Habla de la nueva fecha patria

Felipe Pigna: “Sin Güemes y su lucha, Argentina hoy tendría, con suerte, a Córdoba como límite norte”

Tras la confirmación de tal fecha como patria, el historiador de los best sellers nacionales explica la trascendencia del caudillo salteño en el pasado y el presente de la Independencia argentina. “En una lista de padres fundadores de nuestro país, Güemes no podía faltar entre San Martín, Belgrano, Moreno, Castelli, Monteagudo y Dorrego”, asevera.

20/06/2016

Actualidad

La historia argentina hace justicia concediéndole al salteño Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero Goyechea y la Corte su propio feriado, Felipe?
–Sí, porque se trata de uno de los principales protagonistas –quizás uno de los más olvidados– de un período clave. Fue el hombre decisivo en la defensa de nuestra extensa y compleja frontera norte. San Martín mencionó que sin Güemes y los suyos no hubiese sido posible el Cruce de los Andes, porque frenó, junto a sus gauchos infernales, nueve –¡sí nueve!– invasiones españolas, y ninguna de menos de 3.500 hombres. El caudillo salteño escribía: “Vengan enhorabuena esos imaginarios regimientos de Extremadura, Gerona, Cantabria, Húsares y Dragones y vengan también cuantos monstruos abortó la España con su Rey Fernando a la cabeza. A nada temo, porque he jurado defender la Independencia de América, y sellarla con mi sangre. Todos estamos dispuestos a morir primero, que sufrir por segunda vez una dominación odiosa, tiránica y execrable”.

–¿Entonces decretar fecha patria el 17 de junio era una asignatura pendiente?
–Absolutamente. Buenos Aires, o sea la sede de la escritura de la historia oficial por casi dos siglos, nunca toleró a Güemes. Temía que por su capacidad y popularidad se convirtiera en una especie de Artigas del norte. A los gobernantes porteños les molestaba demasiado el uso del término “gaucho” en los documentos y cartas que intercambiaba el salteño con San Martín. Sucedía que gauchos eran también los federales artiguistas, los desocupados, los desheredados por los herederos de siempre que, decreto del Directorio mediante, solían declararlos “vagos y malentretenidos” y los condenaban a la línea de fronteras o a la cárcel por el delito de ser gauchos y pobres. En 1814, el director supremo Gervasio Posadas había publicado en La Gaceta sendas cartas de San Martín, en las que elogiaba el valor de los hombres de Güemes, pero introduciendo una pequeña modificación: cada vez que el jefe del Ejército del Norte utilizaba la palabra “gaucho”, el director del periódico la reemplazaba por “patriotas campesinos”... Una sutileza clasista del tío de Carlos María de Alvear.

–¿Qué perfil de Güemes fue el que más lo subyugó?
–Y, la honestidad, esa visión tan clara de un país distinto, inclusivo, para todos; el coraje del hombre firme ante las peores adversidades y traiciones.

–¿Podemos considerarlo uno de los próceres de nuestra Patria?
–Me gusta el concepto que usan los estadounidenses, padres fundadores, que es más abarcativo y justo, y a la vez menos frío que el de prócer. En una lista rápida no podría faltar nunca Güemes, entre José de San Martín, Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, Monteagudo y Manuel Dorrego. Sin la lucha que él encabezó, probablemente nuestro país tendría hoy, con suerte, a Córdoba como límite norte.

–Los cinéfilos recuerdan el filme La guerra gaucha (1942), de Lucas Demare, con Enrique Muiño, Angel Magaña y la hipnótica Amelia Bence, y la película Güemes, la tierra en armas (1971), de Leopoldo Torre Nilsson, con Alfredo Alcón, Normal Aleandro y la mismísima Mercedes Sosa. ¿De qué forma deberíamos evocar la mayoría de los argentinos semejante proeza?
–Sin dudas, como la gesta de todo un pueblo, el de Salta y Jujuy, pero también de la actual Bolivia –por entonces el Alto Perú–, donde además guerrearon Manuel Padilla y su compañera, Juana Azurduy.

