EMBAJADOR DE ACNUR

Osvaldo Laport comprometido y solidario

Comprometido y solidario con millones de refugiados y desplazados que huyen de la violencia y la muerte en el mundo, acaba de llegar de Centroamérica (luego de haber viajado a Congo y Líbano), donde protagonizó una nueva misión como embajador de ACNUR para testimoniar el drama y hacer un reclamo urgente: “¡La humanidad debe acompañar a estas víctimas!”.

27/12/2015

Actualidad

Jueves por la tarde. Llueve en Buenos Aires. Dentro del teatro Chacarerean, en Palermo Hollywood, Osvaldo Laport (59) charla en voz baja con Florencia de la V. Acaban de finalizar un ensayo de la obra Enredados, que los tendrá como protagonistas (junto a Iliana Calabró, Fede Bal y Barbie Vélez, entre otros) de la cartelera de verano en Carlos Paz. Se despiden con un beso, y al uruguayo se acerca su hija Jazmín (20), actriz en ciernes y dueña de una belleza que seguramente levantará suspiros así como su padre cuando interpretaba al indio Catriel, época que se permite recordar ahora con una sonrisa.

Pero enseguida el tono de la charla se torna serio. Fuera de su rol de actor, pero debido a la popularidad que éste le dio –“gracias a las telenovelas, mi rostro trascendió las fronteras”, afirma–, desde 2006 se desempeña como Embajador de Buena Voluntad del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), agencia de la ONU cuyo objetivo principal es promocionar los derechos humanos básicos de aproximadamente 46 millones de personas desarraigadas, refugiadas y apátridas en el mundo, ya sean adultos o niños. “Familias enteras en la más completa soledad que, para salvar sus vidas, deben huir de un momento a otro de la extorsión, la violencia y la criminalidad”, resume el galán.

Laport (quien junto a la actriz Angelina Jolie es uno de los embajadores más antiguos de ACNUR), ya llevó adelante cuatro misiones: al Congo, Líbano y a Ecuador. Y en noviembre viajó diez días a Centroamérica, más precisamente a Honduras y Guatemala (que junto a El Salvador conforman el llamado Triángulo Norte) y México. Su misión específica fue conocer de primera mano y poner en relieve las historias de todas aquellas personas que huyen de la escalada de violencia criminal. “Esta, como las anteriores, son misiones al corazón mismo del conflicto, para escuchar, testimoniar y pujar en favor de una solución a su drama”, define.

–Osvaldo, ¿cuál dirías que es el común denominador de estos viajes?
–Lo terrible que uno ve es insoportable. Una violencia indescriptible. Padres que ven morir a sus hijos, hijos que presencian la muerte de sus padres; desarraigo, dolor, abandono; niños huyendo en soledad y ante el más absoluto desamparo. En Centroamérica son víctimas de la violencia criminal; en Siria, de los extremistas ideológicos. Todo en el marco de una gran crueldad y sufrimiento. ¿Sabés lo que es entrar a una casa en donde la mesa ha quedado servida? ¿Qué pasó ahí? ¡Debieron huir de un instante a otro! Y los que logran hacerlo –porque muchos no lo consiguen– y traspasar la frontera, suelen ser deportados y así, servidos en bandeja a las organizaciones criminales.

–¿Cómo procesás esas vivencias atroces?
–Con muchísimo dolor, porque a cada paso hay eso: dolor. Estoy escribiendo un libro. Lo voy a titular con la frase de una abuela a quien le machetearon el brazo para quitarle a su nieto. Me dijo: “Señor, ¿quién no le escapa a la muerte?”. Es muy grave que aún exista una parálisis evidente en torno a esta problemática. Estas personas, en nuestro continente, o en Africa, o en Medio Oriente, están indefensas. ¡Necesitan que se las reconozca como refugiados y que cuenten con protección internacional!

–El caso del pequeño Aylan Kurdi, cuyo imagen conmocionó al mundo al morir ahogado intentando llegar a Europa con sus padres, expuso crudamente el tema.
–Aquella imagen lamentable fue un privilegio que nos brindó ese pibe, para que la humanidad se sensibilizara y reaccionara. Pero escenas como ésa yo ya las conocía hace un año, cuando viajé al Líbano y conocí a muchas familias sirias. Ellos piden, ruegan, que sus hijos puedan echar raíces en una tierra sin conflictos, para crecer olvidándose del horror de las guerras.

–¿Qué análisis hacés de los atentados terroristas en Francia y su relación con los inmigrantes?
–Fue un arrebato a la libertad ¿Con qué derecho lo hacen? Esto, además, juega en contra de los refugiados, porque la gente empieza a meter a todos en la misma bolsa: no todos los sirios son terroristas, así como no todos los sudamericanos somos narcotraficantes. ¡La humanidad debe sensibilizarse y acompañar a estas víctimas! Ellos no son migrantes que eligen una mejor opción de vida, sino que intentan salvar sus vidas.

–Las misiones son verdaderamente riesgosas. ¿Cómo se vive eso en tu familia?
–Con gran angustia. Pero tanto mi esposa (Viviana Sáez) como mi hija me apoyaron desde un principio. En Congo estuve a resguardo con los Cascos Azules; en el Líbano, con chaleco antibalas cada vez que nos trasladábamos... Uno se va curtiendo. En los primeros viajes me costaba mucho recuperarme al volver, pero hoy me siento más fuerte. Sé que mi granito de arena ayuda. Por eso le pongo y presto mi rostro al grito silencioso de las víctimas.

Por Germán Heidel deseo a nadie”, afirma. Fotos: Fabián Uset y ACNUR

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