embajadora de Unicef

Natalia Oreiro en Kenia: “Fue un mazazo en la conciencia”

Invitada por Unicef, su embajadora de Buena Voluntad para el Río de la Plata desde 2011 viajó a Kenia, para conocer y compartir la realidad de la niñez azotada por la peor sequía en 35 años. “Fue un mazazo en la conciencia”, nos dice a horas de su más cruda experiencia. Lecciones, prejuicios y reflexiones íntimas de una mujer audaz.

01/08/2017

Actualidad

Para enfrentar esta charla debió enfrentar al viento. Minutos antes montó su bicicleta, “para decantar sensaciones y acomodar ideas”. Finalmente se quebrará en cada relato, como lo hizo al llegar, en el abrazo con su hijo. “Porque el viaje a Kenia fue un mazazo en la conciencia”, define. Desde hace seis años, Natalia Oreiro (40) es embajadora de Buena Voluntad de Unicef para el Río de la Plata.

La repercusión de sus acciones –como la de promoción de la lactancia prolongada– le valió la invitación de la organización mundial, para vivenciar y compartir otras realidades de niñez y adolescencia flageladas por la desnutrición, una de las tantas consecuencias de la peor sequía en 35 años, declarada “desastre nacional” por afectar a más de 3 millones de personas. “Fue una convocatoria a recapacitar sobre cuántos desafíos tenemos aún como humanidad, reflexiona.

–Detrás de un sentido del compromiso tan arraigado siempre hay una historia, una marca, una experiencia que lo dispara. ¿Cuál es la tuya?
–Así fui educada. Vengo de una familia humilde –de Villa del Cerro, Montevideo– que, como tantas, perdió todo por el período de “la tablita” (1978-1982). Mis padres, que habían adquirido una casita hacía muy poco, debieron venderla para comprar los pasajes a España, adonde emigramos cuando yo tenía 6 años (1983). Allí vi a papá rebuscarse la vida como le era posible, y a mamá –que no había terminado el colegio– estudiando por las noches, para ser aceptada en una academia de peluquería. Tiempo después volvimos a Uruguay peor de lo que nos habíamos ido. Pero, a pesar de todo, mamá abrió su peluquería y hoy papá tiene una de las empresas de colchones más importantes del país. Y en todo ese camino fui testigo de la entrega con la que ayudaban a amigos y familiares. Desde muy chica respiré el valor del esfuerzo y el espíritu de superación. Y, por sobre todo, dignidad. La solidaridad me nació mucho antes de ser conocida (NdR: Desde hace casi veinte años es madrina de la fundación Peluffo Giguens, que ayuda a niños con cáncer en Montevideo).

–Sabés que no faltará quien diga: “¿Por qué viaja a Africa habiendo tantos chicos desnutridos por aquí?”.
–Será quien considera que mejor que hacer es opinar. No voy a justificar mi acción contando todo lo que hago sin publicidad. Hoy pongo mi energía en difundir este mensaje, que traigo desde muy lejos: un niño indefenso es eso, en Nairobi o en el Chaco. Somos un todo y debemos cuidarnos entre todos. Nadie es ajeno al dolor de un niño, viva donde viva. Si no, fijate en el impacto mundial que provocó la foto del chiquito migrante sobre la orilla del mar. A veces la gente necesita chocarse con la realidad para considerar modificarla.

–Hablaste de lección, y es inevitable regresar con, al menos, una... ¿Cuál se hizo ya lema personal?
–En un paseo por Nairobi me sucedió algo muy conmovedor. Iba sentada como copiloto en el auto, porque siempre me gusta charlar con quien me lleva. Era un chico de 20 años, con un nombre tan imposible de recordar como de pronunciar. Nos contamos sobre nuestros orígenes y familias. Al preguntarle “¿te gusta vivir en Nairobi?” me respondió: “¡Me encanta! Porque aquí hay muchas oportunidades” (se quiebra). Mientras yo, desde mi ventanilla veía asentamientos de emergencia, gente entre basurales y cloacas a cielo abierto, él, tan orgulloso, veía “oportunidades”. ¡Y nosotros a veces nos quejamos por cada estupidez, en vez de agradecer las “oportunidades”...! El me enseñó que a pesar de la más extrema pobreza, no todo está perdido.

