo de los hermanos Trimarchi, unos sastres carísimos. Eligió tres o cuatro pilchas, ni preguntó el precio, se puso una, y llenó los bolsillos con varios diarios que publicaban sus partidas. Uno de los Trimarchi lo quería matar: ‘¡Mirá cómo está arruinando ese traje, Tony! ¡Qué h… de p…!’. Era tan guerrero, tan combativo, que quiso modificar el ajedrez. Pero no cambiar sus reglas, como muchos creen. Quiso hacerlo más feroz, más mortal. Decía que era aburrido, porque después de la jugada quince o veinte los grandes maestros ya sabían cómo seguía todo, y muchas veces aceptaban tablas, empate. El detestaba eso, de modo que propuso sortear la apertura. Algo así como empezar un partido de fútbol en el segundo tiempo, después de que todos ya se cagaron a patadas… Creía (y yo también) que el ajedrez es más violento que el box. Porque en el box podés simular, hacer trampas, pero en el ajedrez, jamás. Volvía locos a los rivales con su carisma. Los hipnotizaba. Movía los ojos mirando el tablero con la velocidad de una computadora. Había nacido con la seguridad del destino manifiesto: un concepto político de la edad de oro de los Estados Unidos. Pero muy pronto se dio cuenta de que su país lo había convertido en una fuerza de choque contra la Unión Soviética, en una pieza de ajedrez de la Guerra Fría. De algo estoy seguro: cuando le ganó a Spassky, abrió el primer boquete, de un cañonazo, contra el Muro de Berlín… Porque un ruso campeón significaba que el régimen comunista era el mejor del mundo, y Bobby hizo pedazos ese fetiche. Pablo Neruda, durante la guerra, escribió un poema que decía ‘que despierte el leñador’, refiriéndose, claro, a Abraham Lincoln. Y yo creo que Bobby fue el leñador que despertó para que su país venciera en la Guerra Fría. Te digo: hay grandes maestros de ajedrez que para cada solución encuentran un problema, pero Bobby encontraba el problema… y la solución. ¡Te mataba! Hay un episodio histórico. En una de sus partidas contra Petrosian, estaba perdido. Pero de pronto se levantó, llamó al juez, paró el reloj, ¡y Petrosian se agarró la cabeza, desesperado! Bobby había descubierto que mucho antes hubo repetición de jugadas. ¡Tablas! Creo que Petrosian dijo: ‘¡Qué hijo de remil…!’, pero en armenio… Y pensar que ese tipo acaba de morirse. ¡Pobre Bobby, carajo!

JAQUE MATE. Y el resto es silencio… (Shakespeare, Hamlet, final del último acto). Despojado de su título, volvió a las casillas negras. En el ’92 le dio la revancha a Spassky en Yugoslavia. Cobró 3 millones de dólares. Y le ganó por 10 victorias a 5. Pero los Estados Unidos le quitó la ciudadanía por haber jugado en un país bajo embargo. Su último refugio fue Islandia, el helado mundo donde había llegado a la gloria. Formó pareja con la japonesa Miyoko Watai. No volvió a jugar. Se dejó crecer sin límite el pelo y la barba. Caminaba todo el día envuelto en un sacón de cuero y con una gorra de béisbol. No aceptaba entrevistas ni atendía el teléfono. Supo, demasiado tarde, que su padre biológico fue el científico húngaro Paul Nemenyi, físico atómico del equipo del Proyecto Manhattan que construyó a Little Boy, la primera bomba nuclear que arrasó Hiroshima. Un gran sarcasmo del Destino. Y murió el jueves 17 en el hospital Landspitalis. Causa: insuficiencia renal. Lo enterraron en secreto y casi sin testigos. Había llegado a la casilla 64. La última. La de sus años sobre la Tierra.

Por Alfredo Serra .
Fotos: Eduardo Sarapura, Archivo Atlántida, AP y AFP
 
   
Comentario
De: Solano Urquizo
Publicación: 16/09/12
Fischer... un grande en solitario
Buen articulo, y claro que Fischer es el leñador de los escaques...
Chapita
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Chapita