íntima

Flor Peña y el primer desnudo de su vida

A los 42 acepta el primer desnudo de su vida, para hablar de la nueva relación con su cuerpo y su sexualidad. Intima, la protagonista de Quiero vivir a tu lado (eltrece) revela por qué ya no siente culpa del placer; la necesidad de volver a ser madre “para sanar un aspecto de mi historia”; una relación de pareja a la distancia “que me enseñó que el amor es desapego”; y la noticia: “Me caso en 2018”.

14/02/2017

Actualidad

Piel. “Nuestro primer ropaje y, tal vez, el único que nos pertenece. Crece y madura con nosotros, soportando cada cambio. Nos provee de las mejores sensaciones estando conectada al sistema nervioso, a la mente, al corazón, al alma. ¿O acaso nuestra piel no se enamora? Sí, ama. Amamos con la piel. Y siendo todo esto, cobertura de mi cuerpo, portadora de mi espíritu, ¿por qué no mostrarla?”. María Florencia Peña (42) tipea reflexión en mi WhatsApp dieciocho horas antes de esta producción: el primer desnudo de su vida. “Claro que habrá quien ponga en esas fotos connotaciones muy lejanas a lo que expreso. Pero sólo me haré cargo de mi sentir: lo que compartiré en cada toma. Y es por eso que la acepto”.

Su piel habla. Y saber qué cuenta a través de esas “ofrendas” o “mimos ancestrales” –como llama a sus tatuajes– fue la intención madre de un encuentro con reflexiones calientes y prejuicios bajo cero.

–No creí que tu coraje iría tan lejos después de los cuarenta...
–La madurez trajo otro modo más genuino de relacionarme con mi cuerpo: más libre, más amoroso, menos obsesivo y muy del “cuando puedo” (electrodos, cuando puedo; meso, cuando puedo; gym, cuando puedo). Tengo una mirada muy holística. Tantos años de trabajo conmigo misma para saber quién soy y qué quiero, me amigaron con mis imperfecciones (recurre a la terapia convencional, yoga, digi reiki, meditación y bioneuroemoción, que alterna “según la necesidad”). Entonces comencé a sentirme más sensual. Entendí que mi sex appeal no tiene que ver con tener menos teta o más culo, sino con saber dónde estoy parada.

–¿Qué determinó ese giro?
–La viralización de mi video sexual (con su ex, Mariano Otero, en 2013). Eso me obligó a hacerme cargo de que así soy, “una mina que vive su sexualidad a full”. Que soy mamá, pero también decido no quitarle un minuto a la amante. En aquel momento me sentí una víctima de “el afuera” y me castigaba por haberme grabado. Hasta que entendí que todos, consciente o inconscientemente, elegimos lo que nos sucede. Lo que pasó vino a hablarme de aceptación. Nunca fui la más linda, pero entro a un lugar y hay algo que sucede con mi energía. Yo había crecido con vergüenza de ese aspecto, por el mandato social que arrastramos: “Ser puta está mal. Debés ser una señora decente”. ¡Hay que liberar esa energía sexual, que es tan poderosa! A partir del video me miré con compasión y me quise más. Por eso ya no me importa qué piensen sobre mí.

–¿Este romance con tu cuerpo supone la idea de renunciar a las cirugías?
–¡No! La primera fue al mes de vida: debieron cerrarme los frontales; de ahí la cicatriz en mi frente. Luego decidí operarme dos veces, a los 18 para reducir mis lolas, y después del nacimiento de mi segundo hijo, para levantarlas. Pero tengo gigantomastia y en cualquier momento debería achicar el tamaño. Si todavía no lo hice es por una gran razón: quiero ser mamá otra vez (NdR: Un highlight del que nos ocuparemos luego).

–Si este físico pudiese hablar, ¿qué te diría?
–¡Tomá más agua! Pero jamás me pediría que deje de tatuarlo. Y mucho menos hoy, en esta nueva e inmejorable versión de mí misma, en la que cada dibujo es un homenaje a él, una caricia artística que le doy de vez en cuando.

–Entonces, ¿los primeros qué significaron?
–Comencé a tatuarme dos meses después de mi separación (de Mariano Otero, padre de sus hijos, Tomás, de 14, y Juan, de 8). Los primeros remiten a emociones que debía llevar en la piel para no olvidar jamás. Fueron como cicatrices del dolor, la fortaleza y el renacimiento. Cinco años después volví a American Tattoo por algunos más, esta vez como lienzo vivo, con la única finalidad de decorar la piel que me acompaña en una etapa más luminosa, feliz, plena. ¡Y todavía faltan, al menos, dos! Uno compartido con mi hermana y otro con Rama.