–Estas experiencias resignifican contextos y cotidianeidades personales. Comencemos por el primero... ¿Aceptarías un cargo político para alzar armas, tal vez más poderosas, en tu camino de acción social?
–Definitivamente, no. La política no me interesa. Con Gilda ayudé a muchas mujeres. Recibí cartas de chicas que me contaban: “Después de ver la película me animé a separarme” o “Me atreví a cambiar de trabajo en pos de mi sueño de niña”. Lo mismo ocurrió con mi personaje de Entre caníbales (Telefe), que despertó conciencia sobre la violencia de género. La política bien entendida parece no ser inherente a este lado del mundo. Estoy convencida de que desde mi lugar de intérprete (NdR: Se niega a decir ‘artista’, porque ‘ese mote les cabe a quienes hacen obras de arte’) puedo tocar multitudes con un mensaje, acompañar a quien se siente solo, decir mucho manteniéndome apolítica. El cariño de la gente, esa en cuya cocina nos metimos hace años, es la mejor vía.

–¿Y qué pasa con la fe en el terreno personal?
–En Turkana me pregunté muchas veces: “¿Dónde está Dios?”. Me formé en una familia católica, pero creo en la idea del bien de cualquier religión. Rescato la sencillez de los budistas, el empeño de los curas villeros, la solidaridad del evangelista... Creo en la fe, porque rescata. Pero sobre todo en las buenas personas, en el trabajo en equipo y en la autosuperación. Hoy, mi Dios es la Pachamama. Mi religión es la tierra; por eso la cuido tanto. No rezo, medito (NdR: Practica yoga, bioenergética y, atenta a los planetas, anualmente encarga sus revoluciones solares). Me conecto con la realidad, con el presente de los demás, ameno o doloroso.

–¿Cómo se vive después de testificar esa dura realidad?
–Todo cambia ahí mismo. Por ejemplo, para citar una tontería, a mí me fascinan los baños de inmersión. Y al llegar al hotel de Nairobi vi la bañadera y fui incapaz, siquiera, de imaginarlo. Alrededor había cientos de personas sin acceso a ese recurso tan básico. Nuestros hijos –aunque están creciendo con más conciencia que nosotros sobre el cuidado de la Tierra– deben vernos en esos hábitos: al cepillarnos los dientes, abrir la canilla sólo para enjuagarnos la boca; limpiarles la cola con un cuadrado de papel, y no con dos metros; yendo a comprar lo que sea, con la mochila. Porque ahora los supermercados se niegan a darte bolsas, pero en las góndolas hay millones de productos en envases de plástico, que luego se convierten en continentes en el mar o en nuestro río.

–Tal vez traigas de esas tribus con una nueva concepción de la belleza y la vanidad...
–En mi vida, la vanidad tiene un porcentaje ínfimo, ligado a mi profesión. Los años me asentaron sobre la base de la verdad y no de la cáscara: elijo mostrarme al natural, porque así me siento feliz. Siempre fui igual: cuando el medio intentaba ponerme en un sitio, yo escapaba para el contrario. Traté de ser libre, sin parecerme a nadie ni exponerme más de lo lógico que exige la carrera. Puedo ser espléndida, la más producida en los Platino, y hasta jugar con el vestido que yo misma me hice. Pero ésa es la nena de 8 años que jugaba con los tacos de su tía. Disfruto de las galas y de la moda. ¡De hecho, tengo mi propia marca! Pero todo eso es un lindo traje, que cuelgo al llegar a casa. ¿Y, sabés? Me enferma la exigencia de perfección sobre las mujeres, ¡algo tan antiguo!

