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María Valenzuela abre su corazón luego de estar internada en la clínica psiquiátrica

Por primera vez desde que entró a una clínica psiquiátrica, la actriz –acompañada por su hija Malena– abre su corazón públicamente. Deprimida, llegó a pesar 39 kilos y presintió la muerte, hasta que su familia y una voluntad de hierro la empezaron a levantar. “Voy sanando, pero la herida sigue abierta”, advierte a flor de piel.

01/11/2016

Actualidad

Tyson, un galgo negro, nos viene a recibir apenas cruzamos la tranquera de la estancia de tres hectáreas en Villa Ruiz, en la que nos esperan María Valenzuela (60) y Malena Mendizábal (33). Entre una amalgama de verdes, hay una casona color mostaza y, justo adelante, un molino que se mece, suave, con el viento. Parece el paraíso, pero es el mismo lugar en el que María vivió un infierno. Presa de una gran depresión, dejó de comer y llegó a pesar 39 kilos.

Hoy, con diez más, se sienta a metros de la cama que fue testigo de sus días negros. A su lado, Malena le brinda una mirada de confianza, como diciendo: “Mamá, vos podés...”. Y puede.

 

María: La verdad, no estoy para dar notas en medio de una rehabilitación. Lo hago para tranquilizar a la gente, para que sepan que estoy cada día mejor. Es un proceso que lleva tiempo. De hecho, no puedo estar sola. Necesito compañía porque si no, no como...

–¿Desde cuándo?
María: Mirá, el año pasado hice una gira teatral muy intensa por toda la Argentina, casi sin volver a casa. Ahí empecé a perder peso. Creo que fue gracias a mi productor ejecutivo y amigo, Fabricio Zavala, que pude terminarla, porque me mandaba la comida al hotel a pesar de que terminaba exhausta y me quería ir a dormir. En el transcurso conocí a Andrea Palombo, el dueño de estas hectáreas en Villa Ruiz, cerca de Luján. Fue muy importante, porque tenía el sueño de armar un hotel... Y bueno, con el Tano acordamos
que él ponía el predio y yo las refacciones.

–Y lo hiciste. Por lo que vemos, cada una de las puertas de la casona en la que estamos lleva a un cuarto, que decoraste con dedicación.
María: Totalmente. Para hacerlo, me mudé para acá en noviembre y me metí de lleno con los pocos ahorros que tenía. Con Fabricio le pusimos mucho corazón e hicimos de todo: restauramos muebles antiguos, forramos noventa armazones de pantallas y pensamos las habitaciones semi- temáticas. Mi idea era seguir viviendo acá y poder hacer una atención personalizada. Dentro de mi equipo de trabajo estaba Gaspar Mulet, mi hermano del corazón desde hace treinta años.

–¿El iba a atender el hotel con vos?
María:
Sí, todos íbamos a hacer de todo. La idea era que Gaspi vendiera su casa de Don Torcuato y se viniera a vivir cerca, pero no quería dejar su casa sola. A todo esto empecé a deprimirme, porque temía que el dinero no me alcanzara. Y un día sonó mi celular a las siete de la mañana... “Se murió Gaspar”, me avisaron. A partir de ahí, colapsé. Hice todos los trámites para enterrarlo, volví al campo y pasé más de diez días sin comer. Tomaba un café con leche y una galletita.

–¿Eras consciente de que no comías?
María: Sí. Pero no podía tragar comida: tenía el estómago demasiado cerrado. Llegué a pensar: “Bueno, en una de ésas me muero de inanición”. En un momento dado tuve una crisis existencial. Me pregunté: “¿Cómo se sigue ahora? ¿Qué hago de mi vida?”. No está Gaspi y yo ya cumplí los 60... Me pegaron para la mierda, porque se estaba transformando en un año muy difícil. Para mí es muy duro tolerar el dolor, y vengo tolerando muchos... Hasta el del papá de los chicos, con quien me interné hasta el último día. Además, estaba en la duda acerca de qué hacía con el proyecto. Tenía la angustia, el llanto permanente y tomaba Rivotril para seguir durmiendo. No me quería levantar.

 

–¿Cuánto tiempo pasaste así?
María: Y... como quince días. Hasta que mis hijos vinieron a verme y me encontraron en la cama, muy flaca. Fue Malena la que me dijo: “Así no va, mamá. Vamos a ver a un nutricionista, para que te hagan estudios”. Y bueno... Me fui para Buenos Aires y me internaron.
Malena: Cumplió una internación clínica de cuatro días en la Trinidad, y fueron ellos los que le ofrecieron hacer una internación psiquiátrica.
María: Yo no quise, por esta cosa del “¿qué dirá la gente?”. De hecho, lo descarté. “De ninguna manera”, pensé. Y me volví al campo.

–¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión?
María: Empecé a tener ataques de pánico después de desayunar. Por eso fui a la casa de mi hijo, Juan (25), y ahí me agarró un ataque de pánico como nunca en la historia. Me temblaba todo, se me salía el corazón, lloraba, no podía salir de la cama... Y Juan me acariciaba acostado conmigo, me prendía la tele para distraerme y la apagaba porque pensaba que me hacía daño. No podía más y, llorando, le dije: “Juan, llamá a Malena para que haga todo el operativo para internarme, porque me voy a morir... Sola no puedo”. Tomé conciencia y decidí internarme por voluntad propia.
Malena: Para mí, fue lo mejor que podía hacer. Hubiese sido mucho más difícil obligarla. Gracias a Dios, ella misma tomó la decisión.

–Vos y tus hermanos se alarmaron mucho, ¿verdad?
Malena: Sí. Estaba muy, muy flaquita. Me preocupé mucho y llegué a pensar que podía perderla. Igual, el que más se asustó fue Juancito, que es el más chico.
María: Julián (27), no tanto. Yo estaba en la cama tirada y él de pronto saltó del sillón y se acostó al lado mío. Me dio una ternura muy grande.

–¿Qué sentiste la primera vez frente al espejo?
María: No fue muy agradable... Era puro hueso.

–¿Cómo era tu vida en la clínica?
María: Me levantaba a las ocho, desayunaba, tomaba mi “pasta” (NdeR: Así le dice al cóctel de pastillas: empezó con 17 y ahora está en 9 diarias), pintaba mandalas, tomaba un poco de sol en el patio, almorzaba y esperaba a que se hicieran las tres de la tarde. A esa hora nos dejaban tomar mate. Después llegaba la hora de la merienda y las visitas, hasta las ocho de la noche. Luego cenaba y veía tele, para tener un poco de contacto con la realidad. Durante el día tenía charlas con las psiquiatras o las psicólogas, y me dedicaba a escuchar música o jugar a las cartas: burako, canasta, rummy...
Malena: ¡Y al truco, mami!
María: ¡Ay, sí! Con mi compañero Martín. Hubo una cosa muy graciosa: como no podíamos tener dinero, apostábamos cigarrillos. Y algo gané.

–¿Te sentiste identificada con otros pacientes?
María: Con todos. Veía gente que lloraba y yo les decía: “Tenés la vida por delante; hay que seguir”, olvidándome de que, justamente, tenía que decirme eso a mí misma. Charlando con los demás me di cuenta de que hay mucha gente que sufre. La depresión es un mal muy vigente.

–¿Es verdad que varias internas jóvenes te decían “mamá”?
María: Sí, aunque Malena se ponga celosa... (ambas se miran sonrientes). Muchas chicas me decían así. Una me escribió: “A la madre más madre del mundo”. Me llevo muy bien con la gente joven.

–¿Chocaste con alguien dentro de la clínica?
María: Sí, con una enfermera muy prepotente. ¡No podía estar diez minutos tocando el timbre para que me abrieran la reja del comedor! Armé un escándalo, no por ser una actriz conocida, sino porque soy una persona enferma de 60 años. Esa enfermera, como venganza, fue a hacerme una requisa... Encontró un montón de cosas que no están habilitadas y que yo había entrado de contrabando: encendedores, el celular, un desodorante de ambiente a rosca, unos cables –que están prohibidos– y 100 pesos... Pero, bueno, con el resto me llevé bárbaro.

–¿Y sanaste...?
María: Me está ayudando. Aumenté 10 kilos y aprendí a organizarme. La parte médica fue 11 puntos. Quiero nombrar a la licenciada Mariana Maristani y a la psiquiatra Patricia Riesgo, que es el equipo que me atiende. Ellas me ayudaron a resolver millones de cosas, porque estaba en un estado de oscuridad, de pozo total... Con ellas tomé la decisión de levantar campamento de acá, de no abrir el negocio, más allá de haber invertido todos mis ahorros.

–¿Por qué llegaste a esa decisión?
María: Porque me di cuenta de que primero está mi salud. Le agradezco mucho a Andrea Palombo, con quien tenía un convenio, porque cuando le dije “no puedo abrirlo porque no me da el cuerpo”, él me comprendió.

–¿Cómo sigue la vida ahora?
María: Cerrando este lugar, para volver a Buenos Aires y estar más cerca de mis hijos. Necesito que me sigan mimando, porque ha dado resultado. Me siento muy respetada y querida, como profesional y como persona, y tengo tres hijos maravillosos. Malena dijo: “Con esta mujer voy a la guerra”... Juan me confesó que “sentía que su madre le ponía el pecho al tren bala” y Julián me aconsejó “que me preocupara por el ahora”. Todos me levantaron el ánimo.

–¿Pensás que si no hubieras estado tan sola, quizás no te habría pasado esto?
María: Puede ser. Pero soy una persona que tira al ostracismo, me meto para adentro, y basta un factor para que me aísle mucho más. Y eso fue lo que hice. De hecho, estuve un mes y medio sin ver a mis hijos. Les hablaba por WhatsApp y les mentía.
Malena: Yo sabía que estaba triste, porque Gaspi era como un tío para nosotros, pero jamás pensé que podía llegar a ese punto

Por Kari Araujo. Fotos: Christian Beliera y archivo Atlántida-Televisa.

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