Y de pronto, el jueves 11 de octubre, Doris Lessing (88), nacida en Persia
antes de que fuera Irán como Doris May Taylor, hija de un oficial del ejército
británico y de una enfermera, inglesa hasta la médula, fue Premio Nobel de
Literatura. Antes de escribir sus quince novelas y del laurel de la Academia
Sueca fue niñera, telefonista, mecanógrafa, periodista, mujer de Frank Charles
Wisdom y de Gottfried Lessing (alemán, judío, marxista), tuvo tres hijos, y fue
militante comunista entre 1952 y 1956. Según la academia, el Nobel la premia “
por
trasladar la épica de la experiencia femenina y su escepticismo y su fuerza
visionaria con la que examinó a la sociedad y al mundo”.
Umberto Eco aplaudió la elección. También Mario Vargas Llosa, que prologó
El cuaderno dorado, su novela más famosa y más vendida en treinta idiomas.
En junio pasado, en un festival literario, arrojó una de sus frecuentes
granadas: “¿Para qué sirven los hombres?”, preguntó. Pero no fue una
defensa de la mujer, porque dijo también que “no me gustaría vivir en un
mundo sólo de mujeres; además, cuando llegan a altos cargos, no son muy
pacíficas que digamos”. Estuvo en la Argentina en 1988 y 1990. En el 90 la
entrevisté. Lo que sigue es el resultado de esa charla. Amela o déjela… pero
después de leerla.
CARA A CARA. Es, absoluta, total, definitivamente, una vieja dama
inglesa. Mirarla de abajo hacia arriba (es decir, empezar en sus cerrados
zapatos, seguir por su severo tailleur, terminar en su pelo blanco pegado
a la cabeza y con rodete, como la reina Victoria) es imaginar que acaba de huir
de una película de James Ivory o de la novela Passage to India. Sus 72
años parecen no muchos más de 50. Mira fijo, toma café, toma jugo de naranja,
oye las preguntas con atención de águila.
–¿En qué piensa ahora, aquí?
–En lo de siempre. En la discriminación, en la crueldad, en el dolor humano.
–¿Su idea del mundo es tan apocalíptica como hace una o dos décadas? Como
sabrá, no es usted Miss Optimismo…
–Déme una buena razón para no ser apocalíptica.
–No se me ocurre.
–A mí tampoco.
–¿Tiene al menos una visión más atemperada del mundo?
–No veo por qué. Pertenezco a una especie que se prepara para matarse entre sí.
Es lo que hacemos cada día, y cada vez más rápido. No me gustan mucho los
hombres ni las mujeres: prefiero a los gatos.
–¿Por qué la consagraron como escritora feminista, si sus novelas no lo
denotan? En realidad, usted abomina de que la tengan por una escritora
feminista.
–Soy una feminista. Pero cuidado: nunca conocí a una mujer que no lo fuera. Por
lo demás, hay escritores buenos y malos, no escritores feministas o
antifeministas.
–¿En qué bando está usted?
–Soy una buena escritora que escribe sobre hombres y mujeres. Nada más.
–Advierto cierto malestar al hablar del feminismo.
–La actual corriente feminista no me gusta nada. Es increíble el tiempo –el
inútil tiempo– que le dedican las mujeres a la política y a la ideología
feminista.
–¿Le parece una pérdida de tiempo? Si no fuera así, tal vez las mujeres
caminarían diez pasos detrás de los hombres, como en ciertas culturas.
–No crea que a las mujeres de hoy y de otras culturas les va mucho mejor.
–Bien. Hablaba del tiempo que pierden las feministas, y…
–Lo que necesitan las mujeres es algo muy simple: igualdad de oportunidades,
igualdad de pago, licencia por maternidad, y buenas guarderías. Nada más. Cuando
eso exista, se terminará el feminismo. El resto es bla, bla, bla…
–Margaret Thatcher, Violeta Chamorro, las mujeres del Parlamento sueco,
las grandes ejecutivas y dueñas de empresas…, ¿no hablan de una casi huracanada
irrupción de la mujer en el mundo de las grandes decisiones?
