una espera de más de veinte años

Marley: “Al escuchar el corazón de mi bebé, supe que ser papá fue más que un deseo”

Mirko, su primer hijo –que lleva diecisiete semanas de gestación–, nacerá el 8 de noviembre en Chicago a través del método de maternidad subrogada: del vientre de una mujer negra y el óvulo de una joven rusa. A los 47, “ya maduro y más valiente”, la figura de Telefe y NatGeo comparte con GENTE los detalles íntimos de una espera de más de veinte años.

06/06/2017

Actualidad

Tenía 27 años y una convicción que le ganaba a cualquier miedo. Tipió “cómo ser papá solo”. Y por esas cosas del ciberespacio –y “mucho de destino”– descubrió Growing Generations, una agencia de maternidad subrogada y donación de óvulos con sede en Los Angeles, Estados Unidos. Porque como cuenta, “durante toda mi vida supe con total claridad que sería padre, pero no de qué manera”. Se contactó. Recibió brochures con la propuesta. El médico americano con el que mantuvo la comunicación telefónica de más de una hora, cerró la charla diciendo: “Cuando estés listo, comenzamos”. Y Alejandro “Marley” Wiebe (47) tardó casi veinte años.

–La primera pregunta sería: “¿Por qué esperaste tanto?”. Pero te imagino tan chico y pienso: ¿quién te acompañó en ese primer paso?
–Todos sabían de mi deseo, pero mantuve la intención muy discretamente. Jamás les mencioné nada a mis padres. Yo creo que me cohibí por inmadurez. En ese entonces viajaba mucho, vivía experiencias muy extremas y, primero, necesitaba sentir que tenía una carrera más sólida (en 1997 participaba de Teleshow, Canal 13). Era lógico: entre los 30 y los 40 uno trata de encontrar su lugar en la vida.

–¿Ninguna pareja logró jamás acelerar la decisión?
–Tampoco. Las veces que he estado en pareja siempre planteé muy claramente: “Mi objetivo es ser papá”. Pero nunca hubo coordinación de deseos: a veces, los integrantes de una pareja no se encuentran atravesando la misma etapa... Entonces, a pesar del miedo a que se me pasaran los años, me dije: “A esperar un poco más”.

–Hasta que...
–Franco, un amigo mío que recurrió al mismo método y hoy tiene dos hijos, me dijo: “Si estás esperando que caiga un rayo de luz y una voz te diga ‘hijo mío, ha llegado la hora’, estás equivocado. El momento perfecto es tu creación: vas a saber adaptar tu tiempo y tu trabajo a la llegada de un bebé”. Así solté el miedo y me animé.

–Pero debe haber una chispa que encendió el fuego. ¿Cuál fue el instante en que dijiste ‘aquí voy’?
–Fue a mediados de 2015. Una tarde en la que había llevado a mis sobrinos Ulises y Felipe –en ese entonces 4 y 2 años, hijos de mi prima– a Holyday on Ice. Mientras estábamos en el auto llamó Fede (Hoffmann) y le pedí, por lo bajo, que fingiera ser Mickey Mouse antes de ponerlo en speaker. Los chicos tienen ese modo de observar y leer la realidad tan maravilloso, esa energía y ese amor
tan único, que la conversación entre ellos me tocó el alma. Pensé: “¡Yo quiero esto y ya no voy a esperar más!”.

–¿Entonces?
–Saqué un pasaje. El 26 de agosto (de 2015, al finalizar el ciclo Elegidos, por Telefe) viajé a Los Angeles. Ese vuelo me quemó la cabeza. Estuve dieciséis horas pensando: “¿Cómo voy a hacer? Tengo que poner barandas en la escalera, ¡bah en realidad tengo que cambiar toda la casa!”. Claro, yo, muy ingenuo, creía que todo esto era cuestión de nueve meses...

–Así comenzaba la primera etapa.
–Me recibieron el médico y las enfermeras. Luego vino una seguidilla de citas. Tuve una charla con psicólogos, otra con abogados –por los términos legales–: contratos y condiciones. Y la última, para constatar tu solvencia, con los administradores, por temas financieros. Porque para iniciar el proceso, ellos deben contar con un fondo fijo del que ir descontando los gastos que se vayan sucediendo. Hoy llega a mi celular el resumen casi diario del detalle: desde medicamentos hasta la ropa de embarazo que se compra la carrier (como llaman a la mujer que
presta el vientre).

