Lunes 12 de marzo, cuatro y media de la tarde. Avanza por el pasillo y entra
en el luminoso living de ese quinto piso, letra A, de Santa Fe al mil
seiscientos, donde vivió, como en Olivos y en la Casa Rosada entre el 10 de
diciembre de 1983 y el 8 de julio de 1989, las pugnas, las batallas, los
peligros, las alegrías, los tragos amargos y el eclipse de su presidencia.
–Perdonen… perdonen… Me quedé dormido…
–Nada que perdonar, doctor. Y feliz cumpleaños…
–Gracias, gracias. Es que ha sido un día muy agitado, ¿sabe? El teléfono
no para de sonar…
Caminamos cinco pasos hasta el comedor.
–Envidiable biblioteca…
–Y la tengo ordenada, por suerte. Porque llegó un momento en que no encontraba
nada. Pregunte…
–Muchos argentinos –tal vez algunos millones– reconocen que le deben
mucho. ¿Siente que le pagaron, o la deuda sigue abierta?
–No creo que me deban, no… Tampoco sé si todos me quieren, desde luego. Pero
noto, eso sí, respeto. En los lugares públicos recibo saludos casi afectuosos, o
por lo menos, respetuosos. Lo importante (pausa)…
–¿Decía?
–Lo importante es haber llegado a los ochenta sin odios, sin rencores, con
balances que siempre parecen deficitarios porque nunca se lograron los
objetivos, pero llenos de episodios alegres, aunque también de tristezas, de
logros… ¡y de fracasos!
–¿Cuál es el cielo (o el infierno) de esos balances?
–Que la gente piense la verdad. Una sencilla verdad…
–Confiésela. Tal vez estoy frente a una primicia…
–Que soy una buena persona que hizo lo posible.
–Tal vez, con un atenuante: le tocó bailar con la más fea.
–Muchos presidentes dicen lo mismo, pero en mi caso es terriblemente cierto.
Llegué al gobierno con default. Tuve que luchar contra el Fondo
Monetario, que nos tenía muy apretados, pero yo me negaba a aceptar su receta,
que era absolutamente recesiva. Los precios internacionales de nuestras materias
primas estaban por el suelo. Si hubieran sido los precios de hoy…
–¿Otro gallo cantaría?
–¡Todavía habría un radical en la Casa de Gobierno!
–Bueno, muchos radicales están muy cerca de esa casa. Mire el caso de
Catamarca. Es evidente que el Gobierno de Kirchner los busca, y por algo será…
–Sí, es cierto. Pero esos radicales, lamentablemente, están equivocados.
–Lo llevo al pasado. A los 18 años, en Chascomús, subió por primera vez a
una tribuna política. ¿Qué recuerda?
–Que… ¡me temblaban las piernas! Hablaba Ricardo Balbín, nada menos. Yo sabía mi
discurso más o menos de memoria, y salió bastante bien. Pero mire qué curioso:
desde ese día nunca leí un discurso. No los escribo: los pienso, anoto algunas
ideas, agrego bastante en el momento, y más o menos, después de tantos años de
oficio, me manejo…
–¿Cuándo supo que lo esperaba un gran destino?
–Mientras fui diputado provincial, y sin ser más inteligente que otros
políticos, me destacaba por mi capacidad de estudio, que se prolongaba incluso a
los sábados y domingos. Sentía que algún destino importante me esperaba, sí.
Pero la seguridad de que sería presidente de la Nación la tuve en un acto en
Oberá, Misiones. Para entonces llevaba dos años trabajando, y había recorrido
dos veces el país, de punta a punta… Aquel acto, lo mismo que otro en Santiago
del Estero, fueron enormes, impresionantes. Y, por supuesto, lo confirmé con ese
millón de personas en el Obelisco, cuando el cierre de campaña. Mi mujer todavía
tiene guardada la revista GENTE dedicada a mi asunción…
–Récord absoluto de venta en nuestros casi cuarenta y dos años de
historia.
–Caramba, no lo sabía… Bueno, en todo caso, fue un homenaje a la democracia, que
fue –y es, porque no estoy retirado– el sentido de mi vida.
–Le cuento una historia poco conocida. Una vez Perón, en Madrid, les
preguntó a sus amigos cómo andaba la oposición, y les dijo que tuvieran cuidado
con un muchacho de Chascomús… usted, claro. Alguien le dijo que los radicales no
eran de temer, que eran todos guitarreros. ¿Sabe qué contestó Perón? “Sí…
Pero ese de Chascomús… ¡toca la guitarra eléctrica!”
