“Tuve que bajar seis kilos”

Natalia Oreiro cuenta como llegó a ser Gilda

“Siempre soñé con personificarla”, reconoce a punto de estrenar Gilda: no me arrepiento de este amor, que llegará al cine el jueves 15 de septiembre. Caracterizada por primera vez para un medio como la legendaria cantante tropical que muriera dos décadas atrás, cuenta la génesis del proyecto y a qué cambios físicos debió someterse: “Tuve que bajar seis kilos”.

06/09/2016

Actualidad

Fin de la sesión. Natalia se emociona. O es Gilda la que se emociona cuando el fotógrafo Gabriel Machado lanza los últimos gritos motivadores (“¡Una más!... ¡Ahí va!... ¡Ultima!... ¡Aplausos grandes!... ¡Te amo!” ) de una tarde especial: la del día en que la montevideana se vuelve a poner la ropa de su adorada Myriam Alejandra Bianchi, para adelantar en exclusiva el estreno de la primera película sobre la cantante y compositora convertida en ícono a partir de su muerte, a los 35 años, el viernes 7 de septiembre de 1996 en el Kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, en Villa Paranacito, Entre Ríos.

–De nuevo caracterizada, de los pies a la cabeza, como en el rodaje, con sus temas sonando de fondo, resulta difícil que no te brillen los ojos –explica Oreiro–. Me conquistó apenas la escuché a mis 16, 17 años. Impactante la dulzura de su voz. Morí de admiración al enterarme que escribía sus canciones de amor. La versioné en tiras como Muñeca brava, Sos mi vida y Solamente vos. Siempre soñé con personificarla. Me convocaban, no me gustaban los guiones y se caía la posibilidad. Por eso me acabo de emocionar, como cualquier persona al cumplir un sueño groso que viene de lejos –redondea aún movilizada.

NO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR. Cierto, le llevó un tiempo conseguirlo. Fue en el tercer intento. Lo recuerda: “Allá por 2012 me crucé en el Festival de Cannes con Lorena Muñoz (productora de Infancia clandestina). Conversamos del tema y le pedí, ‘Si algún día filmás su peli, yo soy Gilda, eh’. ‘Dale’. Y ahí quedamos enganchadas, compartiendo el objetivo”. Por inercia, luego de intentar varias veces y sin suerte comunicarse con Fabricio, el hijo de la eterna dama, se les ocurrió escribirle una carta y mandársela con un compacto.

“Le contamos sobre la intención de rodar un filme fiel, humano, respetuoso hacia su madre. Comprendíamos que con apenas seis años, en el accidente de ruta entre el camión y el autobús donde viajaban la banda y sus parientes, él no sólo había perdido a su mamá, a su hermana y a su abuela, ¡sino que a partir de aquel momento justamente su madre se convirtió en una leyenda! No debía ser fácil remover la historia. Sin embargo, contestó, confió y dio el okey. Hoy Fabricio es padre de una nena de... seis. Quizás haya aceptado para que conozca quién fue la enorme Gilda. Nos brindó material y nos contactó con personas cercanas. La capacidad de Lorena, documentalista, convirtió los datos en un argumento que me encantó. Nuestro trabajo va a estar bien hecho si le gusta a Fabricio”, apunta.

–¿Qué tenía el compacto que le adjuntaron a la carta?
–Le grabé el tema No me arrepiento de este amor.

–¿A capela?
–Acompañada por Ricardo (Mollo, 59) en la guitarra. El me enseñó las tres canciones que toco en la peli. ¡Cuánta paciencia, pobre! Y un datito tierno: aparece en una toma como músico pelilargo. Gracias a Gilda, mi hijo y mi marido rockero aprendieron a querer la cumbia, jajá.

 

CORAZON VALIENTE. Transformarse en Shyll (como la chica nacida el 11 de octubre de 1961 en Villa Devoto pedía que la llamaran, debido a su admiración por Jill Munroe, el personaje de Farrah Fawcett en la serie Los ángeles de Charlie –tal consigna la periodista Graciela Guiñazú en Gilda. Una vida en imágenes, libro biográfico próximo a salir–) no resultaría tarea sencilla para Natalia Marisa Oreiro Iglesias.