–Y, claro, el momento clave...
–¡Mi parte! (se ríe) Llegué a una sala de espera, en la que me sorprendió la cantidad de matrimonios que iban en busca de su segundo o tercer hijo después de experiencias de embarazos poco felices. Me hicieron pasar a un cuarto blanco. Había una pantalla increíble, con opciones digitales de material de estímulo (vuelve a reír) y una cheslong con funda descartable. ¡Todo era tan genial que hasta me saqué una selfie como recuerdo! (más risas).

–¿Qué pasa después?
–La segunda etapa comienza cuando te dan una clave de acceso al sistema, para la elección de la mujer donante de óvulos. En las fichas de cada candidata figura desde su nivel de estudios hasta su rutina diaria. Te describen su historia clínica y la de todo su árbol genealógico, con un mapa genético muy completo, que informa de las afecciones a las que el bebé podría ser proclive. Además, se publican fotografías de cada integrante de su familia.

–¿Cuánto tiempo demoró la elección?
–Un par de semanas. El primer intento fue fallido. Elegí a una mujer que ya había tenido tres experiencias con este método. Obtuvieron siete óvulos, pero se perdieron todos. Me explicaron que la estimulación hormonal muchas veces va debilitando las probabilidades en las donantes. Fue una gran desilusión y me desanimé. Pensé: “¿Será una señal de que no debo hacerlo?”.

–¿Quién te contiene en esos casos?
–Un acompañante de proceso, que te asigna la agencia y se dedica al seguimiento personalizado. La mía es Jessica, una chica muy amorosa que también se ocupa de un matrimonio francés. Fue ella quien me llamó a las horas para decirme: “¡Ale, encontramos a la persona para vos!”. Se trataba de una siberiana de 26 años, que acababa de inscribirse como donante por primera vez en su vida. Es encantadora.

–¿La ley no impide el contacto con la donante?
–Sí. La nuestra fue una excepción, a raíz de un susto. Durante los exámenes médicos en Florida, donde vive, a la rusa (N.d.R.: así la llamaremos con cariño) le salió positivo para hepatitis. Imaginate mi decepción: ¡uy, empezar otra vez! Pero enseguida me llamó el médico para tranquilizarme. Me explicó que, de ser así, podían aislar al óvulo. Minutos después me informaron que la rusa, que estaba en Siberia por vacaciones, había repetido estudios y se trataba de una reacción por los anticuerpos de la vacuna. La ley exige que, por aquel positivo, clie te y donante debían entrar en contacto a modo de “certificación de constancia”. Entonces nos pusieron en contacto vía Skype. La rusa en Siberia, yo en el Tigre, y la gente de la agencia grabando la conversación desde Los Angeles. Debíamos vernos y hablar durante diez minutos de cronómetro (se ríe).

–¿Qué se dijeron?
–No dejamos de piropearnos (otra vez risas). Le expresé: “Quiero decirte que realmente sos muy linda”. Ella me respondía: “Vos también me gustás mucho”. Morimos de risa, porque parecía uno de esos realities de parejas. ¡Al final, los pibes terminaban íntimos y tenían cinco hijos más! (risa nuevamente). Hablamos mucho de la vida. Me contó que, con su novio, tenían planes de ser padres y que finalmente se habían separado. Que tenía muchas ganas de ser mamá, pero mientras tanto, prefería hacer feliz a quien pudiera ayudar. Así que lo que comenzó como una mala noticia, terminó en un vínculo lindísimo...

–...que podría resultar un peligro...
–Es difícil a nivel legal. Ella me dijo: “Yo preferiría no volver a ser contactada. Pero en caso de que tu hijo tuviese algún problema y la única solución estuviera de este lado, quiero que sepas que contás conmigo”.

–¿Cuántos óvulos obtuvieron esta vez?
–De catorce quedó uno. Algo que me preocupó, porque a mi amigo le habían quedado 16. Me dije, desanimado: “No tengo margen de error”. El médico me tranquilizó: “Tengo un nivel de éxito del 75 por ciento. Teneme confianza y hagámoslo ya”. El mismo día que me llamaron para decirme que todo había salido bien, me confirmaron que mi hijo será varón.

–¿Hasta entonces habías tenido preferencia sobre el sexo del bebé?
–En realidad, yo fantaseaba con que fuesen dos: nena y nene, porque en este tipo de procedimiento la probabilidad es alta. Pero al quedarme con tan sólo un embrión en el segundo intento, entendí que no sería tan fácil. Sentí que el destino, Dios, la Naturaleza o quien fuese, me decía: “Vamos por uno, experimentá y curtite; luego veremos”. Así que si todo va bien, me gustaría ir por dos más.

