Alvaro Vargas Llosa

"Kirchner tiene un impulso populista que no recoge las lecciones del pasado"

El escritor peruano pasó por Buenos Aires para presentar su último ensayo: Rumbo a la libertad, que editó Planeta, donde plantea por qué la izquierda y el neoliberalismo fracasaron en América Latina. Crítico, habló de Kirchner, los piqueteros, Chávez, Lula y el papel de los Estados Unidos. Y dijo que nunca se dedicará a la política como alguna vez hizo Mario Vargas Llosa, su padre.

21/09/2004

Actualidad

Más que un escritor, Alvaro Vargas Llosa parece un ejecutivo de esos que viven en hoteles y aviones, aunque su foja lo desmiente: es autor, ya, de diez libros. Las sienes, plateadas, no parecen cuajar con los 38 años que acusa su biografía. Está en Buenos Aires, mientras promociona su último ensayo: Rumbo a la Libertad (Editorial Planeta). "Aquí, en la Argentina, se sigue leyendo. Culturalmente, ustedes siguen a la cabeza del continente", lisonjea. Lejos de la vieja pelea (con bofetada incluida) entre su padre Mario y Gabriel García Márquez, le sorprende el escandalete que se desató por su invitación al Congreso de la Lengua Española de Rosario. "¡Qué tontería! Si la Academia no invita a García Márquez, se desprestigian ellos, no García Márquez."

Y luego, sí, la charla.

-Usted señala que la izquierda y el neoliberalismo fracasaron en América Latina. ¿Pone ambas ideologías en un pie de igualdad ante ese fracaso?
-No quise repartir culpas. Sí usar esa ironía: que dos corrientes de pensamiento enemistadas a muerte, en el fondo, contribuyeron a perpetuar un sistema que tiene a la mayor parte de la población en la pobreza.

-Para explicarlo, se remonta a la época precolombina y la conquista española. ¿El problema, entonces, es ideológico o cultural?
-El cultural es un elemento clave. Pero también hay una responsabilidad clave de la clase dirigente, de los políticos. Han perpetuado la corrupción de un modo espantoso. Aquí, la única manera de hacer empresa ha sido intercambiar favores con los políticos de turno.

-Nuestros países se movieron, casi al unísono, entre democracias liberales, nacionalistas, golpes militares y revoluciones…
-Sí, como distintas modas…

-En los últimos años hubo movimientos fuertes en Latinoamérica que acabaron con gobiernos democráticos: sucedió en Paraguay, en Bolivia, en la Argentina; en Perú se linchó a un alcalde. ¿Hay un hilo conductor que provoca el mismo resultado en sociedades aparentemente tan distintas?
-A ver… En Perú y Bolivia hay un elemento indigenista, que es un capítulo muy distinto al del divorcio entre la sociedad y la clase dirigente. Pero sí se ven, como similitudes, el colapso de la legitimidad de las instituciones. Hay un momento en que la gente empieza a despreciar la autoridad: el político, el juez, el policía. Sin embargo, ustedes no rompieron del todo, porque permitieron el regreso de los políticos.

-Del "que se vayan todos"…
-…al que estén los mismos. Y a lo mejor tampoco es malo, lo otro podría haber sido la anarquía. Pero vuelvo a lo anterior: hay una cierta sintonía continental...

-¿Y en qué desembocará todo esto?
-No hay manera de saberlo todavía. Hay un enorme desconcierto. La gente tiene una enorme ansiedad de reemplazar a estas clases dirigentes, pero no tiene claro por quiénes.

-¿Para usted, la gente cree que la solución está en la política?
-Yo creo que no.

-Es peligroso…
-¡Claro que es peligroso! Porque puede desembocar en la violencia o en el fascismo. Cuando hay un sentimiento de rechazo muy grande a la clase dirigente surgen las figuras autoritarias. En Perú, Fujimori surgió así. Pero es buena una dosis de escepticismo en la política, es una forma de vigilancia civil. Hoy en día, los políticos les tienen más miedo a sus sociedades. Todavía las engañan, les roban, les hacen trampa, pero les tienen más respeto. Ustedes tienen un caso interesante: durante mucho tiempo, el gobierno no se ocupó de los piqueteros. Incluso, muchos piensan que los alentaban. Pero la gente salió a la calle con un movimiento civil, el de Blumberg, y empezaron a actuar.

-¿Pero cree que fue contra los piqueteros, o contra la inseguridad de los secuestros, los robos, los asesinatos…?
-Contra la inseguridad en general. Pero eso, me parece, obligó al gobierno a ser menos tolerante con la rama más violenta del fenómeno de los piqueteros, y que no se desborden.