–(Risa a todo vapor) ¡Muy de Perón!
–Siempre en la línea del balance, ¿de qué está orgulloso?
–En el campo social, y ante el grave problema de los precios, acertamos con el
PAN, el Plan Alimentario Nacional, que le dio comida
complementaria a más de cinco millones de personas. También acertamos con el
Plan de Alfabetización (usted no se imagina la cantidad de analfabetos
funcionales que hay en el país…), premiado por las Naciones Unidas. También
fuimos el gobierno que más profesores designó, y la Universidad volvió a los
días de la Reforma. Pero…
–…a la hora de los aplazos…
–Fracasamos en la puesta en marcha del Seguro de Salud, por la oposición
de la CGT. Otra en contra fue la Ley Mucci: perdimos ¡por un voto!
Era la representación de las minorías en los sindicatos, que permitía separar
los fondos de las obras sociales de los fondos sindicales específicos. Algo que
hubiera sido muy importante. Otro fue el proyecto de traslado de la Capital a
Viedma…
–Al frío, al Sur, al mar, como dijo usted…
–Nunca supuse que el peronismo, que la había votado, la derogaría. De haberlo
sabido, ¡me hubiera ido al Sur aunque fuera en carpa!
–De golpe, en vez de hablar de sentimientos, de sus ochenta años,
etcétera, estamos hablando de política pura…
–¿Qué otra cosa podía esperar de mí? Sigo… En materia de precios
internacionales, no pude manejar los intereses espantosos que nos cobraban. Hoy,
la tasa Libor está en el cinco y medio por ciento, pero yo la tenía al
doce, al trece, y los fondos que necesitaba tomar el país, ¡al veinte por
ciento! Todo cambió de modo abismal…
–Pero aun si todo fuera olvidado, la Historia no olvidará el juicio a las
Juntas militares.
–En eso no me equivoqué. Nadie –pero nadie, nadie– suponía que yo tenía la
fuerza para procesar a esos jefes militares y a otros dos mil uniformados. Pero
ya ve…
–Enfrentó a enemigos poderosos: los militares, el PJ, el sindicalismo…
¿Tuvo miedo de que lo mataran?
–Miedo de morir, no. Pero la posibilidad de un golpe militar estaba latente, y
yo sólo tenía a mi lado la fuerza del pueblo. Sin embargo, hubo planes para
matarme, y aunque no lo crea, no vinieron del peronismo ni de los militares.
–¿De dónde, entonces?
–Le reservo la respuesta a la Historia.
–¿La Ley de la Patria Potestad y la Ley de Divorcio le crearon problemas
con la Iglesia?
–Sin duda. Pero no hice otra cosa que modernizar la sociedad y atender un
problema evidente. Y no hubo tal explosión, como se vaticinaba. No pasó nada….
–¿Por qué se niega a escribir sus memorias? Escribió nueve libros, pero
ninguno recoge las cosas del alma…
–¡Porque todavía tengo ganas de seguir adelante! Vea: el miércoles que viene, 14
de marzo, presento otro libro: Fundamentos de la república democrática, basado
sobre treinta clases que di en la Facultad de Derecho de la UBA. Ya me imagino
los comentarios de los académicos: “¿Qué hace este político metido a profesor?”.
Pero bueno…
–Si no lo hiciera, no sería Raúl Ricardo Alfonsín…
–Es posible.
–Usted hizo el secundario en el Liceo Militar. ¿Cómo eludió el sesgo
autoritario de ese tipo de enseñanza?
–Porque tuve profesores como José Luis Romero, muchos del Colegio Nacional de
Buenos Aires, y hasta el director de entonces, el coronel Florit, que de ninguna
manera impartían un mensaje antidemocrático, a pesar de que eran los días de la
Segunda Guerra Mundial, que marcó a todos los de mi generación: los
nacionalistas eran germanófilos, y los democráticos, aliadófilos. Tanto, que vi
a Perón como un hombre del fascismo, olvidando que hizo una tarea social
importante, sobre todo después de diez años de fraude conservador. Quizá por eso
permanece en el pensamiento de la gente, y el peronismo tiene un voto cautivo
muy importante.
