Blumberg hoy. En pie desde las seis de la mañana hasta, a veces, medianoche.
Más carpetas, más papeles, más denuncias. Mantiene, en su corbata y en su
solapa, el eterno luto por Axel. Basta un dato revelador para definir su
trabajo: al empezar esta entrevista apagó su celular, y al terminarla, una hora
y media después, la pantalla registraba 39 llamadas, no precisamente de tipo
social (almuerzos, desayunos de trabajo, brindis).
–Han vuelto los secuestros, la inseguridad crece, pero la sociedad no
reacciona. Parece anestesiada. Coincide con esta sensación?
–Totalmente. Lo más sagrado que tiene el hombre es su libertad, y por eso en
cualquier país civilizado un secuestro es un gran escándalo. Pero aquí, ante el
mismo delito, la gente dice: “Bueno, pero fue un secuestro express, el tipo
apareció enseguida, no pasó nada”. Es terrible…
–Lo peor que tiene el escándalo es que uno se acostumbra, dijo Simone de
Beauvoir, la mujer de Sartre…
–Es cierto. Tristemente cierto. Además, nadie se imagina la cantidad de
denuncias que nos llegan a la fundación, y que no se publican en la prensa.
–¿La provincia de Buenos Aires sigue a la cabeza de la estadística?
–Ampliamente. Allí sucede el ochenta por ciento de los delitos. En la
Capital, el diez, y el otro diez se reparte en el resto del país.
–¿Estuvo cerca del caso de Luis Orsomarzo, el empresario secuestrado
durante veintiún días?
–Más que cerca. Gabriel Orsomarzo, el hermano, me llamó mientras yo volaba de
Buenos Aires a Nueva York para seguir después a Corea, invitado por la
Federación Internacional de la Paz. Le pregunté si había hecho la denuncia a la
Policía y a la Fiscalía, y si ya estaban intervenidos los teléfonos.
–¿Respuesta?
–¡Increíble! Le dijeron que hasta que los secuestradores no llamaran para
pedir el rescate no se podían intervenir los teléfonos. “Llame a la prensa,
haga lío, obligue a la Policía a moverse”, le aconsejé. Después hablé con
Mauro Viale, y a Aníbal Fernández, el ministro del Interior, le dije: “¡Métanse
ustedes!”.
–¿Sospechó irregularidades?
–Sí, pero hubo más de las que me imaginé. La Policía cambió de lugar tres
veces a la familia de Orsomarzo: prácticamente la dispersó. Les mandaban una
psicóloga para que los instruyera acerca de cómo hablar con los secuestradores,
pero después iba otra psicóloga y les cambiaba el libreto. Un jefe policial le
dijo a Gabriel, uno de los hermanos de Orsomarzo: “Hay que ver de qué se
trata, porque tu hermano era un tipo muy perseguido en Entre Ríos”. Gabriel
estalló: “¡No diga estupideces! ¡Mi hermano no conoce Entre Ríos!”.
Además, en los veintiún días que duró el secuestro no aparecieron ni León
Arslanian, el ministro de Seguridad de la provincia, ni Felipe Solá, el
gobernador.
–¿Qué más hizo usted?
–Lo llamé otra vez a Aníbal Fernández y le dije: “Aníbal, esto es un
desastre”. Entonces me citó: “Juan Carlos, venga a verme el martes a la
mañana”. Fui y le expliqué, una por una, todas las irregularidades del caso.
Finalmente llegó una prueba de vida –una carta manuscrita–, y los secuestradores
empezaron a apurarse: “Bueno, junten cien lucas y terminamos”, dijeron.
La familia les informó que sólo tenían 84 mil. “Está bien, adelante… Si les
falta guita, ¡que la ponga Blumberg!”, dijeron. El resto fue una odisea, una
novela…
–Cuente…
–Los hicieron ir con la plata a la playa de estacionamiento del Carrefour
de Avellaneda. De allí, siempre en tren, a Temperley, Constitución, Ezeiza. Al
último tren se le rompió la máquina, y vuelta a empezar. Constitución, Retiro,
tren a Pilar (el de las 7.28), ¡y otra vez se rompió la máquina! Tercer intento:
hospital Posadas, la villa Carlos Gardel, un nuevo fracaso (las partes se
desencontraron), y por fin, autopista a La Plata, parada en Ezpeleta, “¡Tirá
la guita detrás del alambrado!”, y final. Eran, está claro, profesionales.
Lo tuvieron siempre vendado, atado a la cama con cadenas, una radio a todo
volumen, el baño era un tacho junto a la cama, casi no le hablaron, y cuando lo
hicieron, deformaron la voz.
–¿A quiénes apuntan sus sospechas?
–Por el modo de actuar, creo que puede ser la misma banda que secuestró a
Patricia Nine.
–Además de los secuestros, ¿qué otro tipo de delitos va en aumento?
–Los asaltos a gente mayor y ancianos. Desde el año pasado tenemos registrados
1.118 casos, y 58 de los asaltados fueron asesinados.
–¿Cómo operan esos delincuentes?
–De muchas maneras. Por ejemplo, para una camioneta frente a una casa que ya
tienen marcada. Bajan dos o tres con un martillo neumático, rompen la vereda,
les dicen a los dueños de casa que hay una pérdida de gas, entran y… bueno, ya
se imagina. La estadística, como de costumbre, la encabeza la provincia de
Buenos Aires, con el 75 por ciento de los casos…
–¿El 911, el número telefónico de pedido de auxilio policial en la
provincia de Buenos Aires, funciona?