–No. Eso no significa irrupción huracanada, como usted dice, ni un cambio de
roles, ni una victoria del feminismo. Son excepciones. Pero los verdaderos
problemas de la mujer, los que nos aterraban hace cien años, persisten.
–¿No exagera?
–¡Ja! En Pakistán todavía discuten por el velo, el chador, y no me extrañaría
que en algunas culturas se dudara todavía sobre la existencia del alma en la
mujer.
–No es el caso de Occidente, de todos modos…
–No exactamente. Pero hace poco estuve leyendo las cartas que, a principios de
siglo, las feministas pioneras les escribían a sus hijas. ¿Sabe cuál era la
mayor reivindicación, la conquista por la que luchaban a brazo partido?
–Supongo que por la igualdad de derechos civiles, o algo así.
–Usted tiene un candoroso espíritu, amigo mío. En esas cartas, las pioneras les
aconsejaban a sus hijas ponerse firmes y tener sólo doce hijos… ¡en vez de
trece, catorce o quince! Al descubrir cosas semejantes, sólo se me ocurre apelar
al poder económico, que en el caso de la mujer es el único poder liberador. Le
aseguro que una mujer rica jamás, en ninguna época, tuvo que aceptar tener
catorce hijos contra su voluntad.
–¿Cuál debería ser el gran cambio, la gran revolución?
–El cambio en el mundo del trabajo. Por una Margaret Thatcher hay millones de
Margaret No Thatcher que sufren abusos en el trabajo. Ese es el gran fracaso del
movimiento feminista.
–¿Fracaso total?
–Bueno, le concedo algo: no es un fracaso total. La situación de las mujeres de
clase media de Occidente mejoró algo, es cierto…
–¿Cómo son las mujeres cuando llegan al poder?
–¡Oh! Igual que los hombres. No hay diferencia. A ningún hombre ni a ninguna
mujer habría que permitirle estar en el poder –en cualquier forma de poder– más
de siete años.
–¿Por qué? ¿Y por qué siete, y no cinco o nueve?
–Porque el poder enloquece.
–¿En qué países la mujer está mejor?
–En Europa y en los Estados Unidos. En general, en países con tradición europea.
Incluso creo que se alcanzaron bastantes logros en la Argentina y en el Brasil.
–¿A dónde está peor?
–En Africa. Allá, las mujeres viven como perros. ¡Y para qué hablar de Rusia!
Hay un marco legal que establece la igualdad femenina, pero es una farsa: nada
se cumple. La mujer rusa tiene tres trabajos –algunos, los más pesados que se
conocen, ¡crueles!–, y además cría a sus hijos y maneja la casa. Mientras, el
hombre ruso no hace absolutamente nada. O sí: fuma y se emborracha.
–Usted fue una comunista militante. ¿Qué la apartó del comunismo?
–Fui comunista, como todo el mundo, y me aparté del comunismo, como todo el
mundo. Digamos que fui comunista cuando había que serlo. Cuando el comunismo
parecía la única arma posible contra el fascismo.
–Siempre dice que los 40 años son una edad dramática en la vida de una
mujer. ¿Por qué?
–¿Cuántos años tiene usted?
–Cincuenta.
–¿Recuerda cómo se sintió cuando cumplió 30? ¿Fue un buen momento?
–No.
–Bien: la pregunta queda contestada.
–Hablemos de amor.
–Es un poco tarde.
–De amor en general, digo. ¿Qué piensa?
–Detesto el tema. Pero bien: el hombre y la mujer han amado y aman de modo
diferente. Tratar de buscar coincidencias es estúpido.
–Why?