–¿Qué pasó con el partido radical? Ciento quince años de historia, y este
triste presente…
–Fue un conjunto de problemas. Sobre todo, las enormes diferencias entre los
componentes del gobierno de la Alianza. Además, los mercados no hubieran
tolerado algunas medidas que se proyectaban. Por ejemplo, salir de la
convertibilidad: ese uno a uno que ahogaba la economía del país. Como le digo,
algunas medidas lesionaron la credibilidad del radicalismo, y hoy estamos
sufriendo las consecuencias. No hay en el partido grandes referentes, y por
segunda vez sufrimos una crisis. La primera fue en la revolución del 43: la
mayoría del Senado estaba formada por radicales que se fueron al peronismo…
–La historia se repite…
–Pero sufrimos menos que hoy, porque ahora no tenemos las figuras de entonces:
Balbín, Frondizi, Illia, Larralde… Podría nombrarle decenas. Nos va a costar
tiempo salir de esta crisis y volver a aquellos días.
–¿Insistirán en una alianza?
–Hoy, el centroizquierda necesita alianzas para superar a la derecha. Pero
alianzas sobre bases doctrinarias fundamentales. No tiene sentido decir “Todos
tenemos que aliarnos contra Kirchner”, porque Kirchner tiene cosas muy
malas, pero también cosas buenas. Malas, los decretos de Necesidad y Urgencia,
que lesionan al Congreso y a la República, y la nueva formación del Consejo de
la Magistratura, que permite bloquear cualquier jury de enjuiciamiento y digitar
la designación de jueces. Pero insisto: no es cuestión de juntarse contra, y
porque sí. Tiene que haber cierta homogeneidad…
–¿Por ejemplo?
–Sería bueno que los socialistas se unieran a nosotros, pero… Algunos se han ido
con el Gobierno, y otros todavía no están decididos.
–¿Está totalmente retirado de la política, doctor?
–No. Me consultan amigos, y sobre todo la juventud. Pero no quiero aparecer como
un factor determinante.
–¿Qué mundo aparece ante sus ojos?
–Un mundo tremendamente peligroso: guerras, terrorismo… Pero no la que viví de
joven. Esta es una guerra sin territorio, sin tiempo, sin códigos humanitarios.
El ataque de los Estados Unidos a Irak con argumentos –hoy lo sabemos– falsos.
Proliferación de la bomba atómica. Un mundo muy negativo… Pero muy positivo para
la Argentina, gracias a la fuerte presencia de China e India en el mercado, que
hizo subir los precios de nuestras materias primas a niveles extraordinarios. En
mi tiempo, esos países no pesaban en la economía mundial. Dependíamos de las
compras de Europa y de los Estados Unidos, este último con una política de
subsidios que tiraba abajo nuestros precios, y tasas de interés altísimas. Sin
contar todo lo que, desgraciadamente, empezó con Martínez de Hoz…
–¿Le preocupa Hugo Chávez?
–El país puede estarle agradecido. Salvó a Sancor, compra maquinaria
agropecuaria, compra bonos (aunque al 9 por ciento: no es un regalo…). Pero son
inaceptables sus superpoderes, su voluntad de reelección indefinida, su sesgo
monárquico.
De pronto, hacia las seis de la tarde, descubro algo. Que Raúl Ricardo
Alfonsín ni siquiera en el día de su 80º aniversario –un día en que cualquier
hombre puede retroceder hasta su infancia, sus profundos afectos, sus
sentimientos, sus recuerdos de pueblo, patio y parra–, abandonó su casi salvaje
vocación política. Apenas se permitió un agradecido recuerdo para sus padres,
una referencia al asma que lo ató a la cama y a la lectura, a su primera
escuela, a su habilidad ante el frontón, paleta en mano, y a sus remotos días de
pupilo en el Liceo Militar: “Salía los sábados al mediodía y tenía que volver
los domingos a la noche, todo en el ómnibus 66, que hacía Constitución-San
Martín”. En cuanto a la pregunta de rigor (“¿El día más feliz de su vida?”),
dijo:
–No fue el día de mi asunción como Presidente. Fueron horas de mucha
responsabilidad, mucho nervio, mucha gente y poca reflexión.
–¿Y el más triste?
–Cuando decidí irme del Gobierno. Pude evitarlo, sí. Pero hubiera puesto en
riesgo a la democracia. Había carapintadas en las unidades básicas, operaba el
nacionalismo más rancio del país, los Estados Unidos subieron la tasa de interés
(algo que nos costó cientos de millones de dólares), y habíamos soportado trece
paros generales. Saúl Ubaldini, pobre… Al final fuimos amigos. Lo llamé, ya casi
en su agonía, y me dijo que estaba arrepentido.