–No a nivel diez puntos. Entre seis y siete, digamos. Pero le cuento otros casos
espeluznantes. A Pablo Cascio, un empresario, en 36 días… ¡lo asaltaron cuatro
veces! Después de uno de los atracos hizo la denuncia y le dijo a la Policía que
los ladrones se habían refugiado en una villa. Respuesta del oficial que lo
atendió: “A la villa no entramos. Además, si los detenemos, el juez o la
jueza los liberan enseguida”.
Otro: el martes 20 de junio, a Claudio Troncoso, en Carapachay, lo mató de un
tiro un chico de diecisiete años… que hasta el domingo 18 de junio estaba preso,
y fue liberado por una jueza. Otro: a Juan Cruz Babbini lo mató Norberto Osvaldo
Bojas, de 19 años, que estaba en libertad condicional para ir al colegio, tenía
una pulsera con chip de monitoreo electrónico, pero casi no iba a clase… ¡y
salía todos los días a robar! Así están las cosas: nadie controla nada, y sigue
muriendo gente…
LA REFORMA PENAL. Blumberg esgrime ahora una carpeta. Está entre
furioso y abatido. “En la tercera marcha pedimos una reforma integral del
sistema penal. Una reforma moderna y coherente con los tiempos que corren, y dos
años después… ¡mire la respuesta!”, dice. La respuesta es el proyecto de
reforma del Código Penal creado por el Ministerio de Justicia y
presentado por Alejandro Slokar, secretario de Política Criminal y
Penitenciaria.
–¿Qué objeta de ese proyecto, Blumberg?
–¡Todo! Es la glorificación de una ideología que juzgó, por ejemplo, que la
violación con sexo oral… pero con la luz apagada, ¡no es delito! En cuanto leí
el proyecto hablé con los Fernández, Aníbal y Alberto, con palabras muy fuertes.
Me dijeron que el proyecto no era del Gobierno. ¿Ah no? ¿Y a Slokar quién le
paga? ¿Las Naciones Unidas o el contribuyente argentino?”, repliqué. ¿Se da
cuenta? Junté cinco millones y medio de firmas de argentinos aterrados por la
inseguridad, que pidieron leyes más duras, y la respuesta fue una burla a la
voluntad popular.
–¿Cuáles son, a su juicio, los puntos más conflictivos del proyecto?
–Todos. Se elimina la reincidencia como agravante, a contramano de todos los
códigos del mundo civilizado. El secuestro extorsivo pasa a ser privación ilegal
de la libertad, y la pena, hoy de diez a veinticinco años, se reduce de cuatro a
quince años. En materia de violación ¡se elimina el agravante por muerte de la
víctima! Se elimina el delito de corrupción de menores y, como agravante, el
delito cometido con menores. Si un robo se comete con un arma de juguete, de
utilería, o real pero descargada, la pena es menor, aunque la víctima, aterrada
ante la vista del arma, muera de un ataque al corazón. Y no es todo: se reduce
la pena por acopio de armas y municiones (algo que muchos países ya consideran
como terrorismo), y se legaliza la tenencia y fabricación de droga para uso
personal. ¡Es de locos!
–Respecto de la vida interna en las cárceles, ¿qué está pasando?
–Desde la fundación habíamos logrado, a través de iniciativas privadas, que
más de un treinta por ciento de los presos trabajara. En todo el país hay,
ahora, sesenta mil. Se organizaron panaderías, criaderos de cerdos y de aves,
talleres de chapa y pintura, zapaterías que fabrican borceguíes para las fuerzas
de seguridad, y centros de recarga de cartuchos para computadoras. Por supuesto,
pagándoles a los presos y con beneficio económico para las cárceles. Pero todo
se fue al diablo…
–¿Cómo y por qué?
–De la noche a la mañana, un funcionario recién nombrado paró todo, despidió a
los privados que llevaban adelante el sistema y lo que tanto había costado se
esfumó. Pero no es lo peor…
–¿Qué es lo peor?
–El problema de la minoridad y su falta de tratamiento integral. Para
discutir esa cuestión trajimos especialistas de todo el mundo y presentamos
catorce proyectos, que siguen durmiendo en los cajones del Congreso, porque en
el Congreso no se habla de otra cosa que de las elecciones. En Chile, bajo el
gobierno de Ricardo Lagos –un gobierno de centro izquierda–, la imputabilidad de
los menores se bajó a catorce años, y se sancionó una Ley Penal Juvenil que,
según la gravedad del delito, permite que un menor cumpla una condena de hasta
doce años. En la Argentina, en cambio, según el proyecto de reforma, el menor de
dieciocho años es inimputable. Si un día antes de cumplir esa edad mata, viola,
secuestra, asalta, no es punible. Este proyecto de reforma penal es un
zafarrancho. ¡Lo escribieron los presos!
–¿La Policía de la Provincia de Buenos Aires está más activa, más eficaz?
–No. Está de brazos caídos. ¿Sabe por qué? Por las purgas indiscriminadas de
Arslanian. Porque cuando se da de baja a jefes atorrantes, los policías honestos
lo celebran, pero cuando caen jefes honestos, cunde el temor: “Por las dudas
me quedo quieto”, piensa el policía decente.
–Blumberg: ¿cree que hay motivos para que usted llame a una nueva marcha
de protesta, o ese mecanismo está agotado?
–Todos los días, por teléfono, por mail, por cualquier medio, la gente me
pide una nueva marcha contra la inseguridad, contra las aberraciones de la
Justicia, contra todo lo que está pasando. Y todos los pedidos llevan siempre la
misma pregunta: “Blumberg, ¿para qué sirvieron nuestros cinco millones y
medio de firmas, nuestras marchas, nuestras velas encendidas, nuestras
oraciones? ¿Para qué?”.