“Antes de entregar la bandera, entregaba mi vida”

Alberto Frontera, héroe de Malvinas

Este teniente coronel combatió con el Regimiento de Infantería 12, en la extensa y dura batalla de Pradera del Ganso. Cuando se acordó la rendición, decidió no entregar la enseña patria: prefirió quemarla y arrojar sus cenizas y el asta al mar, como ofrenda de batalla. Jamás imaginó que 34 años después el enemigo de entonces le devolvería con honores ese mástil en la Universidad de Oxford.

08/09/2016

Actualidad

La restitución de este mástil es un hecho inédito, inesperado y sorpresivo. Para el Regimiento significa recuperar el alma, porque representa simbólicamente a nuestra bandera”, sintetiza el teniente coronel retirado Alberto Frontera (72), mientras aprieta fuerte la parte superior del asta que supo sostener con orgullo en combate durante la guerra de Malvinas en 1982. Cuenta que por ese entonces se desempeñaba con el grado de mayor en el Regimiento de Infantería 12, con asiento en Mercedes, Corrientes.

Recuerda con alma de soldado aquel combate en Darwin-Pradera del Ganso, a 80 kilómetros de Puerto Argentino, la batalla más extensa de las nueve acontecidas durante el conflicto del Atlántico Sur: fueron 36 horas de enfrentamientos, en los que nuestros héroes ofrecieron tenaz resistencia a la embestida de las tropas de elite británicas.

 

“Del 22 al 27 de mayo abrieron fuego naval y de artillería. A las 2 del 28 comenzó el ataque terrestre. El fuego fue intenso. Ellos se replegaron dos veces, hasta que el 29 acordamos el cese. Nuestros soldados correntinos y chaqueños combatieron con un valor y una astucia excepcionales. Enfrentaron a una fuerza que pensaba que venía de paseo a arrasar las islas”, rememora.

La defensa del territorio fue compartida con el Regimiento 25, mientras que los británicos atacaron con el 2º Batallón de Paracaidistas, fuerzas terrestres y apoyo aeronaval. El saldo: 57 muertos y 150 heridos argentinos. Por el lado inglés, 26 caídos –entre ellos el jefe del batallón, Herbert Jones– y 66 heridos.

–¿Cómo se acordó la rendición?
–Al caer Jones, el mayor Chris Keeble se hizo cargo de sus tropas, y mi superior, el teniente coronel Piaggi, parlamentó con él. Para ellos, un jefe que se rinde no puede comandar la unidad. Por eso, con el grado de mayor, quedé a cargo del Regimiento.

–¿Qué hizo con nuestra bandera?
–Antes de entregarla, entregaba mi vida. No la podíamos sentir prisionera... y la quemamos. Fue algo muy terrible: me va a doler hasta el día que me muera. Espero que Dios me haya perdonado. Arrojamos las cenizas al viento; la corbata con las medallas y el asta al mar... Todo para que no se las llevara el enemigo.

–Cuénteme cómo la recuperó.
–Fui con mi señora a Europa, y quería contactarme con Keeble, quien también se retiró como teniente coronel. Buscaba la oportunidad de dialogar, después de tantos años, saber qué pasó con él después de la guerra, conocer su apreciación de lo vivido.

–¿Cómo hizo para contactarlo?
–En mi itinerario estaba Londres, y Alejandro Amendolara, historiador de Malvinas, fue gestando la reunión. Ya en Europa, me dijo que la posibilidad era cierta. Se habló de un encuentro casual; luego, de una cena en su casa con nuestras esposas. Finalmente, Amendolara me comunicó por mail que el encuentro se iba a concretar en la Universidad de Oxford. Había que cumplir con el protocolo, incluso en la forma de vestir.

–Imagino su ansiedad.
–¡Sí! Un profesor argentino que vive allá ofició de intérprete y me presentó a Keeble. Fui recibido por los docentes en un salón especialmente acondicionado para la cena. Keeble habló de la valentía de las tropas argentinas en Pradera del Ganso. Luego me invitó a decir unas palabras. Reconocí el valor del entonces enemigo y destaqué que nuestras fuerzas pelearon con gloria, honor e hidalguía. Fue todo muy emotivo. Ocurrió el 23 de mayo, una fecha que jamás olvidaré.

–¡Y allí le entregó el mástil!
–No. Nos invitaron a otro salón para tomar café, y allí me dice que tiene algo para entregarme. Confieso que jamás imaginé lo que vendría. De pronto llega una persona y saca el asta de un estuche. Fue una sorpresa conmovedora... Me quebré.

–¿Que sintió?
–Me estremecí. Fue un tremendo orgullo, una bendición de Dios. Ellos valoran mucho lo que hicimos. Reconocen que defendimos el territorio con todo, a pesar de las desventajas numéricas y tecnológicas. Un proverbio chino dice: “Si quieres saber cómo combatiste, pregúntale al enemigo”. En esos momentos lo recordé.

–¿Cómo vivió el reencuentro con el militar inglés?
–Mantuvimos un diálogo muy amable y respetuoso. Todos los profesores me estrecharon la mano con afecto. Keeble es católico, devoto de Santo Tomás de Aquino; en eso coincidimos. Se interesó por saber cómo nos trataron al tomarnos prisioneros.

–¿El tiempo cura las heridas de guerra o es un gran mito?
–No, para nada. Pero el soldado profesional no actúa con venganza. Vamos al combate cumpliendo órdenes, por amor a la Patria. Cuando el fuego cesa, hay respeto, códigos y lo que establece la Convención de Ginebra.

–¿Cómo decidió participar del desfile por Avenida del Libertador portando el mástil?
–Se fue dando... Hacía menos de dos meses que lo había recuperado. Desfilamos con orgullo patriótico en la fiesta del Bicentenario de la Independencia. Nos reunimos 16 oficiales, cuatro suboficiales y dos soldados. Todos los combatientes amamos a la Patria, y sé que los argentinos que no fueron, hubieran luchado igual o mejor que nosotros, sin mezquinar el esfuerzo.

–¿Qué sintieron en ese momento?
–Pura emoción. Nos sentimos abrazados por la gente, que nos aplaudía con respeto. Creo que, después de mucho tiempo, estamos siendo reconocidos.

–¿Alguna vez se puso a pensar qué suerte había corrido el asta?
–Sí, pero nunca tuve noticias. Estuve treinta años sin hablar de Malvinas, negado totalmente. Se luchó con gran valentía y heroísmo, pero no hubo un reconocimiento a tanta entrega. No puedo olvidarme del subteniente Estévez, del Regimiento 25, del subteniente Peluffo, de Alvarez Bruno, del cabo primero Bordón, del oficial Aldao y del apoyo de la Fuerza Aérea, cuyos pilotos se jugaron la vida para protegernos.

–¿Cuál será el destino final del asta?
–Sólo le falta la parte inferior: es un reconocimiento a nuestros soldados, suboficiales y oficiales, por la bravura demostrada en batalla. Pensamos llevarla a la sala histórica de nuestro Regimiento, que ahora tiene asiento en Toay, La Pampa. Creo que debe quedar ahí y sin bandera, porque nuestra insignia permanecerá siempre en Malvinas, abrazando fuerte a nuestros caídos.

Por Gabriel Malán. Fotos: Matías Campaya, álbum personal y gentileza Néstor Moroño.

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