–Volviendo al procedimiento: estabas entrando en la tercera etapa.
–¡La búsqueda de la subrogante! Esa es tarea de la agencia. Llevó dos meses más encontrar a la persona (N.d.R.: que ya debe haber sido madre). En noviembre (de 2016), Jessica me confirmó que se trababa de una chica de color, de 25 años, casada con un hombre blanco de 28, con quien ya tenía dos hijos, de 4 y 3 años. Fue algo instantáneo: me fascinó desde que conocí su historia.

–Con ella sí debés mantener un vínculo fluido.
–¡Claro! Estás obligado a conocerla. Hicimos un skype y pegamos súper buena onda, porque es como yo: todo le provoca risa. Charlamos los tres, con su marido, algo más serio. Me contaron que será la primera vez que experimenten este método. Después de la primera comunicación, cada una de las partes debe votar por “aprobado” o “no aprobado”. Al instante de cortar, envié un mal diciendo: “¡Me encanta!”.

–Y se conocieron...
–Al término de todos los tests que le hacen a ella y a su marido, y varias reuniones contractuales con el departamento legal. Recién viajé a Wisconsin, donde viven, la primera semana de enero (de 2017). Otra vez solo, a pasar un día con ellos. Les llevé dos tractores a los chicos, que al principio me miraban como diciendo: “¿Y éste quién es?”. Pero después nos divertimos y hasta salimos
a cenar. Ella no tenía WhatsApp, así que se lo instalé y le enseñé a usarlo. Ahora estamos todo el día conectados. Hoy me decía: “¡No puedo comer nada de lo que acostumbro, porque parece que a tu hijo no le gusta!”. Así que está cambiando su dieta.

–¿Cuándo implantaron el embrión?
–A mediados de febrero, en California. Su marido me grabó un video del monitor en ese momento, con la explicación del médico paso por paso. Luego fueron dos semanas de espera, con mucha medicación.

–¿Hasta dónde llega el acompañamiento de la agencia?
–Hasta los primeros tres meses, la agencia se encarga de las necesidades de la subrogante y establecen contactos pertinentes con su equipo médico. Luego, el área médica se desliga, pero Jessica sigue al tanto del caso. La subrogante ya eligió la clínica en Chicago, la misma en donde dio a luz a sus hijos. Ella dice que es un lugar muy cálido, donde ponen una música especial para anunciar que un nuevo bebé ha nacido.

–¿Cuándo y cómo recibiste la noticia de confirmación?
–Agendamos juntos el día del test de embarazo. En mi caso, fue el 2 de marzo. La noche anterior no dormí. Había hecho Despedida de solteros (Telefe) súper tenso, y al salir no quise volver a Tigre. Por la ansiedad, supongo, preferí quedarme en mi departamento de Palermo. Y el llamado no llegaba. Yo pensaba: “Deben estar buscando el modo de decirme que no resultó”. Así que me puse los auriculares con un compilado de Sia y salí a caminar compulsivamente. De repente, parado en French y Billinghurst, escuché un ¡pin! y me helé. Al ver la pantalla de mi celular leí: “¡Congratulations, positive!”. En ese momento todo fue como en slow. La gente me saludaba y yo respondía “holaaaaa” con lágrimas en los ojos y la sensación de estar caminando sobre algodones. No sé ni hacia dónde caminé, hasta que llamó Jessica: “¡Ale, felicitaciones. Estoy tan contenta porque a los franceses también les dio positivo!”. A la semana lloré como loco cuando escuché los 155 latidos por minuto del corazón de mi bebé.

–¿Quién fue la primera persona con la que compartiste la noticia?
–La llamé a mamá (Ana María, 78). Será su primer nieto. Ella viene de pelearla duro contra la Macroglobulinemia de Waldenström, una enfermedad que al no tener una cura específica se combate con quimio. Y ella pasó por tres. Hoy está hecha una piba, y con esta noticia, más feliz que nunca. Ella que siempre me advertía “¡mirá que un hijo no es Wylie (su perro)!” y me alentaba pero cauta, porque sabía que esto podría demorar años. me decía emocionada: “Esto es un milagro, y vos, un papá muy valiente”.

–¿Cuánto tardaron en aparecer los miedos?
–¡Uf! Cuando supe que el embarazo era un hecho, tuve pequeños ataques de pánico. No dormía, sufría taquicardias repentinas, transpiraba de repente, se me tapaban los oídos y me mareaba. Todos los análisis me daban perfecto, pero se trató de un estrés emocional. De a poco voy superándolo (se ríe).

–¿Cómo surgió la idea de llamar Mirko a tu bebé?
–Desde que nació este deseo de ser papá, desarrollé una especie de TOC. Después de cada película o serie, me quedo hasta el final leyendo cada nombre. Así, fui anotando los que me gustaban en el block de notas de mi celular. Estuve entre Liam y Mirko. Entre todos ganó el segundo, porque me pareció que, siendo ruso (como la donante) llevaría el sello de su identidad.