–¿Cómo era el Güemes político? ¿Y el soldado?
–Respecto al primero, un gobernador eficiente y popular, querido por su pueblo, que lo consideraba una especie de padre de los pobres. ¿De soldado?... El general San Martín, designado en reemplazo de Manuel Belgrano en el Ejército del Norte, recorrió la zona de combate y pudo comprobar las atrocidades cometidas por los españoles contra nuestra gente. Los supuestos civilizadores no respetaban mujeres, niños ni ancianos. Veían en los pueblos por los que pasaban el semillero de los rebeldes y consideraban a todos sus enemigos. La estrategia española era el saqueo, el robo, el asesinato en masa. Indignado por lo que vio y orgulloso de la acción de los hombres de Martín MIguel, el Jefe aprobó lo actuado y le ratificó los beneficios de sus métodos de combate. Mencionemos sobre el tema que las tácticas guerrilleras de Güemes cobraron fama mundial y han sido objeto de estudio en lejanas academias militares. La Biblioteca del Oficial de nuestro Círculo Militar publicó un curioso libro, titulado La guerrilla en la guerra, cuyo autor es el mayor del ejército yugoslavo Borivoje S. Radulovic. En uno de sus párrafos, apunta: “Las montoneras de Güemes hicieron una guerra sin cuartel, que ha pasado a la historia como Guerra Gaucha. Cada uno de los miembros serviría de modelo para fundir en bronce la estatua del soldado irregular, del guerrillero”.

–¿Es cierto que una de las hazañas de Güemes fue capturar un navío inglés comandando una tropa... ¡de caballería!?
–A los 14 años ingresó en la carrera militar, incorporándose al Fijo de Infantería, acantonado en su provincia. Desde allí partió con su regimiento hacia Buenos Aires, defendiéndola durante las Invasiones Inglesas, como edecán de Santiago de Liniers. Fue entonces cuando –tal cual–, protagonizó aquel hecho insólito: una violenta bajante del Río de la Plata había dejado varada a la goleta Justine, que venía bombardeando fuerte a la ciudad. Liniers ordenó que un grupo de jinetes al mando de Martín Miguel aprovechara las circunstancias para abordarla. Ahí, junto a su gente y a puro sable y lazo, tomaron la embarcación y apresaron a la tripulación.

–¿Qué puede decirnos de Güemes, el hombre?
–Te lo resumo en un monólogo que mantuvo frente al capitán español Pedro Antonio Olañeta, comisionado por el virrey del Perú para sobornarlo: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. Sólo son asesinos de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con éstos lo espero a usted, a su ejército y a cuantos mande de España. Convénzanse que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene acogida el interés ni otro premio que su libertad. No hay poder humano que sujete al pueblo que quiere ser libre”, lo acalló.

–¿Cuál era la relación entre Güemes y Belgrano, cuyos feriados (tal vez de manera inédita en la Argentina) se celebrarán a partir de este 2016 con apenas dos días de separación?
–Convengamos que en un principio el porteño desconfió de los métodos del provinciano. Claro que cuando lo vio en acción y comprobó su calidad humana, se convirtió en su principal aliado y en un sostén importante, enviándole lo poco que podía dentro de la miseria que él también padecía. Así le explicaba Güemes la situación a Belgrano: “El patriotismo se ha convertido en egoísmo. Creía que, asustando un poco a estos caballeros, se ablandarían y me socorrerían. Pero me engañé. No he conseguido otra cosa que calentarme la cabeza. Se juntó el vecindario en casa del alcalde, y entre todos apenas han dado cuatro porquerías para auxiliar a treinta gauchos: una camisa, un poncho de picote, un pedazo de jerga vieja. Caballos, recibimos acaso los peores que han podido hallar, de suerte que con dificultad llegarán a Jujuy. A vista de esto, no he de alabar la conducta y la virtud de los gauchos. Entretanto, ellos trabajan y no exceptúan ni siquiera el solo caballo que tienen, cuando los que reportan ventajas de la Revolución no piensan en otra cosa que engrosar sus caudales”. Belgrano le respondió indignado: “Atúrdase usted: en la aduana de Buenos Aires hay depositados efectos cuyo valor pasa de cuarenta millones de pesos. Vea si lográsemos que se extrajeran para el interior, cómo tendríamos en los fondos del Estado, por derechos, cinco millones que todo lo adelantarían...”.

