Juez, fiscal, defensor

 
Las tres cosas en una: ése es el papel que asumió en esta charla Pacho –alto consumidor de televisión–, luego de cuatro meses como fiel espectador de Gran Hermano.
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Estoy convencido de que si en cualquiera de las dos Casas (anónimos y famosos) hubiera relaciones sexuales a la vista, el rating bajaría. Porque imaginar la realidad siempre es más tentador
 

 
"La sensación de sentirse Dios se acentúa. Una cosa es imaginarse así con Osito, y otra con una modelo, un campeón de boxeo, una ex pareja de Moria. Es otra chapa… Y también hay más posibilidades de que pase algo".
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Pacho O’Donnell

“Gran Hermano puede gustar o no, pero rechazarlo por prejuicio es una necedad”

Desde la cultura, la psicología, la sociología y sus propias expectativas y decepciones, el intelectual Pacho O’Donnell, confeso fiel espectador de Gran Hermano, juzga las luces y sombras del programa: “Una de las claves –quizá la más importante– es que nos propone ser Dios, ese Dios que todo lo ve y todo lo controla, pero que nunca vemos”.
 

El doctor Mario Pacho O’Donnell es psicoanalista, médico psiquiatra, escritor, historiador: un intelectual. Pero no de torre de marfil. Por eso es también un perpetuo espectador de la pantalla chica. “Sí, veo mucha televisión. Me gusta mucho y –buena, regular o mala– la veo sin prejuicios”, define. Una situación ideal, pues, para hablar, reflexionar, juzgar el fenómeno de los reality shows. Luz roja. Estamos en el aire…

–¿Por qué Gran Hermano es un éxito?
–Porque nos propone hacer de Dios. Cuando yo era chico me decían que Dios lo veía todo. Eso me resultaba muy persecutorio, porque si había alguien superior que lo veía todo, era muy difícil portarse mal. Justamente, el espectador se identifica con el Gran Hermano –una deidad que tiene voz, pero no cara– porque así concreta la fantasía de ser Dios.

–¿En qué sentido?
–En el de ver todo lo que hacen esos muchachos: sus necesidades fisiológicas, bañarse, discutir… Eso, al espectador, le da cierta sensación de omnipotencia. Y además, la fantasía de decidir quién se va y quién se queda, que es como decidir quién vive y quién muere.

–¿Qué opina de los que rechazan de plano el programa?
–Es una actitud descalificadora, como la que hubo frente al éxito del libro El Código Da Vinci. Esas cosas pueden gustar o no, pero los fenómenos sociales que provocan son insoslayables. Rechazar porque sí es una necedad.

–¿Qué otro ángulo le encuentra a Gran Hermano?
–Es, también, un juego sádico.

–¿Por qué?
–Porque los protagonistas están privados de muchas cosas: les sacan los relojes, a veces no los dejan dormir, los limitan en varios sentidos. Están sometidos a un autoritarismo, lo que es un aspecto perverso del juego. Y todos tenemos algún costado perverso…

–Como espectador, ¿se divierte o se frustra?
–Hay una dicotomía. Por un lado, uno espera que pase algo interesante, diferente, de shock. Y, a pesar de que parece que algo así está por pasar… ¡nunca pasa!

–Pero la gente sigue atada a la pantalla…
–Claro. Porque al mismo tiempo uno se pregunta: “¿Y si cuando dejo de ver pasa algo y me lo pierdo?”.

–¿Qué se preguntó, Pacho, casi constantemente?
–Que cómo era posible que chicos y chicas jóvenes y lindos no tuvieran relaciones sexuales. Sobre todo porque al andar semidesnudos y vivir en una gran promiscuidad, uno siente que lo sexual está a punto de arder, o que pueden estallar fuertes discusiones o peleas. Pero eso tampoco sucede. Todo queda en expectativa.

–Un poema de Raúl González Tuñón, Eche veinte centavos en la ranura, dice, hablando de las antiguas maquinitas de cine de los parques de diversiones: “Que si desnuda nunca muy desnuda / Que si barbuda nunca muy barbuda / Pero ese instante de miedo profundo…”.
–Exacto. Ese instante es la expectativa. El “no, pero puede ser”.

–En La Nación, Abel Posse escribió: “… o el grupo de jóvenes gandules de uno u otro sexo tirados por los rincones de una casa lujosa, tan vacía como las mentes de sus habitantes, alquilados para el voyeurismo televisivo. El voyeurismo de la nada”. ¿Cree que Gran Hermano es una meta del voyeurismo nacional?
–Más que voyeurismo, diría dominación. Porque se espía a esos muchachos, pero al mismo tiempo se los condiciona, se los manipula. Hay algo del goce del voyeur, pero también la idea de “te controlo, te domino y decido con mi voto si te vas o te quedás”.

