Rico tipo

Darío Barassi se animó a ponerle la voz a Popó en Emoji, la película

A los 33 años y transitando su mejor momento laboral, el artista de Multitalent Agency fue convocado para ponerle la voz latinoamericana a Popó, una de las figuras de Emoji, la película, que llegará a nuestros cines el 10 de agosto. Multidisciplinario y lanzado, afirma: “Interpretar un papel así representa para mí un gran desafío profesional”. Y hasta se atreve a jugar con el título de la nota ...

13/08/2017

Actualidad

En su vida se mandó muchas... varias... cómo decirlo?

–¿Cagadas?

–Exacto. Buscaba algún sinónimo...

–¿Quién no se mandó alguna? A ver... Mmm... Ahora no me aparece nada grave. Dejame recordar... Entretanto, si te parece, avancemos... ¡¿O querés ponerme el emoji de pensar?! (lo recrea: ). Entonces Darío Tadeo Pacheco –más conocido como Barassi (el apellido de su madre, Laura)– sintetiza en una frase y en un gesto su esencia y su actualidad. Su esencia: la de un actor transformable, que en ocho años de trayectoria masiva ha sabido hacer reír, llorar, emocionar y sorprender en dos obras teatrales, otras tantas películas y una docena de programas de televisión. Y su actualidad: le puso la voz “a Popó –como se llama públicamente–, o ‘la caquita’ –como lo llamo en privado–”, de Emoji, la película, que se estrenará en nuestro país el jueves 10 de agosto. “Es fuerte enterarte de que el tono en inglés pertenece al prestigioso Patrick Stewart”, admite quien llegara al papel después de que Rosana Berlingeri, gerente de Marketing de Sony Pictures, lo mencionara durante una convención de la empresa en Panamá. “Apenas me llamaron, no dudé un segundo. Caí copado de entrada”, admite el muchacho de ojos marrones –“que vendo como color miel”– y anteojos –“fruto de mi astigmatismo y mi miopía”–.

–¿No sospechó feo cuando lo llamaron para interpretar al, usted sabe, amigo oscurito?

–Ni ahí. A los actores nos embola el encasillamiento. Funcionás en algo, y lo normal es que te convoquen para repetir. En lo personal soy de los que quieren transitar terrenos nunca recorridos. Así uno aprende y crece. Consideré un gran desafío convertir a un personaje así en gracioso, elegante y sofisticado.

–¿Qué le expresó su esposa Luli (Gómez Centurión, 32, que aparte de dirigir la empresa de acompañamiento escolar Aprentia es psicóloga) cuando le contó sobre el ofrecimiento?

–“Es un papel ideal para vos”, me mandó.

–¿Y a usted le sonó a indirecta?

–Noooo. En los siete años que llevamos juntos no sólo descubrí a una mujer súper compañera, sino también a alguien que sabe entretenerse y me apoya a full. Ella entiende que es un lindo reto para mí, porque yo soy un tipo bien visual, y acá no aparece mi cuerpito.

–Perdón, ¿a qué huele, Barassi?

–Rico. Soy obsesivo del tema. Por lo general, a fragancia de Issey Miyake, uno de mis aromas favoritos, luego del perfume de mi mujer y del olor a mar y a... asado.

–¿Cuál es el aroma que menos felicidad le acerca?

–Seguro, el de repollito de Bruselas: me remite a dieta.

–De sus compañeros de Nunca es tarde, ¿cuál huele peor?... Si no quiere delatar el nombre, perfecto: menciónenos el apellido nomás.

–Chatruc... Mentira. Envidia mía, porque tan sano que es, José acostumbra, sí, a llegar transpirado del gimnasio o de practicar deportes, pero de inmediato se ducha.

 –¿El Zorrito (Fabián von Quintiero) huele a zorro?

–Pareciera, por su look... No. Además de tardar un montón en producirse, huele rico. Y hasta nos sugiere qué perfume usar. A mí me aconsejó el Sauvage, de Dior.

–Queda Paoloski, el jefe.

–Tampoco. Pulcro, cuidadoso. Los cuatro somos medio metrosexuales. Bueno, centímetrosexuales. Salvo Germán, que es milímetrosexual, por su tamaño... Sin embargo, en realidad debo admitir algo que la gente me pregunta en la calle: no es tan bajo. Si yo ando en 1,83 metro, él debe medir 1,80. Me la agarré con su estatura porque él se la agarró con mi gordura.

–Hora de redondear, Darío. Volvemos a la pregunta inicial. ¿En su vida se mandó muchas... varias...?

–¿Cagadas? 

–Tal cual.

–Creo que no encuentro ninguna brava. Soy bastante culposo. Acompaño las bromas, jamás las origino. Quizá si no me hubiese dedicado a lo que me dedico, la respuesta sería otra. Aunque me recibí de abogado en la Universidad de Buenos Aires, con 9.39 de promedio y medalla de oro, siempre olfateé que lo mío era actuar. Siempre. De pibe, cuando imitaba a mis abuelos Lala, Toto, Yaya y Yayo en las Navidades. De adolescente, cuando cursé Arte Escénico en el Instituto Goethe de mi provincia. A los 16, cuando debuté en la obra Modelos de madres para recortar y armar, a las órdenes del profesor alemán Oscar Kümmel, e interpreté a la mamá de mis compañeras: ¡dieciséis mujeres! En 2009 cuando, a siete años de radicarme en la Capital Federal, salí de mi trabajo en Tribunales, acompañé a un amigo a un casting, Gastón Trezeguet me insistió para que participara y –entre muchachos flacos y facheros–, quedé, de caradura nomás, elegido como notero de AM, antes del mediodía... Y lo sigo olfateando ahora también, cuando formo parte de NET, preparo para octubre un unipersonal sobre despedidas con Pedro Saborido y...

–... llega al cine como voz, Darío, de alguien...

–... que a todos nos resulta familiar, ¿cierto?

–¿Adónde pretende llegar? Asusta su impronta final.

–Deseo llegar al fondo. Pasa que yo hago todo desde el baño. Lo considero un lugar cómodo, fresquito, privado, liberador. En el baño ensayo, canto, leo. Lo confieso desde el alma: el baño es mi lugar en el mundo. 

Por Leonardo Ibáñez. Fotos: Christian Beliera y Sony Pictures.