–Porque tienen diferente programación biológica. Nunca coinciden en sus tiempos,
en sus urgencias, en sus fatigas, en sus entusiasmos, en sus desencantos…
–Pero muchos, aun así, caminan juntos más de medio siglo.
–Caminan juntos, sí. Pero eso no significa que se amen. Si un hombre y una mujer
consiguen amarse durante más de diez años, bueno: significa que el socialismo ha
derrotado a la biología.
–Pero usted tuvo dos maridos, y sus matrimonios no fueron tan cortos…
–No quiero hablar de eso. En realidad, creo que no sé hablar de eso. Ni siquiera
estoy segura de que un hombre me haya dado algo. Olvídese del tema, por favor…
–Después de diez, quince novelas de éxito, ¿cree que su literatura hizo
algo por las mujeres?
–Por desgracia, la literatura no cambia el giro del mundo. Sin embargo, creo que
algo hice: tejí una atmósfera general a favor de ellas, y allí terminó mi
misión.
–Como feminista militante, ¿qué errores cometió?
–Ninguno de los estúpidos errores de las feministas militantes: no me politicé
ni perdí el tiempo peleando con… u odiando a otras mujeres.
–Su literatura revela una visión bastante cínica de la sociedad. ¿Por qué?
–Viví en Rhodesia, Africa. Crecí en una pequeña sociedad blanca y opresora.
¿Cree que mi cinismo no se justifica?
–¿A qué gente admira?
–A la gente práctica que tiene ideales pequeños y pelea por ellos. La respeto
tanto… como odio a los grandes idealistas y a los movimientos de masas. Casi
todos los dictadores, los más crueles y brutales, partieron de un idealismo. Un
héroe, para mí, es alguien que dice: “Tenemos estos tres problemas; vamos a
ver cómo los solucionamos”.
–¿Su fórmula para escribir?
–No perder el tiempo en tonterías.
–¿Qué son esas tonterías?
–La política, la economía, la religión. Todo lo que me distraiga de mi objetivo.
–¿Qué objetivo?
–Encontrar mi tono y mi voz.
–Hoy es rica. ¿Fue pobre?
–¡Pobrísima! Pero no me importó: nunca busqué seguridad.
–¿Qué es hoy, políticamente?
–Socialista. Pero mi idea del socialismo no tiene nada que ver con los
socialismos actuales. Entre otras cosas, porque jamás uso grandes palabras ni
creo en ellas: libertad, democracia, idealismo, fe. Dejé mi casa a los catorce
años y tuve una vida muy dura: no me dejo tentar por los cantos de sirena.
–¿Por qué su libro El cuaderno dorado pasó a la historia como una Biblia
feminista?
–Es un misterio. Cada uno lee y entiende lo que quiere.
–Vejez, muerte. ¿Qué siente?
–Es complicado. La vejez, el deterioro, la decadencia –creo– son peores que la
muerte. Yo moriré, usted morirá, mis dos gatos morirán, todos moriremos. No
tengo miedo. ¿La vejez? Bueno, me causa repulsión, porque es el espejo de todos.
Es el horror a encontrarnos con nosotros mismos.
–Tuvo tres hijos. Hable de ellos…
–Nada que decir. Quise tenerlos, ocuparon la mitad de mi vida, se fueron: adiós.
Los años se lo llevan todo.
–¿Cómo influyó en ellos?
–Mi hijo mayor es plantador de café en Zimbabwe, ex Rhodesia, Africa. Pertenece
a la minoría blanca: es un blanco de la línea dura. ¡Ya ve usted cómo influí en
mis hijos!
Si quiere completar la ficha, anote: odia a los dictadores, los terroristas, los
discursos políticos, las feministas militantes, los comunistas, los fascistas.
Ama el café, el té, el jugo de naranja, las blusas blancas de seda, el pelo
tirante, los gatos, Londres. Cree que sus mejores libros son Canopus en Argos y
Marta Quest, casi autobiográfico. Más no puedo hacer por usted: ahora, léala.