Gustavo Piuma Justo

Hace 35 años lo derribaron en Malvinas y su historia inspiró a su hijo

Fue protagonista del último combate avión contra avión y al ser derribado sobrevivió dos días en la isla Gran Malvina. Su hijo Martiniano decidió volar el mismo modelo de Mirage con el que su padre casi pierde la vida.

21/05/2017

Actualidad

El 21 de mayo de 1982, el mayor de la Fuerza Aérea Gustavo Piuma Justo protagonizó el último combate avión contra avión, a bordo de un Mirage. Impactado por un misil, se eyectó y sobrevivió dos días en la isla Gran Malvina, hasta ser rescatado. Su hijo menor, Martiniano, de 4 años en ese momento, lo honró siguiendo sus pasos.

Para Gustavo Piuma Justo, el momento más difícil no fue cuando quedó en la mira de un avión británico Harrier, a 800 kilómetros por hora, y supo que lo iba a impactar un misil. Tampoco cuando se levantó la mañana del 2 de abril de 1982, en Tandil, y a los pocos minutos le avisaron que la Argentina había entrado en guerra. Lo más duro de ese trance inolvidable, ocurrido hace 35 años y todavía presente en su piel, fue cuando habló por teléfono con su mujer. “Mirá, Cristina... Al final me voy a Puerto San Julián...”, le dijo al amor de su vida, la prima con la que se había casado en 1968 y con quien tuvo dos varones y dos mujeres.

“¿Si me siento un héroe? No, para nada. Sólo cumplí con mi deber de soldado”

Ella falleció prematuramente y su recuerdo, lejos de esfumarse, permanece. El menor de los hijos, Martiniano, hoy de 39 años, asiente a su lado. “Cuando fue la guerra, yo era un nene de cuatro años. Me acuerdo poco, pero una imagen no se me borra nunca: mamá hablando por teléfono, llorando, cuando papá le cuenta que se iba a Malvinas. Me fui corriendo a mi cuarto”, cuenta Martiniano, hoy mayor de la Fuerza Aérea, el mismo rango que tenía su padre cuando batalló en las islas.

El 21 de mayo de 1982, a bordo de un Mirage 5 Dagger, Piuma Justo (73) protagonizó un combate aéreo de los que ya no se dan: avión contra avión, en pleno vuelo, con la muerte mordiéndole las alas. Sobrevivió, puede contarlo e inspiró a su hijo y a decenas de pilotos que aprendieron de su coraje. “¿Si me siento un héroe? No, para nada. Sólo cumplí con mi deber de soldado”, afirma con gran modestia.

–Gustavo, ¿cómo es su historia familiar?

–Soy de Lomas de Zamora, hijo de un ingeniero.Mi padre, Horacio, pensaba que yo iba a seguir sus pasos. Pero a los 6 años ya lo tenía claro: me fascinaba la idea de ser piloto. A los 17 entré en la Escuela de Aviación y me gradué. En diciembre de 1981 me trasladaron a Tandil. El día que empezó la guerra yo estaba allá.

–¿Qué sintió en ese momento?

–Primero, sorpresa. Éramos más de 60 pilotos y nos explicaron la situación: teníamos que planificar las misiones y en cinco días se definirían los escuadrones que podían pelear. Ahí pesa la experiencia, normalmente. Necesitaba 120 horas de vuelo para obtener el apto para combate, pero yo sólo había hecho 12. Dan la lista y no estoy. Entonces perseguí al comodoro y le dije: “Quiero ir a Malvinas”. No me dio bolilla. El 30 de abril pidieron tres aviones para ir a San Julián. Y ahí sí, yo mismo me anoté en el pizarrón. Cuando llegué me dijeron que no tenía las horas suficientes, pero al final me dieron el buzo.

–¿Por qué quería ir?

–Porque era una obligación moral. No soy un loco, pero no quería quedar como un cobarde. Podía poner excusas, pero... ¿cómo me iba a sentir por dentro? Ni se me cruzó por la cabeza la posibilidad de no ir.

–Vos, Martiniano, como militar, ¿entendés a tu padre?

–Sí. Nadie quiere una guerra, pero uno se prepara un poco para eso. Una vez dada la situación, somos los primeros que debemos responder.

–¿Cómo era la relación de fuerzas, Gustavo?

–Desconocíamos qué armamento tenían ellos. Nos enteramos de que Estados Unidos les había entregado los últimos misiles, muy certeros. Nosotros, en total, teníamos más de 40 aviones.