–Sé que a Susana no le gustó demasiado...
–¡No le gustó nada! (se ríe). Me dijo: “¿Te parece? ¡Es un nombre muy comunista!”. Ella quiere que lo bautice Dimitri o Iván.

–¿Vas a presenciar el parto?
–¡Sí, claro! Voy a instalarme en Chicago una semana antes del nacimiento. Tengo fecha para el 8 de noviembre. Será una cesárea.

–¿Existe algún protocolo para esa etapa final? ¿Traerás a Mirko de inmediato a la Argentina?
–Ese mismo día resuelvo los trámites de filiación, firmo el certificado de nacimiento y debo permanecer ahí de dos a tres semanas obligatorias. Después de ese plazo, el tiempo que me quede dependerá de las necesidades del canal. Ellos me acompañan y ayudan en todo. Darío Turovelzky (director de Contenidos Globales para Telefe) me dijo que intentará abrirme ese tiempo, para que no me afecte demasiado. Yo quisiera que Mirko tomase la menor cantidad posible de aviones. Así que estoy estudiando la posibilidad de viajar de Chicago a Nueva York en tren y alquilar una casa ahí, para instalarme con mamá y algunos amigos que vendrán a visitarnos, durante un mes y medio. De todos modos, la agencia te consigue asistencia para los primeros días en donde te encuentres.

–¿Ya tenés la estructura pensada para tu llegada a Buenos Aires?
–Estoy buscando una niñera-enfermera que me acompañe de noche y me quite los miedos (se ríe)... Creo que seré fatal de obsesivo. Y considero la idea de mudarme a Nordelta, donde también hay colegios. No quiero que ninguna etapa me tome por sorpresa.

–Tal vez sea apresurado, pero ya que lo mencionaste: ¿cuál será el eje de la educación que le darás a tu hijo?
–Eso le pregunté a Madonna alguna vez. Me dijo algo con lo que concuerdo: voy a enseñarle que lo más importante es el respeto a los demás. También voy a estar atento a que no crezca sobreprotegido y asimile el valor de las cosas con un sentido de realidad: que entienda que si quiere aquel juguete, tal vez deba cortar el pasto. Eso le marca un patrón de por vida de esfuerzo y responsabilidad. Y por supuesto, la alegría: que aprenda a desdramatizar la vida, que con una sonrisa todo se ve diferente.

–¿Mirko podrá seguirte el ritmo?
–Ya me intuyo algo obsesivo... Con decirte que me bajé la aplicación BabyCenter en mi celular, donde aprendo qué cambios se van produciendo en el bebé día por día: ¿Ves? ahora tiene el tamaño de una palta y pesa alrededor de cien gramos (se entusiasma leyendo). Lo llevaré siempre conmigo. Los hijos de Flor (Peña) crecieron en los estudios de televisión y me gustaría que Mirko también naturalice esos ámbitos, que se relacione con mucha gente desde chiquito. Quiero cargarlo sobre mi pecho en un canguro y viajar con él, presentarle mis ciudades favoritas. Volver a mirar el mundo, esta vez con el traje de papá, sé que será diferente.

–¿Qué sentís al escuchar “Marley abre la polémica” y otros cuestionamientos sobre tu decisión, incluso el “¿por qué no adoptó?”.
–La discusión que se generó me parece genial, porque puede conducir a que se estudien y generen mejores leyes de adopción y subrogación en la Argentina. Ojalá que todo este revuelo mediático ayude a las parejas del país y les haga más fácil el camino hacia la paternidad. Yo consideré la adopción en su momento, pero las condiciones desaniman. Aun así, no la descarto en un futuro.

–¿Qué insume más valentía: ser papá solo o serlo a los 47?
–En realidad, si no daba el paso, pronto sería un abuelo (vuelve a reírse). Pero los 47 me encuentran realizado profesionalmente, sin asuntos pendientes y con el ego ubicado: es una buena edad para asumir la responsabilidad de una vida. Y sí: habría sido genial que Mirko llegase en el contexto de una relación. Porque así surgió este proyecto: yo estaba en pareja, pero sin saber qué sería de ella. Y no iba a perder más tiempo tratando de congeniar el deseo. ¿Pero quién te dice, al nacer, Mirko no me encuentre enamorado? (se ríe). Desde ahora, mi hijo será para siempre el vínculo más importante de mi vida. Si aparece algún amor, bienvenido será a sumarse a la familia.

Por Sebastián Soldano. Fotos: Fabián Uset y álbum personal.

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