-¿Desde el resto de Latinoamérica, se ve a los piqueteros como un fenómeno argentino, o que puede replicarse en algún otro país?
-Se lo ve como algo parecido a lo que sucedió en Perú o en Bolivia. Como un fenómeno de radicalización de la izquierda por la frustración que generó el fracaso de los 90. Y se dice mucho que la Venezuela de Chávez apoya a los piqueteros y a Evo Morales en Bolivia. Desde ese punto de vista, desde el exterior se los ve como una familia continental que actúa coordinadamente. No creo que sea tan así, pero es la percepción
exterior.

-¿Y con respecto a Chávez, la percepción exterior es ubicar también a Kirchner junto con él?
-Sí, aunque ven a Chávez como una versión más radical, hay diferencias. La gente llegó a hablar de un eje Caracas, Brasilia -con Lula- y Buenos Aires. Pero es una comparación forzada: Lula no está en la línea de Chávez. Al contrario: lo modera. Por ejemplo, cuando Chávez atacó a Ricardo Lagos, el presidente de Chile, Lula le pidió que no lo hiciera más.

-Es un eje que se alienta más desde el chavismo.
-Claro, porque lo legitima.

-¿Y a Kirchner, cómo lo ve?
-Se suponía que era la respuesta al fracaso de los 80 -la hiperinflación, el estatismo- y de los 90 -de las privatizaciones mal hechas-. Pero no es exactamente eso: tiene un impulso populista que no recoge las lecciones del pasado, y podría caer en una repetición de esos errores. Puede ser que, desde la buena intención de atacar la corrupción del pasado, de las privatizaciones mal hechas, termine otorgándole al Estado una presencia mitificada en la vida económica y social, y eso no conduce a nada bueno.

-Usted es muy crítico con el nacionalismo económico. Pero paradójicamente, fue después de abandonarlo cuando, a la larga, se desplomó la economía.
-El nacionalismo económico se derrumbó en los 80 con la hiperinflación, esa enfermedad terminal. Y como colapsó, se creó la oportunidad de la reforma de los 90. Pero eso tampoco cambió las cosas radical y sustancialmente. Entonces, estamos desconcertados. Renace el populismo, hay países donde no se hace nada y apenas gestionan la crisis, como Toledo en Perú o Fox en México.

-Antes de ese derrumbe de los 80 -y en su libro no tiene un espacio importante-, en casi todos nuestros países hubo fuertes dictaduras militares. ¿No hay relación entre ellas y el incremento monstruoso de la deuda, por ejemplo, que empujó al abismo al nacionalismo económico?

-Es una observación acertada: jugaron un papel clave. Y perverso, porque estas dictaduras se vendían a sí mismas como garantes de la libertad. Crearon una confusión ideológica tremenda. Violaron los derechos humanos -lo más obvio y terrible-, y violaron los derechos económicos. Y aumentaron la deuda, claro, por la hipertrofia del Estado. Y eso hizo crisis en los 80… La hiperinflación tiene su génesis ahí.

-¿Y qué falló en los 90?
-Se creó un sistema sumamente corrupto, perverso, la vieja transacción entre un Estado que quería financiarse, y empresarios que estaban dispuestos a financiarlo a cambio de prebendas y privilegios. Terminó en un cuello de botella donde no había movilidad social ni progreso. No fue un verdadero capitalismo. El sistema se desacreditó cuando se frenó el capital extranjero en el 98. Otra cosa fue que se prometió reducir el Estado. Fue un cuento: los neoliberales dejaron sociedades totalmente endeudadas por mucho tiempo.

-En su libro, menciona que el enemigo, para gran parte de Latinoamérica, pasó de ser España en el siglo XIX, a ser los Estados Unidos.
-Sí, nos encanta culpar a alguien, pero el primer culpable de nuestro subdesarrollo somos nosotros mismos. Pero los Estados Unidos han contribuido, por ejemplo, a darle el sello de autenticidad a la reforma de los 90, que eran equivocadas. Y otra forma es la protección comercial. Defienden el libre comercio de la boca para afuera, pero protegen su agricultura, subsidian el acero...

-Critican a Chávez y le compran el petróleo.
-Un millón y medio de barriles diarios. ¡Pero Chávez también se los vende, eh! Y no quiero ser aguafiestas aquí, pero el presidente Kirchner, en sus momentos de más dureza verbal contra el Fondo Monetario, les cumplía y pagaba puntualmente. Todo es una gran hipocresía.

-¿Y usted, en algún momento, hará política como hizo su padre?
-No… En el 90 lo acompañé. Pero no sirvo para la política. Hay que hacer demasiadas concesiones con lo que uno cree. Prefiero dar la batalla desde el campo intelectual.

Hugo Martin
fotos: Alejandro Carra y Archivo Atlántida

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