–Cuénteme el combate.

–Un día antes, el 20, supe que salía. Mi misión consistía en bombardear los buques enemigos en la bahía San Carlos. Salíamos de a tres aviones, cada uno separado por 100 metros, a casi mil kilómetros por hora. Yo iba con el capitán Guillermo Donadille y el primer teniente Jorge Senn. Cuando estábamos entrando al canal, Senn dice: “¡Cuidado, Harrier a la vista, a la una en punto!”. Y yo agrego: “¡Guarda, que pueden ser más!”. Y ahí se armó el combate. Se los denomina “pelea de perros”, porque vas buscando la cola para atacar por detrás, la posición ideal para lanzar un misil o una ráfaga. A los tres nos derribaron y pudimos sobrevivir. A mí me tiró (Sharky) Ward, el que más derribos consiguió en Malvinas. Al sentir el impacto, me eyecté. ¿Sabés cómo funciona?

–Ni idea.

–Es como una catapulta, que te tira 60 metros para arriba; en dos segundos ya estás bajando en paracaídas... Bueno, el impacto con el aire me desmayó y me sacó el casco. Tuve herida interna del paladar, se me volaron los guantes, se me hundió el esternón, sufrí achatamiento de la cuarta y quinta vértebra lumbar... Caí desmayado en una loma, en la isla Gran Malvina, a 50 kilómetros de Howard. No me daba cuenta dónde estaba. Me vi las manos llenas de sangre y me salió besar la tierra, no sé si porque estaba vivo o porque era tocar suelo de Malvinas. Y me quedé rezando. Más que rezando, hablando. Estaba como enojado. “No quiero pasar por lo que pasó tu hijo”, decía.

–¿A quién le hablaba?

–A Dios.

–...

–El cielo estaba nublado, llovía, paraba... Serían las tres de la tarde. Me di cuenta de que me dolía mucho el tobillo derecho (tenía fractura); sentí un “fierro caliente” en la columna y me quedé quieto. Rezaba. Sólo escuchaba el viento y la lluvia. Tenía mi kit de supervivencia debajo del asiento: agua, puchos (10 cigarrillos Chesterfield), caramelos, una escopeta calibre 12 desarmada, cuchillo, brújula, linterna... Me empecé a mover de a poco. Vi una tapera a lo lejos: había que bajar y subir una loma más elevada. Pero estaba agotado y me metí dentro del bote. Saqué el revólver y el cuchillo y dormité toda esa noche. Unas horas antes pedía que me agarrara cualquiera, argentino o británico. Pero al otro día ya no quería caer prisionero. Amaneció, me arrodillé y le recé a la Virgen María. Le agradecí la oportunidad de seguir viviendo. Me tranquilicé y me animé a gatear. En total hice dos kilómetros hasta la tapera, un refugio deshabitado.

–Y lo rescataron.

–Sí. Cuando vi el helicóptero con la escarapela argentina sentí una emoción tremenda.

–Y vos, Martiniano, ¿qué sentís cuando escuchás este relato?

–Me sigue emocionando, por más que lo conozco perfectamente. Yo empecé estudiando Ingeniería, pero un día, cuando volvía a casa, vi pasar un avión y me di cuenta de que eso era lo que quería. Llegué, nos sentamos a comer y se lo dije a papá... Me da mucho orgullo lo que él hizo. Cuando entré a la Escuela de Aviación empecé a entender mucho más.

–¿Qué significa Malvinas para ustedes?

M: Lo veo como una deuda pendiente. Me encantaría que la bandera argentina volviera a flamear allá. Por supuesto, por las vías pacíficas.

G: Volví por primera vez hace 4 años. No quería ir, pero mi hijo mayor me sacó los pasajes. Me enteré de que los turistas van a ver el avión, que quedó enterrado. Lo primero que hice fue apoyar la cabeza en el plano del avión... y abrazarlo. Fue una experiencia intensa, pero muy positiva. Creo que no me quedó ninguna secuela; no tengo sueños trágicos ni nada... La causa de Malvinas es justa, pero ir a la guerra en la forma que entramos y cómo estábamos preparados, fue una locura.

–¿En serio no se siente héroe?

–Bajo ningún punto de vista. El país me instruyó, me dio un avión, lo pude volar... ¿Y yo lo iba a defraudar?

Por Eduardo Bejuk

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