–¿Qué es la belleza?
–El aire fresco contra la cara en mi vuelta en bici, por ejemplo. Porque después de 36 horas de viaje podría haberme internado en un spa. Es bello el paseo, mi familia sana, disfrazarme y bailar en casa, y que Atahualpa (5) me rete porque le da vergüenza. Y después del paso por Kenia, puedo asegurarte que la lluvia es belleza.

–Intuyo, por tu negación a la sobreexposición, por qué no tenés redes sociales, que serían una buena herramienta para tus fines.
–(Se ríe) Me resultan una exaltación del ego y la intimidad. Sé que traccionan muy bien con fines altruistas, pero por el momento mi trabajo o estas entrevistas hablan por mí. Nunca las necesité.

–Hablemos de Atahualpa y su idea de este viaje...
–Cuando me despedí de él en Madrid (ciudad que bicicleteó, ya sin rueditas de apoyo, junto a su papá) me dijo: “Mamita, no lleves autitos azules –como el que alguna vez recibió de Unicef–; esos chicos necesitan comida y agua, porque de tanto hambre se les notan las costillitas”. Los chicos que entienden y emplean palabras reales, el día de mañana harán cosas reales. Y él tiene mucho contacto con la realidad: lo llevamos a la Fundación Sí, por ejemplo, donde además de participar arreglando y pintando sus propios juguetes para donar, se da cuenta de que es un privilegiado. De mi viaje preguntó poco. Pero vio algún video que le mandé, siempre contenido por su papá. Ricardo (Mollo, 59) se puso mal. “Me hubiese gustado acompañarte”, me decía inquieto. Le expliqué que en ese momento para mí era más importante que atendiera a Ata, que, prefiero, siempre se quede con alguno de sus dos padres.

–Volvamos al eje del altruismo. Verte en ese rol –que no deja de ser valiente en tierras tan inhóspitas–, como en otras tantas acciones y actividades, le hacen muy bien a tu género. ¿Qué creés que hace falta para liquidar por completo los prejuicios y diferencias sexistas?
–Pasarán cien años para esa igualdad, porque la historia del tenernos en cuenta es aún muy joven. Los derechos existen –y estamos muy avanzados en pos de la diversidad sexual–, pero no están reconocidos en el día a día. Hay más presidentes mujeres, pero también muchas en puestos jerárquicos con sueldos más bajos que los de un hombre en su lugar, y lo peor, más asesinadas por sus parejas. Tal vez, en tren de autocrítica, nos falte más generosidad, compasión y solidaridad entre nosotras. ¿Cuántas notas vemos por día sobre dos famosas que se agreden en las redes? ¿Cuántas chicas siguen publicando selfies “sexys” mientras nos quejamos de ser objetos en las tapas de las revistas? ¿Cuántas veces nos juntamos con amigas y en vez de hablar de lo grandes que están nuestros hijos nos preguntamos si ya nos palpamos las lolas para detectar el cáncer de mama?

–En tren de prejuicios y diferencias, ¿molesta que desde el 19 de mayo (día de su cumpleaños) cualquier entrevista haga hincapié en tus 40?
–Siempre les quité el número a las celebraciones... ¡A cosas como ésta me refería cuando hablaba de ítems por cambiar! ¿A los hombres también se les hacen notas para saber si tienen mambo con el cambio de década? Por la calle vemos miles de publicidades de perfume con hombres canosos, con arrugas y espléndidos sobre la proa de un yate. Decimos: “¡Qué sexys!”. ¿Pero cuántas vemos de mujeres canosas en igual situación? A nosotras sí se nos exige, se nos coloca en el detector de las “hechas mierda”. Cuando cumplí 30 me contrataron para vender una crema. Tenía que decir: “¿Querés verte más joven?”. Les contesté: “Olvídense, no voy a decirlo. ¿Más joven que quién? ¡Tengo 30, no quiero parecer de 14!”. Tuvieron que cambiar el guión. Porque yo no quiero verme más joven: quiero verme más saludable. Sería falso y triste, porque se trata de una lucha perdida.