“Me cortaron el pelo, convirtieron mi tono castaño oscuro en claro, y hasta bajé de 58 a 52 kilos –sorprende–. Las dos medimos 1,70. Me puse sus prendas, recreadas. Me calcé sus accesorios... Todo. No obstante, recién me sentí parecida cuando nos reunimos con sus músicos originales para tomar la foto preliminar, y al verme entrar se quedaron con la boca abierta y los ojos llorosos. Ahí supe que me había convertido en Gilda”, admite.

“A la hora de hablar y cantar, procuré adaptarme a sus gestos y su fraseo. Moverme no fue sencillo –añade–. Gilda danzaba a pura sensualidad y delicadeza, al tiempo que yo estoy acostumbrada a mover el culo, a mandarme. También debí considerar su contextura. Cuando me tocó bailar con la famosa minifalda roja, como tengo más cadera y trasero, necesité pegarla con cinta doble faz para que no se me levantara”, disfruta la anécdota. “Mientras en la música tropical se exigían cuerpos voluptuosos tipo Lía Crucet y Gladys, La bomba tucumana, ella se la bancó siendo flaquita, sin mostrarse burda ni ponerse tetas. ‘Me falta la doble pechuga’, repetía... Igual que a mí”.

–¿Usted nunca pensó en operarse las lolas?
–Jamás. Y hay más similitudes, aunque a ella le encantaba el asado y a mí no, y ella lucía manos bastante más lindas que las mías... Nos identifica que luchamos por ser auténticas, decidimos hacia dónde queremos dirigirnos, peleamos el valor de nuestro oficio, y hasta compartimos el deleite por los colores rojo y blanco y la música variada, y el placer por andar en patas dentro de la casa y en bicicleta por la calle. Bueno, sumales a las coincidencias la culpa al dejar a los hijos para ir a trabajar. Lo sufrí el mes que rodamos de noche. Gilda me marcó como artista y mujer. Que me toque interpretarla ahora quizás no sea casualidad: con un hijo propio puedo comprender en mayor medida su sacrificio.

–Ella tuvo dos. ¿Usted piensa en el segundo?
–La verdad, no. Me gusta ser madre de uno. ¿Te mostré el videíto de Ricardo y Ata (Merlín Atahualpa, 4) cantando en la cocina temas que me escuchan del filme? (enciente el celular y lo comparte).

 

NO ES MI DESPEDIDA.... Respecto a lo que mencionaba del camino a tomar, me conmueve de Gilda su valentía. Casada y siendo maestra jardinera, se animó a cambiar de rumbo pese a los bravos obstáculos que le aparecían: machismo, falta de apoyo del marido y de cabida en los medios, prejuicio social, descreimiento general en su talento, salvo por el olfato del músico Juan Carlos “Toti” Giménez, que la descubrió, consiguió que editara sus cinco discos (De corazón a corazón, 1992; La única, 1993; Pasito a pasito... con Gilda, 1994; Corazón valiente, 1995 y Si hay alguien en tu vida, 1996) y se enamoró de ella. No obstante, cuando Gilda brilló, no cambió. Seguía dándoles su número de teléfono a los fans, y les repetía que no era una santa ni curaba. En resumen, no dejó que la fama la modificara. Ahí también me identifico. Ninguna de las dos nos dedicamos al espectáculo buscando fama sino persiguiendo con pasión y trabajo una vocación. Por eso el día previo a filmar fui al Cementerio de Chacarita para pedirle permiso frente a su tumba, y tras cada escena le preguntaba si cumplí. Aún conservo la cruz, las perlitas y la pulsera de ella que su amiga Susana (Diorio) me prestó para filmar. Ojo que se las voy a devolver. No así su lápiz labial rosado. Susana me lo obsequió”, avisa.

–¿Lo usará, como Gilda, para dejar marcados sus labios a manera de autógrafo?
–Sería genial, pero no puedo. Prefiero soltar el personaje una vez que la película salga al mundo. Gilda, su hijo Fabricio y su público merecen que sea así.

–¿Entonces habrá que pensar en una segunda biopic: Betty Page, la modelo pin-up made in USA que brilló en los Cincuenta y usted siempre admiró...?
–Ya estoy vieja (lanza una carcajada). Cumplo 40 el 19 de mayo. Dejame así, nomás. Con Gilda, repito, cumplí un graaaaaan sueño.

Por Leonardo Ibáñez. Fotos: Gabriel Machado y Archivo Atlántida-Televisa.

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