–¿Qué piensa del nivel intelectual de esos muchachos?
–Es lo que más me preocupa, porque son un claro ejemplo del efecto social que provoca la pérdida del hábito de la lectura. Me impresiona su absoluta incapacidad de sostener una conversación mínimamente profunda sobre religión, política, futuro, o cualquier tema de cierto peso. Si ellos representan a una franja social, es casi dramático. Porque no son marginales: no les faltó alimentación, nada de eso, y tienen formación e información cero. No leen libros, pero tampoco diarios, ni revistas. Y eso es grave para la democracia. Porque, sin capacidad de discernir ni la menor riqueza conceptual, ¿con qué criterio votan?

–¿Diría que carecen de objetivos?
–No se perciben proyectos de vida. Sus únicos nortes parecen ser el dinero y la fama. Dinero rápido y fácil, pero improbable, y una fama ficticia. Porque si en cuatro meses allí encerrados no pudieron esbozar una charla o una actividad serias, ¿qué puede esperarles?

–¿Advirtió en ellos alguna preocupación dominante?
–Una, y muy grande: el cuerpo. El aparentar antes que el ser.

–¿Esperaba algún debate entre ellos?
–No demasiado. Mi generación se crió dentro de un intenso debate ideológico sobre el proyecto de mundo que queríamos. Deploro, claro, que a veces ese debate llegara a la violencia. Pero había una estimulación intelectual que ha desaparecido. Hoy, la única estimulación es producir necesidades, inventarlas, para generar más consumo. Si uno no tiene, no es. Y muchas veces, para ese tener y ser, se llega al delito. “Si no puedo comprarlo, lo robo”.

–¿Encontró, en ese sentido, algunas palabras que signifiquen más de lo que parecen?
–Sin duda. Una es nada, como remate de los diálogos. “Y eso, nada”. Es toda una definición de esa nada de la que venimos hablando. Otra es “¿Mentendés?”, dicho así, todo junto, que expresa la incapacidad de ser entendido: un reconocimiento de las limitaciones… Y hay una tercera: “Está todo bien, todo bien, todo bien”. Es tragicómico, ¡porque nunca está todo bien!

–¿Otro apunte, Pacho?
–Sí. Se habla del Gran Hermano como si fuera un buen tipo, cuando en realidad el Gran Hermano de 1984, la novela de George Orwell –gran metáfora contra el comunismo–, era un tirano llevado a la enésima potencia. Una especie de Dios invisible, que controlaba la vida y la psique de todos.

–Por fin, ¿le gustó o no Gran Hermano?
–Fui (y soy) parte del interés que suscitó. Es más: llegué a conocer a cada uno por su nombre: Osito, Damián, etcétera. Aunque uno pueda hacer un análisis diferente, ¿cómo no interesarse por un programa que ven millones?

–Pasemos al Capítulo Dos: Gran Hermano de Famosos. ¿Qué piensa?
–La sensación de sentirse Dios se acentúa. Una cosa es imaginarse así con Osito, y otra con una modelo, un campeón de boxeo, una ex pareja de Moria. Es otra chapa… Y también hay más posibilidades de que pase algo. Si con los anónimos te decepcionaste, con éstos tenés la esperanza de una revancha.

–¿A pesar de que estos famosos no sean de súper alto nivel?
–Bueno, que Amalia Granata cuente (o invente) que se acostó con Robbie Williams, que a una chica le haya pegado una cachetada a Tristán o que el Roña Castro confiese relaciones homosexuales, no son medallas de gran prestigio... Pero como son capaces de hacer algunas cosas extremas, renuevan el interés.

–¿Algún descubrimiento o teoría final?
–Sí. Estoy convencido de que si en cualquiera de las dos Casas (anónimos y famosos) hubiera relaciones sexuales a la vista…

–El rating rompería el techo…
–No. Todo lo contrario. Bajaría.

–Esa afirmación debe tener, no media: tres cuartos de biblioteca en contra…
–No crea. Porque siempre genera más interés, más curiosidad, más expectativa, más cosquilleo, lo que parece que va a pasar, que lo que pasa rotunda y explícitamente. Si lo que esperamos sucede, y sucede una y otra vez, es probable que el placer se convierta en tedio…

–¿La vieja afirmación de que una señorita excita más en lingerie francesa que tal como llegó al mundo?
–Ni más ni menos. Espiar, entrever, imaginar… Como bien dijo Freud, la escena primaria de un niño, su esencial curiosidad, es ver la escena sexual de sus padres.

–De paso, ¿cree que Gran Hermano tiene un contrato a perpetuidad, o que pasará, morirá y se olvidará?
–No. Creo que volverá. Tal vez dentro de dos o tres años. Pero volverá.

por Alfredo Serra
fotos: Alejandro Carra
 
   
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