–¿Resulta un valor agregado –poco común para un prócer, o “padre fundador de la Patria”, como prefiere llamarlo usted– que Martín Miguel de Güemes pereciera defendiendo la libertad con su propio cuerpo?
–Y sí, porque murió por la espalda a manos de los españoles, peleando. Un sector de la oligarquía salteña dio a conocer la falsa versión de que su matador fue un marido engañado. No obstante, la verdad es que las clases altas le retaceaban el apoyo, por el temor de aumentarle el poder y por la desconfianza que les despertaban las partidas de gauchos armados, a los que sólo toleraban ver en su rol de peones. Para colmo, el gobernador Güemes tomó la decisión de aplicarles empréstitos forzosos sobre las fortunas y haciendas. En los días previos a su muerte, varios de los dueños habían huido a reunirse con el enemigo, y a guiar a la vanguardia española conducida por José María Valdés, un coronel salteño traidor. Sus fuerzas, con el apoyo de terratenientes y comerciantes, avanzaron el 7 de junio de 1821 hasta ocupar Salta. Güemes se refugió en casa de su hermana Magdalena de Tejada. Mientras escribía una carta, escuchó disparos y decidió salir por la puerta trasera. Logró montar su caballo y emprender el galope, hasta que recibió un balazo en la espalda. Llegó gravemente herido a su campamento de Chamical, con la intención de preparar la novena defensa de Salta. Lo trasladaron a la Cañada de la Horqueta, donde vivió sus últimos diez días. En dos ocasiones el jefe español Olañeta le envió emisarios, ofreciéndole médico y remedios e intentando volver a sobornarlo. Güemes respondió convocando a su segundo, a quien le ordenó: “Coronel Vidt, ¡tome usted el mando de las tropas, marche a poner sitio a la ciudad y no me descanse hasta arrojar fuera de la Patria al enemigo!”. A continuación, miró a quien le había acercado la nota: “Señor oficial, está usted despachado”.

–Poco tiempo luego de su desaparición física, los gauchos vencieron a los españoles, expulsándolos para siempre de Salta. ¿El legado del caudillo había hecho mella nomás?
–Al tiempo que la Gaceta de Buenos Aires (lo cita José Luis Busaniche en Historia Argentina, Solar-Hachette, 1976) informaba desvergonzadamente a sus escasos pero influyentes lectores: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique menos!”, el pueblo le rindió al jefe de los gauchos infernales el mejor homenaje, el que él pidió. Sí, una semana y media después de su muerte, al mando de Enrique Vidt, los muchachos recuperaron la ciudad de Salta de manos de los realistas, y los expulsaron definitivamente del norte.

–¿Existe alguna explicación para que en la Argentina se celebren los feriados en las fechas de la muerte de sus hombres eminentes y no en las de su nacimiento? ¿Hay una fascinación necrológica por nuestras personalidades emblemáticas?
–Surge, en realidad, de una tradición masónica –muy influyente acá–, que señala que el nacimiento no establece nada, porque nacer, nacemos todos; lo importante es la trayectoria, la vida entera, que se estaría recordando completa al conmemorar esa vida el día de su extinción.

–Para cerrar, Felipe, existe un debate nacional por la cantidad de feriados aprobados a lo largo y ancho de nuestro país: 18, uno menos que los del país con mayor número, Colombia. Sobre el caso puntual que nos involucra, en que la Cámara Alta lo aprobó con 47 votos contra ocho, el senador nacional por la Ciudad de Buenos Aires, Pino Solanas, declaró: “No es manera de homenajear a un héroe poniendo un día no laborable más”. Al tiempo que el radical Julio Cobos, si bien acompañó la iniciativa, pidió “sincerar la cantidad de feriados del país con una nueva ley”. ¿Cuál es su postura?
–Pienso que habría que cambiar la conciencia en torno al feriado. Lograr, que, mínimo, los medios públicos se ocupen de divulgar por qué es un feriado, qué celebramos o recordamos. De lo contrario, un día no laborable que no cumple la función de homenaje, carece de sentido.

Por Leonardo Ibáñez.
Fotos: Alejandro Carra
y archivo Editorial
Atlántida-Televisa.

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