–¿Tenés en cuenta qué será de todo ese arte a tus 70?
–Me importa nada. Ya dejé de pensar así, ¿sabés? Al cumplir los 40, y por primera vez, tomé conciencia de la finitud, de la muerte como algo inevitable. Caí que había comenzado, tal vez, la última mitad de mi vida. Y que la primera se había ido demasiado rápido. ¿Dónde había estado? Trabajando, en dos, tres lugares, y hasta embarazada. Ese cimbronazo me ayudó a ordenar, a ser menos compleja en boludeces, a vivir con presencia absoluta cada instante y sumar más situaciones lúdicas a mi vida. No me ato a planillas de horarios –el “cuando puedo” del que te hablaba–. Mis hijos son como yo: comen cuando tienen hambre, duermen cuando tienen sueño. ¡Y ahora salgo! Pasé tantos años encapsulada con amigos en mi living, por fobia a ser la famosa “mirada” en la calle... Hoy, de repente Ramiro (Ponce de León –42– su novio) me mira y me dice: “¡¿Qué estamos haciendo en un boliche?!”. Decidí que voy a vivir el resto de mi vida sin darle más poder al afuera.

–A propósito de ciertas miradas y la actualidad, ¿te sumás al “tetazo”?
–¡Me re sumo! Es el momento de enseñarles a nuestros hijos que la relación con el propio cuerpo es mucho más natural que la que nos hicieron creer. Yo he estado en playas nudistas con familias enteras. Mismo en casa, no tenemos tapujos ni complejos con el cuerpo desnudo. De hecho, podría hacer nudismo con ellos, sabiendo que no les generará un trauma... ¡El tema es que son argentinos! (bromea).

–¿La desnudez es un prejuicio muy local?
–¡Un temón! Muy argentino es estar pendiente del otro, ejercer el consejo sobre cómo se debe vivir la vida... ajena; criticar de los demás eso que no nos atrevemos a ser o hacer. Está atadísimo a la estética “que hay que llevar”, a que sólo puede ponerse en bolas el perfecto. Además, con respecto a la desnudez, la concepción es muy machista. Al tipo le gusta ver a la mina en bolas, pero si es la suya... ¡es una puta!

–¿El poder femenino aún es una utopía?
–Nosotras tenemos el poder, pero muy pocas veces nos damos permiso. Todavía hay un arma letal: la mirada inquisidora de la mujer sobre la mujer misma. De hecho, van a ser ellas las que me maten por estas fotos: “¡¿Qué te creés que sos?! ¡Una señora grande...!”. Leo lo que muchas me dicen en Twitter y pienso: “Por estas cosas también nos cuestan más los derechos”. Se venera demasiado al macho en tiempos en que la supuesta supremacía del hombre nos lleva hasta a la muerte. Siempre he militado a favor del género, pero la forma cotidiana con la que decido defenderlo es siendo lo que soy, diciendo: “Soy una mujer libre, con la profesión que elegí, ocupando el lugar que quiero y desnudándome si tengo ganas”. ¡Me cago en lo que digan!

–Mencionaste a tus hijos y pensé: ¿estás preparada para los comentarios de uno adolescente?
–Ellos son mis hijos, no los de una oficinista que veranea en enero. Los tres aprendimos a querernos como somos, sin cuestionarnos nuestras decisiones: porque los eduqué en la tolerancia. El único daño que podría hacerles es ser una persona no coherente con lo que muestro en mi casa. Si hay preguntas, les explicaré lo que te cuento: “Esta soy yo y disfruto de la relación con mi cuerpo. Ojalá encuentren mujeres con tanta libertad sobre sí mismas”. Ellos observan y sé que el día de mañana buscarán chicas similares a mí y sabrán respaldarlas desde el amor. Ese es mi legado: forjar hombres que no se sientan amenazados ni intimidados por una mujer libre.

–Pero son hijos, y siempre tendrán reproches y elogios.
–Después de mi separación, Tomás me reprochó el llanto. Me dijo que mi tristeza lo angustiaba. Que necesitaba verme feliz, como me ve hoy. El elogio más grande, y el mejor para una mamá, es la confianza, que es mutua. Tengo una relación muy abierta con mis hijos: en casa se hacen chistes hasta con “la paja”. Todo es natural, porque sienten que no los juzgo, sino que los acompaño dándoles herramientas para que puedan tomar buenas decisiones.

