Su gran obra.

 
En 1958 compró los terrenos de Punta Ballena y dos años después empezó a erigir Casapueblo (derecha). En 1994 inició un ritual que aún conserva: una oda a la puesta del sol en su terraza, un clásico de los veranos.
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Ayer y hoy, la misma pasión.

 
Nunca dejó de crear. Aún convaleciente, Páez Vilaró siguió pintando y escribiendo tanto en su atelier de Tigre como en el de Casapueblo.
 

 
El día que yo no esté, quiero que Casapueblo siga manteniendo su filosofía y le sirva a todo Punta del Este y al mundo como fuente de inspiración.
 
Carlos Páez Vilaró

“Para levantar mi paraíso, elegí Punta del Este”

A los 83 años, y recuperado de una delicada operación, el legendario artista uruguayo sigue creando en su casa-taller de Casapueblo, que comenzó a construir en 1960 y que continúa modificando todas las temporadas. “Me enamoré de Punta en 1958 y a partir de allí mi corazón no pudo apartarse más de ella”, reconoce el autor del logo que conmemora el centenario de la ciudad.
 
Nació en Montevideo en 1923, a los 10 años editó e ilustró su primera revista y a los 18 –con el título de dactilógrafo–, viajó a Buenos Aires, convirtiéndose en aprendiz de una imprenta. En los cuarenta regresó a su país, vivió en un conventillo y, motivado por el candombe, se acercó al arte. “Pinté en cartones, en lienzos, en tambores, escribí para comparsas, dirigí coros, actué en una murga…”.

Luego, enamorado de la cultura negra, resolvió hacer un largo viaje por el mundo, extendiendo sus inquietudes a la escultura, el cine, la literatura y los murales. De vuelta, se radicó en Punta Ballena, en las afueras de Punta del Este “donde –afirma– hallé mi lugar en el mundo. Con mis manos comencé a erigir una casa sobre los acantilados. Al mirar el infinito desde mi taller de la cúpula, soy feliz. Elegí esta lugar para levantar mi paraíso, y no me equivoqué”, confiesa Carlos Páez Vilaró, que retorna al lugar de sus sueños tras de una operación de corazón.

Hace menos de un mes volví a Casapueblo. Sin embargo, no dejé de pintar en mi casa de Buenos Aires, en Tigre. Y si pude fue porque me sentí cuidado por mi esposa Annete, los médicos, mis amigos y mi familia. Y porque no puedo dejar de crear. Recuerdo algo que sostenía Pablo Picasso, uno de mis pintores favoritos: ‘La cultura abre la mente de todos’. A mí el arte me ayudó a estar vivo y a recuperarme en los momentos más difíciles. El arte y mis hijos, mi mujer y mis nietos, que son la fuente de inspiración de todas mis obras”, resume.

–¿Cambió la estética de sus obras con los años?
–No, yo siempre le fui muy fiel a mi estética. El tema afro-uruguayo es el que siempre me motivó. Mis obras se refieren a juegos, abstracciones, collages, animales, mujeres, tango, comparsas y bares. Siempre intenté buscar una obra de arte en cada cosa que hice, aunque aún no sé si la he encontrado.

–¿Dónde aprendió a pintar?
–En ningún lado. Fui un autodidacta en todo. Nunca me adapté a ninguna regla. Al ser tan libre, logré mi propio estilo. El obstáculo era mi mayor estímulo. Hoy, tras haber realizado más de 150 exposiciones personales en todo el mundo y participado en varias colectivas –más de 20 murales y más de 4.200 cuadros–, puedo decir que me siento un artista.

–¿Y qué opinaron grandes como Picasso, Dalí y Warhol cuando tuvieron la oportunidad de ver sus obras?
–Ellos fueron bien generosos conmigo. En la época en que daba mis primeros pasos como artista fuera del Uruguay me animaron, alentaron y estimularon en todo momento para que siguiera produciendo. Gracias a su apoyo y el de críticos como Jean Cassou mi obra llegó a exhibirse en París, Londres y Washington.

–¿Por qué abrió un museo? ¿Para mostrar sus obras o…?
–Para compartirlas. Me había enamorado de Punta en 1958, cuando hice mi primera muestra internacional. A partir de allí mi corazón no pudo apartarse más de ella. Pronto, en 1960, inicié la construcción de mi casa en Punta Ballena. Pasa que me pareció un poco egoísta tener Casapueblo y no compartirlo con nadie. Entonces decidí abrir mi propio museo, para tratar de incentivar el interés cultural de la región. Hoy acá, a apenas quince minutos del centro, tengo mi casa, mi museo, mi taller y mi hotel que no cierra nunca. Las puertas permanecen abiertas los 365 días del año, de sol a sol. Vienen a mi museo más de 60 mil personas al año, y de todas partes del mundo.

–¿Recuerda cómo nació el tan famoso ritual que repite cada atardecer en la terraza del museo?
–Fue en 1994. El sol es fuente de energía, respeto y afecto; una energía que no deja de sorprenderme jamás. A partir de aquel momento pensé repetir a diario ese momento emotivo en que todos hacen silencio y sólo se escucha el poema que escribí y le dediqué al sol. De allí que, cuando yo parta, deseo que Casapueblo siga manteniendo su filosofía, y le sirva a toda la gente de Punta del Este y del mundo como fuente de inspiración, que no pierda su energía, porque Casapueblo es el reflejo de mi propia vida.

por Pablo Procopio
fotos: Alejandro Carra y archivo Atlántida.
 
   
Comentario
De: silvia
Publicación: 13/11/12
recomendar, saludar
maravilloso privilegio de haber compartido en CasaPueblo la ceremonia del sol y poder saludar a este hombre tan creativo y generoso ! desde la Patagonia Argentina no puedo mas que felicitar y recomendar este lugar a todos los que puedan hacerlo! magico y emotivo, muchas gracias Don Carlos!
Chapita
 Chapita
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Chapita