–No hablemos de edad sino de trayectos. ¿Qué aprendiste del éxito?
–Que es una miel a la cual no debo quedarme pegada. El éxito es saber correr a tiempo hacia lo que me permita seguir creciendo. En pleno auge de Tu veneno (el disco que editó en 2000) rescindí mi contrato por tres álbumes más con BMG. Me veía en festivales con Whitney Houston o Maria Carey, y decía: “¡Pero yo no canto como ellas!”. No quería convertirme en una pop star. Soy actriz, y si canto es en el marco de una interpretación. Tenía 24 años y me sentí muy adulta. Tomé la decisión sola, con la misma determinación con la que vine a vivir a Buenos Aires a los 16. Irrefrenable por dos padres tal vez conmovidos por tanta convicción.

–¿Qué aprendiste del dinero?
–Que me hizo privilegiada, porque nunca debí darle importancia. Tal vez porque a los 14 ya ganaba más que mis padres... Como buena taurina, mi casa es un templo y me gusta tenerla linda, pero también ayudar a mi familia. Hoy mando a mi hijo a un colegio en donde no le enseñan a ser empresario, sino a ser un niño, jugando en tiempo y espacio, dándole fuerzas para creer en él.

–¿Y del amor, en diecisiete años de matrimonio?
–Que no creo en nada que imponga “para toda la vida”. Que se trata de un “cada día” y tiene que ver con compartir una misma mirada, conmoverse juntos, complementarse en opiniones. Ricardo, que es mi gran maestro, me enseñó que el amor es también correrse del centro, deseando que a tu pareja le vaya bien. El tan sólo decreta que será feliz, y lo es. Me seduce la juventud de su espíritu. Y al verlo vincularse con Ata, vuelvo a enamorarme una y otra vez. Admiro su inteligencia, que no es la de un intelectual. Es sencillo, de simpleza sabia. No pone conceptos en palabras, sino realidades en actos. Jamás se obnubiló por nada y no se corre un centímetro de sus convicciones. Ricardo me enseñó que no se necesita más de lo que se tiene.

–¿Qué aprendiste de Atahualpa?
–A vivir ahora. Los adultos somos nostálgicos con lo que fue y ansiosos con lo que pasará. El juega hoy, sin conciencia de que el año que viene irá a primer grado. Y ni se me ocurra enviar un mensaje de texto mientras estoy con él, porque me clava una mirada-puñal que me hace sentir la peor madre del mundo (risas).

–¿La decisión de dejar tu casa de Plaza Serrano, en Palermo, para radicarte mucho más allá de la General Paz, tuvo que ver con ese valor del “hoy y ahora”?
–Sí, y fue muy difícil. El barrio cambió. Hoy explota de gente, bullicio y mugre. Los ruidos me hacen mucho daño. Amaba esa casa, pero dejé de sentirla mía. Ya no me completaba. Necesitábamos silencio y más contacto con lo natural, más espacio para cultivar mis propias verduras y orquídeas. Además, supe que éste era el momento, mientras Ata es chico. Porque yo sé lo que se siente ir de escuela en escuela... El desarraigo marca.

–Hoy, cuando finalmente llegues a la cama, ¿qué imágenes volverás a ver antes de dormir?
–La mirada del conductor de Nairobi. La fuerza de “el sobreviviente”, como llaman al bebé de 500 gramos, recién nacido en el hospital de Lodwar. Y la sonrisa franca de la madre que cargaba a su hijo desnutrido en Turkana. En Kenia me partió la impotencia. Pero no voy a dejar que me gane el dolor. Porque deteniéndome en él no estaría ayudando. Creo que junto a quien haya leído esta entrevista, podemos colaborar para cambiar la realidad de cualquier niño indefenso.
¿Vos estás dispuesto?

Por Sebastián Soldano. Fotos: Unicef.

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