–¿Juan sigue siendo tan libre?
–¡Es de 8, pero parece de 45! Juan es la libertad. Me enseña todo el tiempo. Por ahí, vamos a comprar una funda para la tablet y la elige rosa. “Pero, Juan, ¿te parece? Mirá qué copada está la roja, o la violeta...”. Y me contesta: “¿A quién le hago daño llevando ésta?”. ¡Y tiene razón! Se pone pulseras, anillos, collares. Y no se escuda en la intimidad: así vestido va a la escuela. ¡Se la recontra banca! El jamás tendrá problemas.

–Retomando el ítem pendiente: ser mamá a los 42, ¿es ser valiente o egoísta?
–Me da pánico, pero es menos fuerte que el deseo. Tiene que ver con la necesidad de sanar un aspecto de mi historia. Yo siento que empecé otra vida. Y en ésta, donde los protagonistas son otros, tengo ganas de transitar esas cosas en las que fallé, desde esta madurez, con esta mirada. Tuve a Tomá  a los 27 años, después de quedar embarazada con un DIU. Me costó un montón entender que sería mamá... No tenía ganas. Cometí errores como, por ejemplo, no ver que mi bebé adelgazaba porque yo no tenía leche: no conectaba con ese ser. Y Juan llegó en el inicio del proceso de separación con Mariano. Hoy es el momento: con esta Florencia, en esta relación basada en una libertad que jamás tuve con una pareja, con un amor sano, sabio, real, distinto, sin fagocitarse ni pretender ser más que nosotros mismos. Con Ramiro no debo cambiar y eso no me había pasado nunca.

–¿Estás buscando el embarazo?
–Estoy enfrentándome a la cuestión biológica, que está poniendo límites. Pasé 2016 obsesionada con embarazarme. Había organizado todo, hasta la agenda laboral, para darme el tiempo necesario. Y nunca llegó. Me costó un trabajo interior importante aceptar que es lo único en la vida con lo que no pude. Entonces, Ramiro y yo pautamos un plazo: “Soltemos el tema al menos dos años. Si no pasa nada, tomamos una decisión: adoptar, hacer una ovodonación...
Ya veremos”. Y solté.

–¿Qué aprendiste del amor?
–Que nunca se ama igual. Que es una lección. Yo creía que el amor era posesión, vivir pegoteados. Y el amor de Rama me enseñó dos palabras: intensidad y desapego. El me hace sentir amada, cuidada y deseada como no lo hizo nadie, y a 1.500 kilómetros de distancia. Vamos puliéndonos, chequeándonos todo el tiempo como pareja: “¿Por acá va bien? ¿Hay algo que modificar?”. El 1º de marzo cumplimos cuatro años, ¿podés creer? ¡Yo pensaba que, con suerte, llegábamos al tercer mes, y ahora planeo casarme!

–¿Tanta libertad empata con la idea de reincidir en el matrimonio?
–Necesito ese voto. Vamos a casarnos en 2018, y en Salta. Fantaseamos con hacerlo en la casa de Juan Manuel (Urtubey –bromea–). En serio. Ya tengo visto el lugar en Cafayate, chiquito, muy íntimo.

–Natalia, tu personaje en Quiero vivir a tu lado, busca indicios de engaño por parte de su marido (Amigorena). ¿Qué importancia le das a la fidelidad?
–La verdad, me gustaría darle cero. Porque me cuesta pensar que Ramiro y yo no tendremos sexo con nadie más por el resto de nuestras vidas. Considero que nada bueno sale de un “¡no se puede!”, y que la fidelidad es una regla social, muy ajena al ser humano. Juro que quisiera tener la cabeza tan abierta como para entender que lo mío con Ramiro es más fuerte que cualquier polvo. Que a pesar de elegirnos, no le pertenezco y no me pertenece. Pero sé que en algún momento encontraremos alguna dinámica que nos permita convivir con eso tan antinatural de un modo sabio. Es un tema que trabajo.

–Sobrellevar la rutina también es un trabajo. ¿Te salva la distancia?
–¡Nada te salva! Si no trabajás para que la rutina no se te convierta en un Pac-Man, terminás en ruleros, con un crío en brazos, tu marido queriendo cogerse a otra y vos al de la tele. ¡Yo la voy con todo! Los dos tenemos cabezas voladoras: de fantasías y disfraces que salen como trompada. Siempre me hice el bocho con la secretaria y el abogado... ¡y ya me conseguí uno!

–¿Qué te enseñó el sexo post 40?
–Como decimos con Rama, “todas las demás fueron pruebas piloto”. El sexo es como un guión de teatro. Sobre el escenario, es el de siempre. Pero en cada función las frases sensibilizan diferente. Van calando capas. Y en ese decir, siempre se descubre una emoción, aunque el texto sea el mismo.

Por Sebastián Soldano. Fotos: Christian Beliera.

notasrelacionadas